Martes, 14 de Octubre 2025
Deportes | No se necesita estar en el Estadio Jalisco para vibrar con el partido

La otra tribuna del Clásico

No se necesita estar en el Estadio Jalisco para vibrar con el partido. Desde los bares de la Zona Metropolitana la pasión se vive igual

Por: EL INFORMADOR

Terrazas, restaurantes y bares están llenos de aficionados que juran y perjuran que son grandes técnicos. ARCHIVO /

Terrazas, restaurantes y bares están llenos de aficionados que juran y perjuran que son grandes técnicos. ARCHIVO /

GUADALAJARA, JALISCO (20/ABR/2013).- La euforia de unos. El grito ahogado de otros. La pasión común por el derbi local. Es la historia de todos los que no fueron al Estadio Jalisco, los que no alcanzaron boleto, los que no quisieron batallar con el tráfico o los que no quisieron pagar por sentarse en una estrecha butaca. Son los aficionados que decidieron vivir el Clásico tapatío desde un bar, un restaurante o una terraza. Son los que celebran, gritan, callan y sufren entre tarros, botanas, limones, saleros, servilletas y meseros.

En punto de las 16:00 horas, la Zona Metropolitana de Guadalajara se hundió en un silencio atroz. En sus calles se podían ver las bolsas de basura volando sin ser molestadas y las hojas de los árboles caer de forma caprichosa sobre el asfalto. Era el reino de la quietud. Pero en los bares la historia era otra muy distinta.

Allí, reunidos alrededor de una mesa, y frente al televisor, estaban los fanáticos que sufren frente a las pantallas de plasma. Los que le gritan al portero en cada despeje, le reclaman a árbitro las faltas marcadas y las que no. Los que alaban a sus favoritos y lanzan un rosario de insultos a sus odiados enemigos. Los que visten de rojiblanco y los que visten de rojinegro. Dos naciones con un mismo origen, una misma ciudad, pero divididos de forma irreconciliable.

Los bares están llenos de aficionados que saben lo que es la comedia fina. Que recuerdan que el título del Atlas se ganó cuando aún caminaban los dinosaurios sobre la Tierra. O que se saben los mil apodos de Jorge Vergara. Sí, hay burlas, y muchas. Sí, mientras dura el partido, las bromas hirientes están a la orden del día. Y sí, no hay intercambio de camisetas al final del cotejo.

Los bares están llenos de aficionados que juran y perjuran que son grandes jugadores, y que si están allí, bebiendo cerveza y no en la cancha, es por un golpe de suerte. Porque el destino quiso que Rafael Márquez Lugo y Omar Bravo fueran los protagonistas.

Los bares están llenos de aficionados que juran y perjuran que son grandes técnicos. Con el tarro en la mano, todos son Mouriños o Fergusons en potencia. Todos saben que el 4-4-2 ya está pasado de moda. Que más vale un contención móvil que un carrilero inútil. Que no hay que jugar al puro centro. Que los cambios se dan al medio tiempo. Que Tomás Boy y Benjamín Galindo son unos amateurs.

Los bares están llenos de aficionados que juran y perjuran que son auténticos árbitros. Paladines de la justicia deportiva. Prohombres con vista de águila y con un juicio digno del Rey Salomón. El nazareno que está en la cancha es un pobre diablo que arruinó el partido, al que se lo comieron los nervios iniciales y sepultó el cotejo en malas apreciaciones.

No se necesita estar en el Estadio Jalisco para vibrar con el partido. Desde los bares de la Zona Metropolitana la pasión se vivió igual. La euforia de unos. El grito ahogado de otros. Los ecos de una batalla que se sirve fría, en una cubeta, y acompañada por una botanita.

EL INFORMADOR / FRANCISCO GONZÁLEZ

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