Cultura
El cómic, espejo de vidas ilustres
Las proezas de distintos personajes históricos acaparan las páginas de las novelas gráficas
MADRID, ESPAÑA (17/DIC/2012).- Si el cómic todavía no ha rastreado su biografía es porque la posteridad no le considera lo bastante genio. O lo suficientemente demonio. Martin Luther King, jr. y Hitler la tienen. Y Carlos Gardel, Che Guevara, Ana Frank, Bob Dylan, Fidel Castro o Robert Capa.
Mientras otros géneros siguen rumiando su propia ruina -a la novela le disparan cada cuatro títulos sin que la entierren definitivamente-, el mundo de tiras ilustradas (como se les conoce por su formato) está con las fauces abiertas mascando cualquier sustancia que encuentre a su paso para engordar. Inevitable caer en la Historia, con su filón de divinos y depravados que han nacido desde que los sumerios inventaron la escritura.
Edmond Baudoin, uno de los historietistas más prestigiososos de Francia (donde ese título significa algo de verdad), era más entusiasta del surrealismo que de Dalí, al que consideró en los sesenta como un artista “un poco psicodélico, un poco ido” y al que censuró después por su afán autopropagandístico con fines recaudatorios. En fin, que le resultaba antipático.
Sin embargo, aceptó la propuesta del Centro Pompidou para realizar un biocomic. “Sabía muy pocas cosas de su vida y, al descubrirla, me encontré a un ser humano que trabajaba mucho su arte para intentar superar a un hermano mayor enterrado en el cementerio de su ciudad. Pero, ya que resulta imposible enfrentarse con un muerto, tenía que hacer siempre más, incluso delirar. ¿Cómo no comprender y amar a un hombre que se enfrenta a lo imposible?”, responde por correo electrónico Baudoin.
Su cómic Dalí (Astiberri) es personal y audaz como la pintura del genio surrealista. Ni su relato es lineal, ni su trazo realista. Baudoin plasma el mundo onírico y fantasioso del artista con viñetas alegóricas y simbólicas, sobrecargadas como sobrecargadas fueron la obra y el autor.
Otros casos para el cómic
Para Olympe de Gouges también hay múltiples respuestas. El personaje ha fascinado a Catel y Bouquet, autores de Kiki de Montparnasse, publicada en 2007 por Sins Entido, un sello con otros aciertos biográficos como Tina Modotti y, sobre todo, Bertrand Russell en Logicomix, que despachó en mes y medio tres mil ejemplares de su primera tirada y lleva tres reimpresiones. “Igual que hace unos años existió el boom de la autobiografía, ahora hay un auge de la biografía en la novela gráfica”, concede Catalina Mejía, editora de Sins Entido. “A la gente le interesan mucho las vidas de escritores que ha leído, pero a lo mejor no se atreve con una biografía de 400 páginas de Russell y sí con una novela gráfica”, añade.
Olympe de Gouges, que ocupa casi 500 páginas, es un relato tradicional de la vida de una mujer original que osó reivindicar la igualdad en un tiempo en el que se tumbaron otras discriminaciones. Hija ilegítima de un académico francés en tiempos de moralidades difusas -reflejadas magistralmente por Choderlos de Laclos en Las amistades peligrosas-, a partir de su viudedad a los 18 años comenzó a perseguir la libertad y la cultura con la misma vehemencia con la que otras mujeres perseguían maridos.
Rechazó sucesivas peticiones de su amante para casarse, aunque accedió a seguirle a París, donde se instaló con su hijo. Allí cambió su nombre, leyó a Rousseau y a Voltaire, acudió a la Comedia Francesa, frecuentó estimulantes salones, fundó su propia compañía de teatro y comienzó a escribir obras. Un lustro antes de la Revolución ya dictaba cosas así: “Dios mismo parecíame un ser imaginario o hecho para el suplicio del género humano e inventado por ambición”. Su primer drama propugnaba el abolición de la esclavitud. Pese a las presiones de los colonos, fue más fácil prohibir la esclavitud que equiparar en derechos a mujeres y hombres. En tres años escribió 40 panfletos donde dijo lo que pensaba. Pidió el voto femenino y el divorcio. Tuvo la valentía de defender al rey Luis XVI y de atacar a Robespierre (“En cada uno de tus cabellos hay un crimen”), cuando el Terror segaba cuellos a destajo: 20 mil personas guillotinadas en diez meses. Olympe fue una de ellas.
Muestrario de vidas y obras
La personalidad de Virginia Woolf está en las antípodas del vitalismo de De Gouges, pero comparten la curiosidad intelectual, el desprecio de las convenciones, un contexto histórico convulso y el interés del cómic. Michèle Gazier y Bernard Ciccolini son los autores de Virginia Woolf (Impedimenta). Su salida ha coincidido con la de Superzelda (451 Editores), la vida ilustrada de Zelda Fitzgerald por los fumettistas Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta. Otros tres más: Feynman (Norma editorial), de L. Myrick y J. Ottaviani, sobre el mejor físico de la historia; Los amigos de Pancho Villa (001 Ediciones), de L. Chemineau y J. C. Blake, el revolucionario mexicano a través de los ojos de su amigo Rodolfo Fierro, y Brassens (Fulgencio Pimentel), de Joann Sfar.
El idilio entre literatura y cómic puede ir para largo. Carlos Hernández firmó en 2011, junto a El Torres, La huella de Lorca (Norma), movido por una historia personal: su padre había conocido al poeta en Granada. A Jacobo Fernández Serrano le atrapó la poesía de Lois Pereiro, un verso solitario que se ha convertido en un fenómeno editorial tres lustros después de su muerte. “Tenía ganas de explorar qué podía hacer exactamente con la poesía en el cómic”, recuerda sobre Breve encuentro (Sins Entido y, en gallego, Xerais), su libro sobre el poeta. “En estos momentos iniciales, la novela gráfica se abre a todo tipo de géneros. Seguro que también habrá una moda de novela gráfica histórica’, vaticina.
Con información de El País
Mientras otros géneros siguen rumiando su propia ruina -a la novela le disparan cada cuatro títulos sin que la entierren definitivamente-, el mundo de tiras ilustradas (como se les conoce por su formato) está con las fauces abiertas mascando cualquier sustancia que encuentre a su paso para engordar. Inevitable caer en la Historia, con su filón de divinos y depravados que han nacido desde que los sumerios inventaron la escritura.
Edmond Baudoin, uno de los historietistas más prestigiososos de Francia (donde ese título significa algo de verdad), era más entusiasta del surrealismo que de Dalí, al que consideró en los sesenta como un artista “un poco psicodélico, un poco ido” y al que censuró después por su afán autopropagandístico con fines recaudatorios. En fin, que le resultaba antipático.
Sin embargo, aceptó la propuesta del Centro Pompidou para realizar un biocomic. “Sabía muy pocas cosas de su vida y, al descubrirla, me encontré a un ser humano que trabajaba mucho su arte para intentar superar a un hermano mayor enterrado en el cementerio de su ciudad. Pero, ya que resulta imposible enfrentarse con un muerto, tenía que hacer siempre más, incluso delirar. ¿Cómo no comprender y amar a un hombre que se enfrenta a lo imposible?”, responde por correo electrónico Baudoin.
Su cómic Dalí (Astiberri) es personal y audaz como la pintura del genio surrealista. Ni su relato es lineal, ni su trazo realista. Baudoin plasma el mundo onírico y fantasioso del artista con viñetas alegóricas y simbólicas, sobrecargadas como sobrecargadas fueron la obra y el autor.
Otros casos para el cómic
Para Olympe de Gouges también hay múltiples respuestas. El personaje ha fascinado a Catel y Bouquet, autores de Kiki de Montparnasse, publicada en 2007 por Sins Entido, un sello con otros aciertos biográficos como Tina Modotti y, sobre todo, Bertrand Russell en Logicomix, que despachó en mes y medio tres mil ejemplares de su primera tirada y lleva tres reimpresiones. “Igual que hace unos años existió el boom de la autobiografía, ahora hay un auge de la biografía en la novela gráfica”, concede Catalina Mejía, editora de Sins Entido. “A la gente le interesan mucho las vidas de escritores que ha leído, pero a lo mejor no se atreve con una biografía de 400 páginas de Russell y sí con una novela gráfica”, añade.
Olympe de Gouges, que ocupa casi 500 páginas, es un relato tradicional de la vida de una mujer original que osó reivindicar la igualdad en un tiempo en el que se tumbaron otras discriminaciones. Hija ilegítima de un académico francés en tiempos de moralidades difusas -reflejadas magistralmente por Choderlos de Laclos en Las amistades peligrosas-, a partir de su viudedad a los 18 años comenzó a perseguir la libertad y la cultura con la misma vehemencia con la que otras mujeres perseguían maridos.
Rechazó sucesivas peticiones de su amante para casarse, aunque accedió a seguirle a París, donde se instaló con su hijo. Allí cambió su nombre, leyó a Rousseau y a Voltaire, acudió a la Comedia Francesa, frecuentó estimulantes salones, fundó su propia compañía de teatro y comienzó a escribir obras. Un lustro antes de la Revolución ya dictaba cosas así: “Dios mismo parecíame un ser imaginario o hecho para el suplicio del género humano e inventado por ambición”. Su primer drama propugnaba el abolición de la esclavitud. Pese a las presiones de los colonos, fue más fácil prohibir la esclavitud que equiparar en derechos a mujeres y hombres. En tres años escribió 40 panfletos donde dijo lo que pensaba. Pidió el voto femenino y el divorcio. Tuvo la valentía de defender al rey Luis XVI y de atacar a Robespierre (“En cada uno de tus cabellos hay un crimen”), cuando el Terror segaba cuellos a destajo: 20 mil personas guillotinadas en diez meses. Olympe fue una de ellas.
Muestrario de vidas y obras
La personalidad de Virginia Woolf está en las antípodas del vitalismo de De Gouges, pero comparten la curiosidad intelectual, el desprecio de las convenciones, un contexto histórico convulso y el interés del cómic. Michèle Gazier y Bernard Ciccolini son los autores de Virginia Woolf (Impedimenta). Su salida ha coincidido con la de Superzelda (451 Editores), la vida ilustrada de Zelda Fitzgerald por los fumettistas Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta. Otros tres más: Feynman (Norma editorial), de L. Myrick y J. Ottaviani, sobre el mejor físico de la historia; Los amigos de Pancho Villa (001 Ediciones), de L. Chemineau y J. C. Blake, el revolucionario mexicano a través de los ojos de su amigo Rodolfo Fierro, y Brassens (Fulgencio Pimentel), de Joann Sfar.
El idilio entre literatura y cómic puede ir para largo. Carlos Hernández firmó en 2011, junto a El Torres, La huella de Lorca (Norma), movido por una historia personal: su padre había conocido al poeta en Granada. A Jacobo Fernández Serrano le atrapó la poesía de Lois Pereiro, un verso solitario que se ha convertido en un fenómeno editorial tres lustros después de su muerte. “Tenía ganas de explorar qué podía hacer exactamente con la poesía en el cómic”, recuerda sobre Breve encuentro (Sins Entido y, en gallego, Xerais), su libro sobre el poeta. “En estos momentos iniciales, la novela gráfica se abre a todo tipo de géneros. Seguro que también habrá una moda de novela gráfica histórica’, vaticina.
Con información de El País