Internacional

Simon Peres: Gaza es un organismo iraní

El veterano presidente israelí promueve sanciones morales, antes que económicas, contra el régimen de Mahmoud Ahmadinejad, a quien califica como dictador

JERUSALÉN, ISRAEL.- Cuando se atraviesa la puerta del despacho de Simon Peres resulta inevitable pensar que casi siete décadas atrás, cuando el actual presidente de Israel comenzó a dar sus primeros pasos en política —en movimientos juveniles de izquierda, primero, y luego en la Haganah, el embrión del futuro Ejército—, el Estado de Israel no existía todavía, y Palestina estaba bajo mandato de los británicos.

Desde entonces Peres ha pasado por cinco partidos políticos diferentes, ha sido casi todo en los Gobiernos y en las oposiciones, ha ejercido de cara amable de Israel en el exterior, donde por lo general fue siempre más apreciado que en su propio país, y ha sido diputado de forma ininterrumpida (excepto un breve periodo de tres meses) desde 1959 hasta su elección como noveno presidente de Israel en 2007.

El Premio Nobel de la Paz (junto con Isaac Rabin y Yasir Arafat) en 1994 por los acuerdos de Oslo, de los que fue artífice principal, y su condición de referente para la izquierda israelí durante tantos años componen una figura formidable, de una presencia fértil y continua en la escena política y diplomática de Medio Oriente.
La conversación tiene lugar en sus oficinas en Jerusalén, en un despacho tapizado de libros, días antes del último altercado a cuenta de la construcción de nuevas viviendas para israelíes en la parte árabe de la ciudad, anunciada durante la visita del vicepresidente de Estados Unidos, Joseph Biden.

Peres no ha perdido un ápice de su cordial vitalidad, pese a sus 89 años, ni de su curiosidad, y sólo su complicada agenda le impide prolongar la charla más allá del tiempo acordado, así como retomarla por la tarde como inicialmente propone. Sus ayudantes, respetuosos pero firmes, se lo impiden. Y efectivamente, resulta también inevitable evocar la dimensión histórica de Peres en la construcción de Israel y de Medio Oriente actual cuando, en un momento de la entrevista, reflexiona, bajando un tanto la voz: “Ben-Gurión siempre me decía...”

Clima de tensión

Bastan apenas unos días en Israel, le expongo antes que nada a Peres, para escuchar con claridad los tambores de la guerra. Se extiende por Medio Oriente la idea de que la guerra es un cataclismo poco menos que inevitable y que, por utilizar aquí las mismas palabras que he escuchado a un inteligente analista político israelí durante una cena la noche anterior, “en no mucho tiempo habrá guerra; lo que no se sabe todavía es contra quién, o contra cuántos”.

Los signos se están multiplicando. El Ejército reparte máscaras de gas, los ejercicios militares se aceleran; el banco central acumula reservas de divisas sin que nadie se atreva a asegurar con certeza si, efectivamente, el país se prepara para una guerra o se trata de una maniobra del primer ministro, Benjamin Netanyahu, para convencer al mundo de que detenga la carrera de los ayatolas so pena de que un ataque preventivo de sus Fuerzas Armadas acabe con el programa nuclear iraní y, con toda seguridad, desencadene un conflicto que puede arrastrar a todo Medio Oriente a una conflagración de consecuencias impredecibles.

La pesadilla de Israel se llama Mahmoud Ahmadinejad. El presidente iraní amenaza ritualmente con borrar Israel del mapa, lo que comprensiblemente evoca las peores memorias del Holocausto, y ha convertido Irán en el problema número uno del Estado judío, por encima de cualquier otra consideración o circunstancia.

Pocos creen en Israel que las sanciones que Estados Unidos pueda pactar en las Naciones Unidas sirvan a su objetivo final: impedir que el régimen iraní ingrese en el club de las potencias atómicas. Y menos aún confían en que Obama actúe por la fuerza si las sanciones acordadas (caso de que se acuerde algo razonablemente disuasorio) fallan. Consecuencia de todo ello es que la región entera se está desestabilizando a velocidad de vértigo y nuevas y peligrosas fracturas emergen con más rapidez de lo que resulta posible taponar.

— El diario en árabe “Al-Quds al-Arabi”, editado en Londres, sugirió que en el asesinato de Mughniyah colaboraron varios estados árabes.

Y en medio de la conversación con Peres, en respuesta a una pregunta sin relación con los dos asesinatos que he citado antes, el presidente ofrece una rara reflexión sobre la colaboración entre los servicios secretos de su país y los de sus vecinos, que ilustra cuán espesa es la red que se ha tejido en la región y por qué todo —Irán, la bomba atómica, Gaza, las conversaciones de paz, los palestinos de Fatah por un lado, los palestinos islamitas de Hamas por otro, Líbano— forma un magma que no puede más que abrasar todo lo que toca. Y por qué en esta zona del mundo, quizá con más intensidad que en otras, nada es lo que parece.

— Hoy, las relaciones secretas entre los distintos países son mucho más reveladoras que las diplomáticas. Tiene más sentido y resulta mucho más poderoso mantener relaciones entre las distintas organizaciones de Inteligencia, porque ya no se lucha contra ejércitos, sino con los servicios secretos. No se limita a un país. No se limita a una nación. Es una batalla de cerebros, más que de tropas. Y no se trata de ganar después del enfrentamiento, sino antes. Esto es: descubrir algo significa ganar. Si no lo descubres, has perdido.

No se lucha contra un Ejército, se lucha contra una organización. Ni siquiera contra una organización, se lucha contra un poder establecido en distintos lugares, sin organizar, con tecnologías modernas. Y si se fija usted en las relaciones formales en Jordania, Israel, Egipto y Palestina, es una cosa. Pero si profundiza, saben que su enemigo no es realmente... su enemigo es Hamas, y eso es otra cosa. Así que se tiene constantemente esta especie de relación encubierta por un lado, y luego las relaciones formales por otro.

El constante ascenso de Hamas desde su fundación en 1987, su influencia creciente (especialmente desde que se hiciera con el control de Gaza en 2007), los sucesivos ataques terroristas contra Israel, tanto suicidas como mediante misiles, y su lucha a muerte con los palestinos de Fatah no han hecho más que complicar aún más el ya de por sí enrevesado tablero de Medio Oriente. En cuanto a su relación con los ayatolas, Peres se muestra meridianamente claro: “Gaza está bajo el dominio de Irán. Es un organismo iraní. El dinero se lo dan ellos”.

El problema, finalmente, consiste en qué hacer con Irán. Peres sostiene que convertir Irán en un problema exclusivamente israelí, del que la comunidad internacional pueda desentenderse llegado el momento del enfrentamiento abierto, constituiría un error, y en ello coincide al milímetro con todas las opiniones que he podido recabar estos días en Israel, tanto de altos responsables del Gobierno como de la oposición, como si de repente la sociedad israelí al completo comprendiese que, en el momento supremo de la verdad, cuando llegue el cara a cara definitivo con Teherán, el mundo ha de sentirse comprometido con su destino.

Más aún si se considera que la comunidad internacional no podrá acordar las dos únicas sanciones que, según se cree en Jerusalén, podrían doblegar a Ahmadinejad: un embargo total sobre la venta a Irán de gasolinas y combustibles refinados (el país sólo puede refinar 40% del combustible que necesita), lo que produciría una parálisis total, y un embargo a la compra de crudo, lo que secaría sus fuentes de divisas.

— ¿Qué hacer con Irán?
—La política respecto a Irán debería consistir de tres partes. Para mí, la primera es la más importante: no las sanciones económicas, sino las sanciones morales.

Deberíamos llamar a Ahmadinejad por su nombre: es un dictador, tiene la ambición de crear un imperio, es astuto, tiene una organización terrorista, amenaza con destruir a Israel, cuelga a su propia gente. Sería incomprensible que no lo lográramos. ¡Casi se está convirtiendo en un héroe cultural! Si esto ocurre, saldrá triunfante. Se supone que he de ser un político pragmático, lo sé. Pero, siendo pragmático, considero que el llamamiento moral es el más poderoso, antes que todo lo demás.

El segundo punto, son las sanciones económicas. Y luego, medidas de defensa contra los misiles iraníes por todas partes, para que los países del Golfo Pérsico o los países árabes no sientan que la catástrofe se abalanza sobre ellos.

Estados Unidos ha empezado por introducir misiles antibalísticos en el Golfo Pérsico. Y creo que todo Irán debería estar rodeado por estos misiles. Hay que cambiar dos cosas: hay que frenar la producción de la bomba, pero también permitir al pueblo iraní, alentarles, a que cambien el Gobierno, como se hace con todas las dictaduras. Así que eso es lo que creo que se debería hacer.

— ¿Y si todo eso fracasa, se puede descartar un ataque preventivo de Israel?
— Mire, Israel no interviene ni actúa de forma unilateral. Creo que es algo que Israel no debería tratar de monopolizar. El problema es más amplio y más profundo. El problema implica a todo Medio Oriente. Israel desempeñará su papel.

— ¿Cree usted que el presidente Barack Obama está en situación de liderar una salida al problema?
— No tiene otra opción.

— ¿Perdón?

— Que no tiene otra opción. Él mismo anunció un plan A, un plan B. Y ahora tiene un problema con su propia credibilidad. Creo que él es consciente de ello. No le estoy criticando. Creo que pensaba que tenía que tomarse un poco de tiempo para animar a los rusos y a los chinos. Cree que ha tenido algo de éxito con los rusos, y son un ingrediente importante. Y no quiere fracasar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Así que creo que tardará algunas semanas si quiere formar una coalición.

Todo el mundo coincide en que los palestinos tienen que tener un Estado. Lo que antes era patrimonio de la izquierda resulta ahora una posición compartida por todo el espectro político, que parece haber comprendido finalmente que Israel necesita fronteras definidas con Palestina y que las necesita con creciente urgencia. Altos responsables del Gobierno y de las distintas oposiciones aseguran en privado que en pocos años la demografía dificultará o impedirá definitivamente una solución al conflicto.

El porcentaje de alumnos árabes o judíos ultraortodoxos aumenta sin cesar cada año en las escuelas israelíes, sin contar con el reto que podría suponer para el Estado judío si dentro de unos años los palestinos renunciasen a pedir un Estado propio y comenzasen a batallar por la igualdad de derechos, empezando por el voto, en los territorios ocupados.

Todas las fuerzas políticas (y Netanyahu también) son conscientes de que, para alcanzar un acuerdo, será necesario hacer importantes concesiones territoriales (retirada de muchos asentamientos), emocionales (revivir las escenas de colonos llorando, rezando y abrazándose a los soldados que se vieron en Gaza) e incluso, quizá lo más doloroso, histórico-bíblicas (Judea y Samaria perdidas para siempre), pero se muestran seguros de que la mayoría de la población (entre 65% y 70%) apoyaría esta solución a cambio, eso sí, de que no vuelvan los refugiados y de la desmilitarización de la futura Palestina.

El presidente israelí percibe ese cambio histórico y se da cuenta de las implicaciones que supone, tanto para el proceso de paz como para la dinámica política interna en Israel.

“Se ha de entender que una solución que prevea dos Estados es una revolución para Netanyahu. Para mí es natural, porque en ese debate histórico los revisionistas estaban a favor de la integridad de Israel. Hoy, sin embargo, el antiguo líder de ese campo, Netanyahu, asegura que la solución de dos estados para él, es la revolución. Para mí, es normal. Había una distinción clara: la izquierda apoyaba la idea de dos estados, y la derecha estaba en contra. Mire, (Ehud) Olmert, el anterior primer ministro, fue mucho más lejos que la izquierda de Israel, y era de la derecha. La líder de la oposición, Tzipi Livni, es de la derecha. El primer ministro ha accedido a una solución que prevea dos estados. Se han acabado las definiciones antiguas. Hay una nueva situación, y hay nuevos problemas y nuevas promesas”.

— ¿Y de parte de los palestinos?

— Lo que hizo Ben Gurión, no tenía precedente, fue construir un Estado sin fronteras. Y he hablado largo y tendido con los palestinos: “¡Hagan lo mismo! Construyan un Estado y luego hablaremos de las fronteras”. Ahora han empezado con Fayad. Está construyendo un Estado. Pero los palestinos dicen que no confían en que estemos dispuestos a dejarles que construyan un Estado. Tengo relación con los palestinos, hablo con ellos, y les dije: “Miren, lo que pasa es que juegan todo por los discursos y los artículos”. Si estuviéramos en contra de un Estado palestino, no estaríamos intentando construirlo. El hecho es que ahora estamos construyendo una fuerza defensiva. Estamos construyendo una economía. Estamos desmantelando puntos de control. Estamos alentando a la gente a invertir. Estamos construyendo sus instituciones, elaborando sus constituciones. Si estuviéramos en contra... ¿Sabe? Yo hablé largo y tendido con Arafat. Él me decía: “Si el mundo árabe nos apoyara como el mundo judío los apoya a ustedes, no tendríamos problemas”. Pero el apoyo era sólo verbal, sólo de palabra.

Sea cual sea el devenir que el futuro depare a esas negociaciones que a día de hoy nadie sabe con certeza si llegarán siquiera a ver la luz, a pocos se les escapa que existe un descomunal agujero negro en el centro del conflicto que amenaza con engullir con una fuerza devastadora todos los esfuerzos por lograr la paz por ambos lados, que debilita la posición negociadora de Mahmud Abbas o la anula incluso, que pone en riesgo su incipiente proyecto de Estado y que ha llevado a las cúpulas políticas de Israel y Egipto a coincidir en la singular conclusión de que ambos comparten fronteras con Irán: Gaza, o más específicamente, el control de Gaza por parte de Hamas.

Los ataques suicidas que aterrorizaron a la ciudadanía israelí, primero, y la utilización del territorio como base para lanzar miles de cohetes sobre ciudades, kibutzim, campos de cultivo y aparcamientos agotaron la paciencia de los sucesivos gobiernos israelíes y llevaron al Ejército a lanzar una operación en Gaza que durante tres semanas en el invierno de 2008-2009 causó centenares de muertos, mujeres y niños incluidos, destruyó escuelas, hospitales y numerosas instalaciones civiles.

Hubo informes sobre la utilización de fósforo blanco y de abusos y excesos por parte de la tropa israelí. La percepción en las opiniones públicas europeas fue mayoritariamente negativa hacia Israel, un clima que el informe del juez surafricano Richard Goldstone por encargo de Naciones Unidas no hizo más que consolidar, al acusar de crímenes de guerra a ambos lados, pero insistiendo en la mayor responsabilidad del bando israelí.

— ¿Se arrepiente de cómo se realizó la operación en Gaza?
— Ojalá no hubiéramos tenido que llevarla a cabo. No teníamos ningún otro objetivo que no fuera la defensa propia. No fuimos para volver a ocupar Gaza. No.

— ¿Piensa que se cometieron errores?

— La guerra es un error que produce errores. La guerra no es un baile en un hotel de Viena. Eso son tonterías. He dicho varias veces que lo siento. Pero quiero añadir una cosa más, que es muy importante. Nosotros investigamos nuestros propios errores, y lo hacemos con consecuencias. Para investigar no necesito a una tercera parte. Pienso que si tuviéramos que permitir la participación de Gaddafi y la de Ahmadinejad, ¿de qué estamos hablando? Porque Naciones Unidas no es un tribunal, es un Parlamento en el que Israel no tiene ni la más mínima posibilidad de obtener una resolución justa. Nunca la ha tenido.

— ¿Qué va a hacer Israel con Gaza en el futuro?

— Ése es su problema, no el nuestro. Nosotros sólo queremos una cosa: que no haya más misiles. Eso es todo. No estamos interesados en Gaza, ni en volver a ocuparla, ni en volver a administrarla. Y deberemos apoyar claramente la superioridad de Abu Mazen (Mahmud Abbas) en lo referente a Gaza. Es nuestro socio. Y que hagan lo que tengan que hacer.

— Los palestinos parecen confiar mucho en que Obama pueda presionar a Israel.
— Basándome en mi experiencia, en mi madurez: no espero que los palestinos sean anti-árabes. Y aconsejaría a los árabes que no esperen que los estadounidenses sean anti-israelíes. No deberían esperar algo así. No deberían. Así que tenemos que negociar. Los países árabes pueden realizar una gran contribución. Europa puede realizar una gran contribución. Pero las negociaciones se tienen que llevar a cabo entre las dos partes.

Jerusalén minimiza deterioro de relación con Washington


El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu minimizó el riesgo de un deterioro de las relaciones con Estados Unidos ante la crisis diplomática provocada por el anuncio de un proyecto de colonización en Jerusalén Este durante una visita del vicepresidente Joe Biden.

La prensa israelí manifestó su preocupación ante la “crisis abierta” con Estados Unidos.
Estados Unidos reaccionó enérgicamente al anuncio de un nuevo proyecto de  colonización, sentido como una verdadera “humillación” por el principal aliado  de Israel.

“Luego de leer los diarios, propongo que no nos dejemos arrastrar (por el pánico) y que nos tranquilicemos. Nosotros sabemos tratar este tipo de situación con sangre fría”, declaró el jefe de Gobierno a los periodistas al comenzar el consejo semanal de ministros en Jerusalén.

“Se trata de un error lamentable pero no intencional, que no debe producirse de nuevo. Designé una comisión de directores ministeriales a este respecto”.

No obstante, el cotidiano “Haaretz” (izquierda) estimaba que “la crisis esperada desde hace tiempo entre Israel y Estados Unidos, desde que Benjamin Netanyahu asumió sus funciones de Primer ministro”, en abril de 2009, había “estallado finalmente”.
El jefe del Gobierno “tendrá que elegir entre sus convicciones ideológicas así como su alianza con la derecha, por una parte, y la necesidad de conservar el apoyo de Estados Unidos, por la otra”.

Para el conjunto de la prensa israelí, este apoyo es tanto más indispensable cuanto que Israel cuenta con Washington para detener el programa nuclear iraní.

Según su entorno, Netanyahu quedó “sorprendido” por la enérgica reacción  estadounidense, y esperaba que bastarían las explicaciones que dio a Biden.

El 9 de marzo, durante la visita del vicepresidente estadounidense a Israel, el ministerio del Interior anunció que había autorizado un proyecto para la construcción de mil 600 viviendas en un barrio de colonización en Jerusalén Este anexada.

Este anuncio provocó la cólera de los palestinos y fue condenado por la  comunidad internacional.

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