Internacional

Náufrago salvadoreño pide que lo dejen en paz para recuperarse

José Salvador Alvarenga afirma que algunos barcos que lo vieron le negaron la ayuda

SAN SALVADOR, EL SALVADOR (12/FEB/2014).- El náufrago salvadoreño José Salvador Alvarenga aseguró este miércoles que se encuentra bien, pero pidió "tranquilidad" para recuperarse del trauma por haber estado, según relata, 13 meses a la deriva en el océano Pacífico, sin haber recibido auxilio de barcos que lo avistaron.

Tras llegar la noche del martes a El Salvador desde Islas Marshall, donde  fue rescatado el 30 de enero, Alvarenga, de 37 años, es atendido en el hospital  público San Rafael, en Santa Tecla, 12 km al oeste de San Salvador, donde es  acompañado por sus padres y su hija de 14 años.

Desde su cama, en bata celeste de hospital, Alvarenga aseguró que se encuentra "bien", pero pidió a la prensa que lo "dejen tranquilo", en un  mensaje de video difundido por el ministerio de Salud. "No más preguntas ni más fotos", subrayó.

"No quiero presión de los medios, no quiero hablar con ellos, quiero estar tranquilo, que mi familia esté tranquila", dijo al pedir tiempo para  recuperarse y poder hablar. "Ahorita no estoy para estar dando explicaciones", expresó.


Barcos le negaron ayuda

Más temprano habló con la ministra de Salud, María Isabel Rodríguez, y dos médicos, a quienes les contó que mientras estaba en el océano "no encontró quiénes lo auxiliaran en barcos que pasaron", según la funcionaria.

"Nos contó cómo pasaron varios barcos, incluso cerca de él, pido auxilio y  no se lo quisieron conceder", afirmó Rodríguez, quien agregó que según  Alvarenga hubo incluso un barco que "casi destruye el botecito porque le  pasaron al lado".

"Nos dice que había perdido prácticamente la esperanza de volver al mundo  porque incluso no tuvo solidaridad. Él pedía auxilio y llamaba, pero nadie lo auxilió", a pesar de que incluso "lo saludaron", lamentó Rodríguez.


Aún no está adaptado a la comunicación

En conferencia con el director del hospital, Yerles Ramírez, y el jefe del  equipo médico que lo atiende, Manuel Bello, la ministra señaló que los exámenes  indican que la condición física del náufrago "está prácticamente todo en  normalidad".

Pero "se cansa inmediatamente, pierde un poquito el control, no está  todavía adaptado a la comunicación con el mundo. Llora con facilidad", agregó  Rodríguez, quien estimó que estar acompañado con la familia le permitirá  "adaptarse a la conversación".

Recibido como un héroe nacional, Alvarenga compareció la noche del martes  ante las cámaras de prensa en el aeropuerto, en silla de ruedas, sin poder  hablar por la emoción, pese a que tomó el micrófono con la intención de dar una  breve declaración.

En el hospital, al filo de la medianoche, se reencontró con sus padres  María Julia Alvarenga y Ricardo Orellana, y su hija Fátima, a quienes no veía  hace ocho años, según imágenes colgadas por Ramírez en Twitter, difundidas por  diarios locales.

Pese a que los exámenes cardíacos y renales están normales, Bello dijo que darle de alta dependerá "de la condición psiquiátrica más que física". Este  miércoles, caminó y se bañó, pero lloró y "no quiere ver a los medios", explicó.

El médico comentó además que cumplió un deseo que tenía: comer "tortilla  con queso". Además, comió pan dulce.

Según su relato, Alvarenga salió en diciembre de 2012 a pescar tiburones en  la costa mexicana del Pacífico, adonde se había quedado viviendo cuando emigró  hace unos 15 años rumbo a Estados Unidos.

Su embarcación se averió y quedó a la deriva con otro pescador, de 24 años,  que según él murió por negarse a comer pescado crudo, aves, y beber sangre de tortuga, como hizo él. Trece meses después apareció en Islas Marshall, a 12 mil 500  kilómetros. Desde entonces acapara la atención mundial.


Más que realismo mágico

Mientras los médicos le atienden, Alvarenga es esperado en su pueblo natal, Garita Palmera, 118 kilómetros al suroeste de San Salvador, desde donde fueron llevados  sus familiares al hospital.

El náufrago comenzó a ser destacado en El Salvador como símbolo de esperanza y al mismo tiempo del desgarramiento que provoca la emigración, en un  país afectado por la pobreza y la violencia criminal que a diario se cobra  siete vidas.

"Es una historia de fe (...) de lucha por la vida, pero también es una  historia de solidaridad y reencuentro", destacó el canciller Jaime Miranda, al  recibirlo en el aeropuerto.

Según el analista Roberto Cañas, el caso refleja "la falta de  oportunidades" para muchos en su propio país, pues Alvarenga emigró en pos de  trabajo, al igual una treintena de salvadoreños cada día. "Es un caso extremo  de la cotidianidad, no es un caso de realismo mágico. Es realidad lo que  vivió", opinó.

Para la directora del Instituto de Opinión Pública de la Universidad  Centroamericana, Jannette Aguilar, Alvarenga es un "signo de esperanza" en un  mundo pesimista.

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