Cultura
Relicarios de los siglos XVII al XIX, al registro público de monumentos
El estudio permitirá su catalogación y se les dará una mejor protección y conservación
CIUDAD DE MÉXICO (15/OCT/2015).- Más de medio centenar de relicarios de los siglos XVII al XIX, perteneciente al acervo de la Catedral Metropolitana, fueron inscritos en el Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
Esta importante colección de relicarios son objetos únicos y durante más de tres siglos han resguardado parte de los restos sagrados de santos y mártires de la Iglesia católica, como de los santos mártires: Santa Úrsula, San Vito, San Anastasio y las once mil vírgenes, San Primitivo y de catacumbas italianas, como las de San Teodoro, San Vicente Niño y San Deodato, algunos se asocian a la Pasión de Cristo, como de la Santa Cruz o Lignum Crucis.
En un comunicado del INAH, se destaca que las reliquias son de dos tipos: corporales (cabeza, brazo o el corazón, etcétera) o por contacto (regularmente son fracciones de textiles o algún objeto que utilizaron los santos, como el bastón de Santa Teresa, que fueron favorecidas por el papa Gregorio Magno en el siglo VI para evitar la fragmentación).
La Catedral Metropolitana mantiene en culto relicarios elaborados en latón, bordados con hilos de plata, madera, paperoles, ceroplástica y de plata; y de diversos tipos: pirámides, cofres, urnas, tableros u ostensorios.
En las obras de ceroplástica —técnica retomada de los gabinetes científicos para el estudio de la anatomía humana—, el cuerpo del santo se reproducía con gran detalle en cera vaciada y recubre algún hueso o la osamenta completa.
Las esculturas miden más de un metro de largo y “son agradables a la vista de los fieles, parece que están dormidos, y en ocasiones tienen la boca entreabierta como si tuvieran el sueño de los justos, pero también se ven las heridas que dan cuenta de su martirio”.
Gabriela Sánchez Reyes, investigadora, adscrita a la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos (CNMH) del INAH, informó que la inscripción de los relicarios permitirá contar con un archivo fotográfico de cada uno de ellos, y analizar su aspecto formal, su tipología y además se buscará vincularlos con documentos que se han localizado en el archivo de la Catedral, donde se empezaron a mencionar en 1588.
Agregó Sánchez Reyes: “Estudiar los relicarios, así como la biografía del santo, los materiales con que fueron elaborados y su tipología nos dará la oportunidad de inferir su procedencia. Por ejemplo, uno realizado con paperoles (tiras de papel enrollado con filo dorado a manera de filigrana) indica que su veneración fue en clausura en algún convento; las reliquias de santos jesuitas nos llevan a pensar que pertenecieron a un colegio”.
Además, su estudio permitirá comprender sus características específicas, lo cual facilitará su identificación para su catalogación y proporcionará elementos para su mejor protección y conservación.
Al ser objetos de culto y localizarse en contextos religiosos, muchos de ellos no han sido inscritos como monumentos muebles históricos, en el marco de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.
En 1687 la Catedral ya contaba con una colección de reliquias. Ese año fueron contratados el ensamblador y escultor Manuel de Nava y el pintor Juan de Herrera para diseñar un retablo, el cual aún se conserva en la Capilla de las Reliquias; se caracteriza por tener en la predela (la parte baja del retablo) dos filas con 19 cajones tallados y dorados que guardan los relicarios, los cuales se exponen el 1 y el 2 de noviembre, apuntó la investigadora.
Cuando se termine el registro de los relicarios se publicarán dos libros: un catálogo con las piezas de la Catedral Metropolitana y otro sobre los relicarios en la Nueva España, finalizó Sánchez Reyes.
Esta importante colección de relicarios son objetos únicos y durante más de tres siglos han resguardado parte de los restos sagrados de santos y mártires de la Iglesia católica, como de los santos mártires: Santa Úrsula, San Vito, San Anastasio y las once mil vírgenes, San Primitivo y de catacumbas italianas, como las de San Teodoro, San Vicente Niño y San Deodato, algunos se asocian a la Pasión de Cristo, como de la Santa Cruz o Lignum Crucis.
En un comunicado del INAH, se destaca que las reliquias son de dos tipos: corporales (cabeza, brazo o el corazón, etcétera) o por contacto (regularmente son fracciones de textiles o algún objeto que utilizaron los santos, como el bastón de Santa Teresa, que fueron favorecidas por el papa Gregorio Magno en el siglo VI para evitar la fragmentación).
La Catedral Metropolitana mantiene en culto relicarios elaborados en latón, bordados con hilos de plata, madera, paperoles, ceroplástica y de plata; y de diversos tipos: pirámides, cofres, urnas, tableros u ostensorios.
En las obras de ceroplástica —técnica retomada de los gabinetes científicos para el estudio de la anatomía humana—, el cuerpo del santo se reproducía con gran detalle en cera vaciada y recubre algún hueso o la osamenta completa.
Las esculturas miden más de un metro de largo y “son agradables a la vista de los fieles, parece que están dormidos, y en ocasiones tienen la boca entreabierta como si tuvieran el sueño de los justos, pero también se ven las heridas que dan cuenta de su martirio”.
Gabriela Sánchez Reyes, investigadora, adscrita a la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos (CNMH) del INAH, informó que la inscripción de los relicarios permitirá contar con un archivo fotográfico de cada uno de ellos, y analizar su aspecto formal, su tipología y además se buscará vincularlos con documentos que se han localizado en el archivo de la Catedral, donde se empezaron a mencionar en 1588.
Agregó Sánchez Reyes: “Estudiar los relicarios, así como la biografía del santo, los materiales con que fueron elaborados y su tipología nos dará la oportunidad de inferir su procedencia. Por ejemplo, uno realizado con paperoles (tiras de papel enrollado con filo dorado a manera de filigrana) indica que su veneración fue en clausura en algún convento; las reliquias de santos jesuitas nos llevan a pensar que pertenecieron a un colegio”.
Además, su estudio permitirá comprender sus características específicas, lo cual facilitará su identificación para su catalogación y proporcionará elementos para su mejor protección y conservación.
Al ser objetos de culto y localizarse en contextos religiosos, muchos de ellos no han sido inscritos como monumentos muebles históricos, en el marco de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.
En 1687 la Catedral ya contaba con una colección de reliquias. Ese año fueron contratados el ensamblador y escultor Manuel de Nava y el pintor Juan de Herrera para diseñar un retablo, el cual aún se conserva en la Capilla de las Reliquias; se caracteriza por tener en la predela (la parte baja del retablo) dos filas con 19 cajones tallados y dorados que guardan los relicarios, los cuales se exponen el 1 y el 2 de noviembre, apuntó la investigadora.
Cuando se termine el registro de los relicarios se publicarán dos libros: un catálogo con las piezas de la Catedral Metropolitana y otro sobre los relicarios en la Nueva España, finalizó Sánchez Reyes.