Viernes, 10 de Octubre 2025
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Chimaltitán

El municipio de Bolaños sigue revelando sus secretos e historia paso a paso

Por: EL INFORMADOR

La naturaleza y la arquitectura se dan la mano en la zona Norte del Estado.  /

La naturaleza y la arquitectura se dan la mano en la zona Norte del Estado. /

GUADALAJARA, JALISCO (06/ABR/2014).- A orillas del río Bolaños, al Noroeste del cerro Las Pérez y, por donde corre el arroyo La Tecolota, se localiza el bonito pueblo de Chimaltitán, “lugar en donde hacen escudos o rodelas”. Beatriz Rojas comentó: “Finalmente en 1591, las misiones pudieron establecerse en Chimaltitán, y fundar una misión. Con anterioridad la zona había recibido nada más algunas visitas de los misioneros franciscanos procedentes del Teúl y de Juchipila… Los franciscanos fueron el contacto privilegiado de los huicholes con el exterior y viceversa “…todo cuanto miran es dios para ellos y todo cuanto les causa admiración es su ídolo”… La labor de los franciscanos terminó cuando las leyes de Reforma los obligaron a dejar conventos y misiones. Posiblemente fue en 1861 cuando salió de San Sebastián fray Antonio de Jesús Loera, el último franciscano que quedaba en la sierra”.

Pasamos otra sosegada noche en Bolaños, el Sol ya había despuntado, pero sus rayos tardaron en calentarnos, pues tenían que penetrar el cañón para tocar el Real. Almorzamos en la fonda Hidalgo, unos crujientes chilaquiles, acompañados con frijolitos salpicados de queso y, Estela no dejó de dar vueltas con humeantes cafés. Posteriormente, nos encaminamos al sitio de rodelas. Pasando el cerro El Comité, nos detuvo el precioso arroyo Barrotes, que zigzagueaba con hechizo una ladera del referido cerro, para luego perderse en el majestuoso cañón. Al acercarnos al cerro Chimal, se dejó ver el caserío de Chimaltitán, con palmeras por doquier. El cura Alonso nos invitó a conocer el fantástico claustro del antiguo convento de los hermanos de Asís. Al pasar el zaguán apreciamos los tres corredores, que delimitan un jardín con la Virgen Morena.

Un corredor corresponde al primitivo convento, formado por gruesos arcos en medio punto, sobre capiteles toscanos y columnas rectangulares. Los otros portales con altas y esbeltas arquerías, soportadas por similares capiteles y columnas redondas. Después subimos al campanario, pasando a un costado del coro, de planta rectangular y de un cuerpo, con dos vanos arqueados por cara, la cúpula sobre un alto tambor octagonal. Del campanario vimos el atrio con su cruz, fuentes y jardines, el canturrear de los pichones animaba el espacio. Enseguida bajamos al atrio, donde se asoman dos ventanas verticales del convento y entre ellas, un nicho del Viacrucis, le sigue el fabuloso portal del convento, delimitado por tres columnas toscanas. José Antonio Alcazar citó: “El atrio alojaba los catorce nichos de un Viacrucis labrado en cantera a manera de pequeñas portadas, en cuya parte central había una cruz. Hoy aloja esperanzas en muros blancos”.

Admiramos el hermoso templo, la puerta principal en arco de medio punto con adorno en su clave y capiteles dóricos, enmarcada por medias columnas estriadas. Arriba de la cornisa posa la ventana coral, octagonal y con bizarro marco, medias columnas dóricas por lado, arriba una cara y más arriba un nicho con santo, envuelto por una barbicana de media luna, del costado derecho está el marco redondo del reloj y del izquierdo, el adosado campanario, reforzado por un enorme contrafuerte que calmo las grietas. El interior es de una sola nave, cubierta por cúpulas, en el altar, San Pascual.

Escuchamos una tambora a lo lejos y seguimos su tocar, que nos llevó al lienzo charro, después de unas piezas, reino el silencio, los charros se acercaron al extremo del anillo, se descubrieron, el señor cura leyó un pasaje de la biblia y posteriormente les dio la bendición a los charros, a los músicos y a los espectadores, para luego dar inicio las suertes charras, miramos algunas y luego caminamos el fantástico puente aledaño, donde contemplamos el mágico río, sombreado en sus orillas por diversas frondas. Más tarde fuimos a la plaza a saborear una nieve, nos sentamos en los peldaños del kiosco, y miramos uno de los portales, con arcos en medio punto sobre capiteles dóricos y columnas redondas, vistosos marcos de cantera en sus puertas, se asomaban con garbo.

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