Jueves, 09 de Octubre 2025
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Los Chávez, sitio paradisiaco

La vida campirana se disfruta a ritmo pausado y con delicias culinarias que hacen de este sitio un sitio singular

Por: EL INFORMADOR

Nogal. Este árbol embellece el panorama y otorga a la zona un ambiente fresco inigualable.  /

Nogal. Este árbol embellece el panorama y otorga a la zona un ambiente fresco inigualable. /

GUADALAJARA, JALISCO (13/OCT/2012).- Cerca del poblado serrano de San Francisco nace el arroyo La Carbonera, que corre con gracia al sureste, rumbo a una garganta que mira a la espectacular Laguna Sayula, de parajes efímeros, y en calores es salpicada por encantadores espejismos. Al abrirse la garganta, el arroyo nutre a un fabuloso bosque de nogales, bosque que arropa a un singular poblado, llamado Los Chávez. A nuestro regreso de Piedra Grande, nos detuvimos a la sombra de un zalate a mirar la Laguna, que intentaba formar un solo espejo para abrazar sus islas y tocar sus veras serranas. Luego viramos a la derecha, camino a Los Chávez, y enseguida de un recodo apreciamos frondas verdes, de un verde intenso, que no era espejismo, era Los Chávez. Nos fuimos acercando al bosque y al llegar fuimos maravillados por centenarios nogales, de altas y esplendidas frondas. Para pronto nos bajamos del coche y contemplamos aquellos gruesos y hermosos árboles. Nuestro mirar era al cielo, cielo verde, cielo de riqueza natural. Una calle sombría se adentra entre bizarros lienzos de piedra al admirable bosque. Caminamos pausada y plácidamente por la referida calle, deleitándonos del fantástico tejido de ramas, tejido de vida. Hojas imparipinnadas, con 5-9 folios ovales o elípticos, hojas medicinales. Palos que regalan deliciosas y benéficas nueces, drupas ovoides de alto valor nutritivo. La bizarra calle liga con otra, que a la izquierda baja y la derecha lo contrario, a ambos sentidos no dejó de mostrarnos preciosos follajes, de copas anchas.    

Una fresca mañana, Celso Chávez, chamaco inquieto y de viva expresión, le puso bosal a Queto, un borrico cenizo con diamante blanco en su frente, Celso lo nombró como tal, por coqueto. Luego de haberlo cepillado, le colocó el suadero y la silla, apretó el cincho y se dirigió a la cocina, donde su mamá, Rita Espíritu, de buen ánimo y de múltiples labores, estaba terminando de acomodar unas deliciosas palanquetas de nuez, que preparo el día anterior, era el séptimo día por cierto, el tercero del mes patrio, mientras tanto Celso le daba los últimos sorbos a su espumeante chocolate, los asientos del jarro los recogió con un trozo de picón, de los que había horneado su tía Porfiria. Celso le puso la falsa rienda a Queto, y le dio un beso a su adorada madre y otro a su querida hermana Mariana, menor,  chapeada y con gruesas trenzas. Celso montó de un brinco y Rita le entregó el canasto lleno de barretas redondas y Mariana abrió la puerta del huerto, puerta de mezquite y de golpe, las gallinas pelonas abrieron paso a Muégano, un simpático perro pinto y de mediana alzada. Rita lo despidió con un, “hasta pronto”, al que respondió, “las quiero”. Los tres, fueron abandonando la espesa sombra del sendero, sombra de centenarios nogales. Rita los acompaño con la mirada, hasta que dieron vuelta en la loma aledaña.

La brecha fue serpenteando y bajando, en dirección a un manchón verde, manchón que envolvía a Amacueca, que festejaba la Feria de la Nuez, con manjares elaborados con dicho fruto, música y eventos culturales. Celso iba chiflando y mirando la laguna y sus islas. Entró por la calle Zaragoza y al llegar a la plaza, se sumó a la feria, amarró a Queto a un poste y le propició una caricia, se instaló en una banca y Muégano se echó a un costado. Descubrió el canasto y comenzó a vender los monjiles dulces, que los iba tomando con servilleta. Los parroquianos y visitantes hacían cola para saborear aquel casero dulce y de receta añeja, pues era de la bisabuela Petra. Un citadino adquirió el último dulce y al degustar un trozo le expresó lo rico que estaba, y le preguntó: ¿Quién había preparado semejante delicia?, a lo que Celso le respondió: “Mi má”. El señor, al ver que el chamaco desamarraba su burro, no se quedó con cierta duda y le preguntó: ¿Dónde vives?, Celso se quedó pensando, rascándose el copete, y le dijo: “Vivo en un bosque de nogales, donde el arroyo La Carbonera canta alegría, y riega los huertos de unas familias, huertos cubiertos por nogueras, limas, naranjas, guayabos, granados, plátanos, cafetos, aguacates y uno que otro mango”, dio un respiro y agrego:“Y en las orillas del bosque hay órganos, nopales, guajes zalates y guamúchiles”. El citadino se quedó asombrado de la descripción del lugar, y dudando le preguntó: ¿Sería el paraíso? Y Celso le contestó: “Es el paraíso señor y, se llama Los Chávez”.

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