Suplementos | Crónica Lupe, papá y la franela roja Lupe seguirá diciendo que sufre maltrato. José alegará que no le pone un dedo encima. Lo único que la sacará de su ensimismamiento será el próximo carro que se acerque Por: EL INFORMADOR 16 de febrero de 2013 - 21:00 hs GUADALAJARA, JALISCO (16/FEB/2013).- Lupe pidió permiso para entrar al baño de la pizzería. Los empleados la dejaron pasar. Ella hizo lo que tenía que hacer, aunque no exactamente lo que se esperaba. La niña de apenas 11 años, ropa desgastada y piel maltratada por el sol alivió su cuerpo y de paso, embadurnó con rabia las paredes. 1 Es miércoles al mediodía. Lupe está parada en la calle, en el espacio que no tardará en ocupar un automóvil. Con la mano derecha sujeta un trapo rojo que menea de un lado a otro, con el brazo en alto para que los automovilistas alcancen a verla. Tiene más edad de la que aparenta. Lo hace con desinterés, sin mirar nunca a un punto fijo, a veces hablando sola en voz baja y otras tantas balanceando sin ritmo el cuerpo, como si ésa fuera su diversión en horas laborales. La calle en donde está parada se llama Andrés Terán, en el popular barrio de Santa Tere, en Guadalajara. La cuadra, que está limitada por la calle Garibaldi en una esquina y por la calle Reforma en la otra, es invadida por una decena de ópticas, que igual son atendidas por especialistas o por personas que generalmente se dedican a decir: “Ahorita no está el doctor, pero llega como en media hora”. Todos los días, desde las seis de la mañana, Lupe recorre de lado a lado esa cuadra. Ese miércoles, trae puesto un pantalón de mezclilla percudido, una blusa naranja sucia con algunas costuras levantadas y unos zapatos escolares negros, aunque la tierra acumulada les da un aspecto más bien gris. Se acerca corriendo a la esquina desde donde la observo. Si bien tiene 11 años, no mide más de un metro con cuarenta centímetros y tiene una pequeña panza que, más que producto de la comida, parece obra de las lombrices. De ahí en más, Lupe es una niña de complexión delgada. Mientras mastica un chicle, deja a la vista unos dientes chuecos, amarillentos y echados para adelante, que le dan a su boca un aspecto similar a la de un primate. Un carro se aproxima. Baja la velocidad y se orilla para estacionarse. Lupe se hace notar con una voz chillona que a veces no termina las palabras por falta de aire. — ¡Dele, dele, dele, dele!, ¡más atrás, más atrás!, ¡ahora adelante y pa-la-derecha, pa-la-derecha! El carro queda estacionado. A veces el conductor se baja e inmediatamente, le da 10 pesos para que le cuide el auto mientras él está lejos de esa cuadra; otras tantas, le da el dinero hasta que regresa por el automóvil y se cerciora de que está en buen estado. Sin embargo, hay quienes deciden no darle un solo peso y es cuando Lupe reacciona colgándose de un retrovisor o golpeando la defensa del auto; esto casi le ha valido una bofetada —a lo más que ha llegado un conductor es a amenazarla con la mano en alto— o incluso han estado cerca de arrollarle un pie. Ésa es la suerte de Lupe: cobrar la cuota de 10 pesos con el riesgo que implique, o no cobrarlos y recibir, según lo confiesa ella misma, los golpes de su papá, su tío y su abuela. — ¿Y tú vas a la escuela?— le pregunto después de averiguar su nombre. — No... — ¿Por qué? — Es que mi maestra me regañaba mucho, y una vez me peleé con una niña... le pegué porque ella le pegó a mi hermana. Lupe no logró terminar el primer grado de primaria. Antes de seguir platicando corre a cobrar otros 10 pesos y regresa con la misa prisa, metiendo el dinero en la bolsa del pantalón. — ¿Qué pasa si no le cobras a alguien? — Mi papá me dice: “¡Vas a ver, hija de la chingada!”. 2 — ¿Y qué pasa si alguien viene a lavar carros aquí sin pedirte permiso? — No, pues sí nos metemos en un problema. José es el dueño de la cuadra. Tiene 30 años y desde los 12 la recorre de lado a lado. Nadie cuida o lava un automóvil sin su autorización. Una vez dejó que otro sujeto lavara un carro al día para que se pudiera comprar un lonche —por este servicio cobra una tarifa de 50 pesos—, pero siguió chambeando sin pedir permiso. Cuando José le reclamó, dice, el hombre se le puso bravo. — ¿Y tú qué le hiciste? — Pues la neta te voy a decir la verdad: el compa salió malherido... le di un cadenazo en la cabeza. Una ambulancia de la Cruz Verde llegó por el sujeto al que le brotaba sangre de la cabeza. Aunque uno de los negocios de la cuadra escondió a José en el baño, los policías municipales entraron por él y se lo llevaron a la procuraduría, para después trasladarlo a la correccional. A los tres días, José estaba de regreso en la cuadra. Su cuadra. A sus 30 años, José tiene siete hijos. Uno de ellos es Lupe. Aunque trabajan en la misma cuadra, no viven juntos; José le encarga todos sus descendientes a su mamá, pues no quiere que al vivir con siete menores de edad, la gente murmure que es un violador de niños. Cuesta trabajo escucharlo. Su voz está cargada de pasividad. Apenas abre la boca y se dificulta entender casi cada palabra. Su piel es morena, con algunas manchas negras provocadas por el Sol. Cuando no hay carro qué lavar ni estacionar, José se sienta afuera de una de las ópticas del lugar a juntar —porque contar no sabe— las monedas que lleva acumuladas; cada día se ve obligado a ganar 400 pesos para darle dinero a su madre y encargarse de sus gastos. Justo en ese lugar, dice con la seguridad de un especialista experimentado: “Lupe está mal de la cabeza por todos los golpes que le daba su mamá cuando estaba chiquita. Yo creo que es por eso”. Lupe era una niña que rondaba su primer año de vida cuando José la separó de su madre. La mujer, a quien José no ve desde aquel entonces, se drogaba a diario y golpeaba constantemente a la menor. Antes de ir a vivir con su abuela, Lupe ingresó a un internado en el que José pagaba 100 pesos mensuales; conforme fue creciendo, estuvo inscrita en tres escuelas públicas diferentes, aunque al final terminó expulsada o simplemente no regresaba. “Está mal de la cabeza. Es una niña que todo te avisa, menos para ir al baño. A veces en el salón de clase se bajaba los pantalones en frente de los compañeros y ahí se orinaba o hacía popó; a veces aquí en la calle cuando volteo ya se hizo”. Antes, las ópticas de la cuadra le daban permiso de entrar al baño. Una a una le fueron denegando el acceso, pues Lupe derramaba el jabón, tiraba todo el rollo, tapaba el baño o, en los casos más extremos, como en el de la pizzería, llenaba las paredes de mierda. Parte del desorden mental de la niña —dice José, quien retoma el tono propio de los médicos— es que todo lo toma como una agresión. Si alguien le llama la atención, Lupe dice que le pegaron; si alguien se sienta a hablar con ella para señalarle que una acción no debe realizarse, también. — Y tú... ¿alguna vez le has pegado? — Pues nada más una, con eso de que los tienen bien protegidos, no se les puede andar pegando porque luego lo cargan a uno a la cárcel. Después de tantos años en la cuadra, los comerciantes de la zona le han tomado confianza a José. Ésta llega al punto de que algunos doctores le dejan las llaves de sus carros para que los lave por dentro y por fuera; incluso son ellos los que le han pedido al Ayuntamiento de Guadalajara que le permita a José trabajar estacionando, lavando y cuidando los autos. En una de esas ocasiones en las que una doctora le dio las llaves a José para que dejara el auto limpio, Lupe aprovechó para tomar dinero del bolso que estaba al interior de éste; José se percató del hecho y, aunque no menciona que tan fuerte o leve lo hizo, dice que ésa fue la única vez que le puso una mano encima. Mientras habla de su hija, José la voltea a ver cada vez que puede. Lupe está cumpliendo con su rutina: mueve el trapo desde el lugar en donde se estacionará otro automóvil. En algunas ocasiones hasta la señala con el dedo índice, y entonces se ve con claridad una cicatriz que comienza desde la mitad del antebrazo derecho y concluye casi llegando a los dedos; pareciera como si una serpiente de centímetro y medio de ancho lo recorriera en ese tramo de piel. Sin contar las veces que lo han llevado a la correccional por un máximo de tres días, José ha estado en prisión 11 meses en dos periodos diferentes. Cuenta que el primero fue porque mientras se retiró a comprar medio pollo para comer, alguien desmanteló un automóvil que estaba en su cuadra y el dueño lo culpó a él; eso le costó cinco meses tras las rejas. La segunda ocasión, que se presentó dos semanas después de salir libre, fue prácticamente bajo las mismas condiciones, pero ahora permaneció encerrado seis meses. Pero no: su cicatriz no es producto de una pelea con otro reo, sino que una vez cargaba una caja con refrescos y se le cayó; el gas que tenían en su interior los envases provocó que el vidrio saliera expulsado hacia su piel, lo que le causó una herida tan lineal que hasta parece hecha con una navaja. José vuelve a mirar a Lupe, quien ya está comiendo un lonche que le regalaron. Vuelve los ojos hacia mí y me mira fijamente, como se hace sólo cuando alguien dirá algo que considera importante: “Ya que estén grandes todos mis hijos a lo mejor nos vamos a vivir juntos, pero así de chiquitos como están no, luego la gente dice muchas pendejadas”. 3 Hay un lugar común que es parte del ideario mexicano: la ley es letra muerta. Pero no por común es incierto. El de Lupe viene a ser un caso más en el que la normativa no se ha aplicado. La Ley Federal del Trabajo dice en su artículo 22: “Queda prohibida la utilización del trabajo de los menores de 14 años y de los mayores de esta edad y menores de 16 que no hayan terminado su educación obligatoria, salvo los casos de excepción que apruebe la autoridad correspondiente en que a su juicio haya compatibilidad entre los estudios y el trabajo”. La de Lupe es una de las muchas excepciones a la regla, incluso cuando las autoridades saben que ahí trabaja, pues José lo ha hecho de su conocimiento en las ocasiones en que se lo han llevado sobre una patrulla. La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2009, realizada por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi), indica que en México laboran tres millones 14 mil 800 menores de edad; entre ellos, 844 mil 144 (28%) tienen entre cinco y 13 años. El mismo censo arroja que en Jalisco, en el que vive Lupe, trabaja el 12.9% de la población que no ha alcanzado la mayoría de edad, es decir, 240 mil 059 niños y adolescentes. Lupe y los demás representan eso: cifras. Un problema del que alguien ya se encargará. 4 Lupe no sabe de horas. Sus únicas referencias son la mañana, la tarde y la noche. Las primeras dos le sirven para trabajar y la tercera para dormir. Tampoco sabe contar. A veces va a los negocios con un puñado de monedas en mano y se lo muestra a los encargados, como quien enseña un insecto exótico, sólo para que le digan cuánto lleva ganado. En su andar diario a veces se encuentra juguetes tirados en la calle. Juega con ellos cuando puede, porque no siempre logra conservarlos; si su abuela simplemente no está de buen humor, los toma para regalárselos a alguien más. Una vez así paso con un celular que, dice, estaba bueno. Poco le duró el gusto de tenerlo. Desconoce lo que es leer o escribir. Pero poco le interesa; y a la escuela no quiere regresar. A ella lo que le gusta, y lo dice con la ingenuidad que da el no conocer mejor vida, es la calle; estacionar y lavar carros es su diversión. Están cercanas las 13:00 horas y Lupe ya cumplió más de la mitad de su jornada laboral. A unos 10 metros, su padre muerde un pan y bebe algún líquido en un vaso de unicel. Un hombre como de 20 años le pregunta a Lupe que si ya comió. Ella responde que no sin usar palabras, sólo moviendo la cabeza. El sujeto lleva la mano derecha a la bolsa del pantalón y saca un billete de 20 pesos. “Ten, para que te compres algo de comer”. Lupe se acerca con cautela, como si tratara de acariciar a un cocodrilo. Observa a su padre, quien está distraído con su alimento. Lupe se percata de ello y extiende la mano. El billete pronto va a esconderse en uno de sus bolsillos. “Es que si me ve mi papá me lo quita”. Pasarán los días. Las mañanas. Las tardes. Las noches. Lupe seguirá echando aguas a los automovilistas y cuidándoles sus carros; el trapo rojo en la mano la acompaña en sus balanceos sin ritmo que practica para entretenerse. Lupe seguirá diciendo que sufre maltrato. José alegará que no le pone un dedo encima. Lo único que la sacará de su ensimismamiento será el próximo carro que se acerque , mientras ella, con su voz chillona, pregunte: “¿Va a querer lugar?”. Temas Tapatío Automóviles Lee También Aseguran aves en peligro de extinción tras cateo en finca de Tonalá El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal ¿Por qué un auto se puede apagar al subir una pendiente? Profeco advierte error en más de mil vehículos Honda y Acura Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones