Economía
Recorrido con poco dinero por un centro comercial
Las personas esperaban sentadas con las bolsas en el suelo; quizás tomaban un respiro para seguir comprando
GUADALAJARA, JALISCO (18/NOV/2012).- Si tomamos en cuenta los 12 pesos que gastará en el pasaje, más los dos que gastó en un chicle, a Raúl le quedan 17.50 pesos para gastar en Plaza Galerías.
Y el mercado es claro: no le alcanza casi para nada.
¿A quién se le ocurre asistir a un centro comercial con 17. 50 pesos en el bolsillo?, se preguntará el lector.
A Raúl. Le gusta caer gordo, dice cuando se baja del camión.
Por su puesto que Raúl no es Raúl. No quiere decir su verdadero nombre por vergüenza. Lo que no le da vergüenza es venir a ver "qué hay" para después prever los regalos de navidad para su familia.
En sus propias palabras, Raúl es un "mirón". En su bolsillo derecho hay una moneda de diez pesos, una de cinco, dos de un peso y una de 50 centavos.
Entró a una tienda departamental e interrumpió la explicación de una vendedora que trataba de convencer a una pareja de comprar tres playeras de Hello Kitty en vez de una, pues una costaba 229 y tres costaban 149 pesos cada una.
Raúl le preguntó a la empleada por la ropa de caballero y ella le respondió "aquí luego luego, cruzando el pasillo". Cruzó la ropa de niños. Dejó atrás gente que planeaba gastos para navidad y en su recorrido vio una playera que le gustó. Mientras quitaba el gancho de la prenda, el empleado encorbatado le señaló los vestidores donde un grupo de cuatro mujeres desaprobaban con gestos la forma de un pantalón que un joven les modelaba.
"Está padre, pero..."
Cuando salió de los vestidores y dejó la playera desdoblada en una pila de prendas iguales, Raúl dobló por un pasillo en el que tuvo que hacerse paso entre carriolas, adultos que piden a sus hijos que no se alejen mientras ellos pagan y vendedores prestos para atender a los clientes.
Se detuvo en la zona en que descansaban los aparatos de gimnasio y observó dos caminadoras cuyo costo era de 13 mil y 17 mil pesos a 13 meses sin intereses. Al ver su interés, el vendedor (que no dejó de atender a un corpulento hombre de camisa de futbol americano azul marino) volteó y le dijo que también tenía un modelo intermedio de 15 mil pesos.
"Engentado", Raúl se perdió dentro de la tienda. El portero le señaló la salida hacia la plaza: de las escaleras eléctricas a mano izquierda.
Al trasponer el umbral de salida de la tienda, lo recibió una edecán de vestido blanco, labios rosas y hablar rápido: "Llévateunsmarthphone hastaconcincuentaporcientodedescuento", le dijo mientras le entregaba una revista con promociones.
Tiró la revista en el bote de basura más inmediato. Se le antojó un café americano pero desistió al ver que en el sitio más cercano no había lugares disponibles y el precio era excesivo para sus 17.50.
Tampoco había lugar en los sillones regados por los pasillos. Las personas esperaban sentadas con las bolsas en el suelo; quizás tomaban un respiro para seguir comprando.
Decidió caminar. A su paso salieron carros de control remoto que chocaban con los escaparates de las tiendas y niños correlones. Empleados con pantallas gigantes y parejas tomadas de la mano. La gente entraba a las tiendas sin bolsas y salía cargada. Aprovechaba las promociones de 20, 30, 40, 50 por ciento de descuento.
Raúl se midió unos anteojos de tres mil 500 pesos "a 13 meses sin intereses" y pensó en regalarle unos tenis a su hermana cuando tuviera dinero. No se animó a entrar a las "tiendas de señoras" porque desconoce los gustos de su madre.
Cansado de caminar y no comprar, Raúl subió hacia una nevería ubicada en el último piso de la plaza, pidió un cono chico cubierto con chocolate que le costó 17 pesos y se fue a su casa.
Contando los seis pesos del camión, a Raúl le quedaron 50 centavos.
EL INFORMADOR / GONZALO JÁUREGUI
Y el mercado es claro: no le alcanza casi para nada.
¿A quién se le ocurre asistir a un centro comercial con 17. 50 pesos en el bolsillo?, se preguntará el lector.
A Raúl. Le gusta caer gordo, dice cuando se baja del camión.
Por su puesto que Raúl no es Raúl. No quiere decir su verdadero nombre por vergüenza. Lo que no le da vergüenza es venir a ver "qué hay" para después prever los regalos de navidad para su familia.
En sus propias palabras, Raúl es un "mirón". En su bolsillo derecho hay una moneda de diez pesos, una de cinco, dos de un peso y una de 50 centavos.
Entró a una tienda departamental e interrumpió la explicación de una vendedora que trataba de convencer a una pareja de comprar tres playeras de Hello Kitty en vez de una, pues una costaba 229 y tres costaban 149 pesos cada una.
Raúl le preguntó a la empleada por la ropa de caballero y ella le respondió "aquí luego luego, cruzando el pasillo". Cruzó la ropa de niños. Dejó atrás gente que planeaba gastos para navidad y en su recorrido vio una playera que le gustó. Mientras quitaba el gancho de la prenda, el empleado encorbatado le señaló los vestidores donde un grupo de cuatro mujeres desaprobaban con gestos la forma de un pantalón que un joven les modelaba.
"Está padre, pero..."
Cuando salió de los vestidores y dejó la playera desdoblada en una pila de prendas iguales, Raúl dobló por un pasillo en el que tuvo que hacerse paso entre carriolas, adultos que piden a sus hijos que no se alejen mientras ellos pagan y vendedores prestos para atender a los clientes.
Se detuvo en la zona en que descansaban los aparatos de gimnasio y observó dos caminadoras cuyo costo era de 13 mil y 17 mil pesos a 13 meses sin intereses. Al ver su interés, el vendedor (que no dejó de atender a un corpulento hombre de camisa de futbol americano azul marino) volteó y le dijo que también tenía un modelo intermedio de 15 mil pesos.
"Engentado", Raúl se perdió dentro de la tienda. El portero le señaló la salida hacia la plaza: de las escaleras eléctricas a mano izquierda.
Al trasponer el umbral de salida de la tienda, lo recibió una edecán de vestido blanco, labios rosas y hablar rápido: "Llévateunsmarthphone hastaconcincuentaporcientodedescuento", le dijo mientras le entregaba una revista con promociones.
Tiró la revista en el bote de basura más inmediato. Se le antojó un café americano pero desistió al ver que en el sitio más cercano no había lugares disponibles y el precio era excesivo para sus 17.50.
Tampoco había lugar en los sillones regados por los pasillos. Las personas esperaban sentadas con las bolsas en el suelo; quizás tomaban un respiro para seguir comprando.
Decidió caminar. A su paso salieron carros de control remoto que chocaban con los escaparates de las tiendas y niños correlones. Empleados con pantallas gigantes y parejas tomadas de la mano. La gente entraba a las tiendas sin bolsas y salía cargada. Aprovechaba las promociones de 20, 30, 40, 50 por ciento de descuento.
Raúl se midió unos anteojos de tres mil 500 pesos "a 13 meses sin intereses" y pensó en regalarle unos tenis a su hermana cuando tuviera dinero. No se animó a entrar a las "tiendas de señoras" porque desconoce los gustos de su madre.
Cansado de caminar y no comprar, Raúl subió hacia una nevería ubicada en el último piso de la plaza, pidió un cono chico cubierto con chocolate que le costó 17 pesos y se fue a su casa.
Contando los seis pesos del camión, a Raúl le quedaron 50 centavos.
EL INFORMADOR / GONZALO JÁUREGUI