Lunes, 20 de Octubre 2025
Cultura | Pretenden recuperar su obra, poco traducida al español

Judith Shklar, una pensadora fundamental sobre el alcance de la injusticia

La editorial Herder pretende recuperar la obra de esta pensadora estadounidense a través del libro ''Rostros de la injusticia''

Por: EFE

Su obra ''Rostros de la injusticia'' llegará próximamente a Latinoamérica. ESPECIAL  /

Su obra ''Rostros de la injusticia'' llegará próximamente a Latinoamérica. ESPECIAL /

MADRID, ESPAÑA (16/FEB/2011).- La función de la política ha de ser modesta y centrarse en el "control de daños", en "prevenir la crueldad" del Estado, reclamaba Judith Shklar, autora de "Rostros de la injusticia", libro con el que la editorial Herder recupera a esta pensadora estadounidense, poco traducida al español.

¿Cuándo una desventura se vuelve injusticia?, ¿a quién culpar?, ¿cómo saber que es injusto y qué es mala suerte?, rebuscaba esta autora (1928-1992), nacida en Riga, capital de Letonia, en una familia judía de cultura alemana, quien "se propuso entender el sentido de la injusticia", señala el filósofo español Fernando Vallespín que la describe en el prólogo, como "una liberal sin ilusiones".

Y es que -explica- en unos tiempos en que toda la teoría política se dedicaba a levantar grandes construcciones sobre lo que había de ser un régimen justo desde la perspectiva de la razón, ella fue y dijo: "No, lo que hay que ver es cómo percibimos lo injusto".

Shklar vivió su juventud en Suecia, Japón y Canadá, donde al final se instaló su familia, tras constantes huidas y después de pasar por un centro de detención de emigrantes ilegales en Seattle.

Murió a los 63 años, en pleno éxito docente en la Universidad de Harvard -la única en la que estuvo contratada-, y cuando "su producción teórica empezaba a dar muestras de excelencia", destaca Vallespín.

Muy conocida en EU, ha sido poco traducida al español, y "Rostros de la injusticia" es su primer título en España, que llegará próximamente a Latinoamérica.

Vallespín califica de "delicia" otro libro de Shklar, "Vicios privados", traducido en una edición mexicana y lleno de ejemplos literarios que la autora solía introducir para mostrar los hilos más finos del sufrimiento humano.

Como la filósofa Hannah Arendt, su biografía estuvo marcada por el exilio, pues ambas "sufrieron y reflexionaron mucho sobre la época que les tocó vivir", indica el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), que conoció a Shklar en las aulas de Harvard, por los años 80, y evoca su carisma de "leyenda viva".

"La energía que emanaba de su discurso contrastaba vivamente con su frágil figura y el silencio devocional con el que lo recibía el joven auditorio de ciencias sociales y humanas", relata Vallespín y cómo su muerte prematura fue un duro golpe para sus colegas y para antiguos discípulos, muchos ya relevantes académicos.

Más escéptica que Arendt respecto al valor de la participación política y de lo público, Shklar centraba su pensamiento en "controlar a quien ejerce el poder", para preservarnos y restringir las dosis de crueldad del Estado.

Frente a la tradición liberal anglosajona, ella prefirió a Montaigne y Montesquieu, destacando la importancia de las emociones para la política. Y repudió toda teoría que oliera a comunidad o identidad.

Su originalidad reside en la idea del "liberalismo del miedo", explica el profesor de la UAM, de que "la política debe evitar los grandes males más que realizar el bien, al cual no tenemos acceso y queda para cada cual".

Una política del esfuerzo social por eliminar la violencia, la guerra o la humillación -añade-; y que construye su objeto en negativo, "frente a algo, y no para realizar algo".

La forma en la que percibimos la injusticia no se deja objetivar -sostenía-, pues depende de cómo cada uno siente el peso de lo injusto, y tampoco sabemos si nuestra visión del bien es compartida por otros, pero sí que nadie quiere que lo maten, lo torturen o lo humillen.

Detrás de esas ideas late su experiencia vital en la segunda guerra mundial y la posguerra, cuando "en busca de grandes ideales se cometieron tropelías", explica Vallespín.

Al final, da un giro y ve lo positivo de algunos valores de las sociedades democráticas. Cuando escribe "Rostros de la injusticia" (1990, Yale University) ya ha empezado a reconocer que podemos aspirar a algo más que evitar el mal, porque una ciudadanía movilizada nos puede permitir acceder a un mundo mejor.

Llega a admitir, al menos implícitamente, según el prologuista, que "la mejor manera de defendernos es participando". Y achaca a la democracia estadounidense que "los ciudadanos se han entregado en exceso a lo privado".

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