Suplementos | Por: Vicente García Remus Veredas Cascada los Laureles Por: EL INFORMADOR 29 de noviembre de 2009 - 01:37 hs En la ladera poniente del cerro Nantotague, canturrea vida el hermoso arroyo Los laureles, que forma una encantadora cascada nombrada como el arroyo. Cierto día me dirigí a Atoyac, entré al salón de cabildo a preguntar por sitios naturales, Carolina Arrezola y Rocío Torres, me proporcionaron información de algunos lugares. Vi la fotografía de Jesús González Fregoso, ejemplar profesionista, con desbordante actitud de superación, al preguntar por su domicilio para irlo a saludar, me dieron la mala noticia de que había muerto en un accidente automotriz, se me rasaron los ojos y pensé en lo frágil que es la existencia. De la presidencia, me encaminé en dirección a San Juan, la brecha fue ascendiendo por la fantástica Sierra el Tigre, mostrándome formidables paisajes de coníferas con flores silvestres. Llegué a una bifurcación, a la derecha era a Techague y a la izquierda a San Juan, después de un potrero, aprecié el preciosos arroyo San Juan, embellecido por huizaches, jocuistles, ololiques, ocuares, tepehuajes, tepames, y zarzamoras. Enseguida entré a San Juan, me senté en una de las bancas de la plaza para mirar los bonitos cerros que rodean el poblado. Luego continué por el camino a Los Laureles, el camino de tierra siguió subiendo para posteriormente bajar a El Carrizal, en donde me detuve a mirar el fascinante arroyo Los laureles, abrigado por árboles y arbustos, que reflejaban fragmentos de sus formas y colores, dándole al espejo una esencia atractiva. Pasé por Laureles del IX, compré un refresco y pregunté por la cascada, seguí el sendero que me indicaron, que fue serpenteando por el bosque para llegar al fabuloso poblado Los laureles, que se fue asentando en una cañada boscosa, animada por el arroyo de similar nombre. Las casas se fueron levantando en las veras del arroyo, arroyo que por las noches arrulla a los felices moradores. Me estacioné a la sombra de un árbol, en la último hogar, el de la de la familia Meza, saludé y José Meza respondió a mi saludo, le pregunté por la cascada y me invitó a su fogón, donde estaba torteando su esposa Socorro y saboreando un rico caldo su mamá Providencia, de nueve décadas, quien me dijo que todavía preparaba la salsa. Los acompañe con gran gusto y agradecimiento a la vez, ese compartir autentico es de gran valía. José le pidió a su hijo Jacinto, que me llevara a la cascada, seguimos el camino al precioso monte Jiménez, que presume de peñas blancas antes de su cresta. Entramos a un potrero tapizado por bizarros magueyes mansos, magueyes de raspa, el cantar del arroyo nos dio la bienvenida a la cascada, la cual admiramos con emoción desde arriba, a través de robles y orquídeas, bajamos para contemplarla desde abajo. Dos chorros caían con gracia a los costados de una piedra, el primero era más espectacular, en su segunda caída abría un abanico sobre una piedra, el segundo chorro se escondía algo en su conducto, ambos alimentaban una fabulosa fosa, las bellas formas nos regalaron instantes de regocijo. Socorro y Lupe Anaya me mostraron un insólito invernadero que cultivan con otras señoras, para autoconsumo, surcos con tomate, frijol, lechuga, espinaca, zanahoria, cilantro, etcétera, el riego es por goteo y los fertilizantes orgánicos, también cuidan colmenas y desean criar trucha, modelo de comuna. Del invernadero fuimos a saborear un pulque con Fidel Anaya y enseguida miramos una pequeña cascada, que hacía una cautivadora cortina y luego un chorro que se abría al caer a una tinaja. Temas Pasaporte Veredas Lee También Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Pasaporte: la vocación de contar el mundo Cuatro imperdibles para tu primera visita a Madrid Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones