Sábado, 15 de Noviembre 2025
Jalisco | En tres patadas por Diego Petersen Farah

Los abajofirmantes y la Generación del No

En tres patadas por Diego Petersen Farah

Por: EL INFORMADOR

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En los años ochenta y noventa existía un grupo al que se apodaba los abajofirmantes, un puñado de intelectuales que entraban a la defensa de toda causa democrática o de elemental justicia que aparecía en el país. No había desplegado que se preciara de serlo que no comenzara con la forma de Mariclaire Acosta y terminara con la de Leopoldo Zea, pasando obligatoriamente por Carlos Monsiváis. Los abajofirmantes fueron, entre bromas y veras, actores fundamentales del cambio democrático en este país.

Ayer, un grupo importante de intelectuales, periodistas, académicos y políticos en retirada se constituyeron en abajofirmantes y publicaron un desplegado urgiendo a la que ellos llaman la Generación del No a aprobar la reforma política propuesta por el presidente, con todos los matices que quieran ponerle, pero rescatando los elementos esenciales de democratización de la vida pública. Fue Federico Reyes Heroles, en una atinadísima síntesis, quien bautizó como la Generación del No a los políticos que de 1994 para acá se han encargado de que nada suceda en este país en materia de reformas; de poner tantas trabas al otro, que acaban por tropezarse con la misma piedra; de actualizar en la política mexicana el dicho perverso de que agua que nos has de beber... hazla lodazal.

Paul Bromberg, quien fuera sustituto del primer alcalde sin partido de Bogotá, Antanas Mokus, dice que él siempre soñó con un sistema de partidos fuerte hasta que conoció México: “Lo único peor que un sistema democrático pulverizado, como el colombiano, es un sistema secuestrado por los partidos, como el mexicano”. El gran tema de la reforma política es regresarle a los ciudadanos la capacidad de decisión que los partidos se han adjudicado para sí mismos. Lo que pasa en el Congreso Federal no es distinto a lo que pasa en Jalisco: hay leyes que llevan años en el congelador porque a los partidos no les interesa sacarlas, bien sea porque no les da votos, o bien porque atenta contra sus intereses. Como no hay nada que los obligue a tomar postura, al final los legisladores no se mojan ni para lavarse las manos: todo se reduce a un cálculo electoral, a sobrellevar con el menor costo posible la Legislatura y a obedecer al jefe del partido o al probable próximo candidato, porque el futuro les va en ello, no en lo que los electores pensemos.

A un diputado federal le importa más lo que de él opinan Peña Nieto o López Obrador, que lo que se dice en las calles de su distrito; a un diputado local le importa más legislar para Aristóteles o para González Uyeda que para sus representados. Ésa es justamente la perversión que hay que acabar en esta Generación del No, que hace que nada suceda.

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