Internacional

Son ya 10 años de frustrado proceso de paz con las FARC

Ayer, el Ejército de Liberación Nacional propuso al Gobierno de Bogotá una tregua bilateral

BOGOTÁ, COLOMBIA (20/FEB/2012).- En momentos en que Colombia registra una escalda terrorista que afecta principalmente a civiles, hoy se cumplen 10 años del término de un fracasado proceso de paz entre el entonces presidente colombiano, Andrés Pastrana, y la guerrilla de las FARC.

El 20 de febrero de 2002 finalizaron tres años en los que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), al mando de su histórico jefe, “Manuel Marulanda Vélez” o “Tirofijo”, alias de Pedro Antonio Marín, estuvieron a la vista del mundo, que seguía expectante el proceso que comenzó en 1999 y finalizó abruptamente.

El ahora ex presidente Pastrana (1998-2002) considera que el fracaso del proceso de paz entre su gobierno y las FARC fue la mayor derrota de esa guerrilla, que comenzó a ser considerada como un grupo terrorista.

En diferentes foros y declaraciones públicas, Pastrana ha sostenido que las FARC “no estaban preparadas para la paz”, en esa, la tentativa más larga de Colombia para buscar la paz.

Pastrana, que había derrotado en la contienda electoral al candidato del partido Liberal, Horacio Serpa, rompió unilateralmente el 20 de febrero de 2002 el proceso de paz que había comenzado en enero de 1999 con las FARC.

Entre agosto y noviembre de 1999 las críticas contra el endeble proceso de paz arreciaron. Una de ellas fue la expresada por el entonces zar antidrogas de Estados Unidos, Barry McCafrey, en la que señaló que en la zona de distensión había una increíble impunidad.

En los meses y años siguientes las FARC perpetraron un buen número de secuestros, entre ellos a reconocidos políticos, al igual que de miembros de la Policía y el Ejército.

Por otro lado,  el rebelde Ejército de Liberación Nacional (ELN) propuso al Gobierno del presidente colombiano Juan Manuel Santos una tregua bilateral, en el marco de una mesa de negociación para buscar una salida política al conflicto.


ANÁLISIS

¿Quién vive?


Orestes E. Díaz Rodríguez (maestro de la Universidad de Guadalajara).


Colombia es uno de los mayores retos para el periodismo con intención de ser veraz. Nada y nadie son lo que aparentan. De todas las guerras que se libran allí,  contra el narcotráfico,  las bandas criminales, las fuerzas irregulares y las fechorías del gobierno anterior, la más colosal de todas es  por el dominio permanente de la opinión pública.

Su escenario principal es la interpretación de los nuevos hechos de violencia. Por su capacidad de reacción y recursos la guerra mediática la va ganando el Estado, pero no del modo que pretende. No ha podido evitar golpes que menoscaban su credibilidad a un nivel casi semejante al que planea para sus contendientes y en especial  para la guerrilla. Los escándalos por las escuchas a congresistas y jueces, los homicidios a jóvenes inocentes para hacerlos pasar como guerrilleros abatidos en combate, el montaje de una supuesta desmovilización de una columna insurgente y la conversión en fugitivos de funcionarios de primer nivel del gobierno de Álvaro Uribe desnudan su verdadero rostro.

Se entiende entonces que un  conocido experto en seguridad de origen colombiano, que trabaja el tema de la mediación en conflictos, señale como premisa clave para dar inicio a un proceso interno serio de distención, que el Estado se disculpe, y lo hace sin siquiera tomar en cuenta ¡el último catálogo de excesos! Se comprende mejor también a la ex rehén de las FARC Ingrid Betancourt, recientemente declarando que la única persona que verdaderamente trabaja por la paz en Colombia es la ex senadora Piedad Córdoba.

Quienes se han apresurado en adjudicar la autoría de los atentados a la guerrilla son los portavoces del Gobierno. Pero la concatenación de los hechos, aún sin concluir, puede apuntar en otra dirección. Días antes de los sucesos la radio emisora Caracol informó que las FARC había desarrollado 132 ataques en tres semanas con los siguientes características, contra uniformados, torres eléctricas, oleoductos e instalaciones estratégicas. ¿Por qué de repente cambiarían el modus operandi tomando por blanco la población civil? ¿esa orientación no hunde aún más a la organización ante la opinión pública? ¿qué beneficio rinde anunciar la liberación unilateral de rehenes como gesto de paz mientras se planifica la muerte de civiles? ¿para qué levantar precisamente ahora una cortina de humo frente al procedimiento judicial que se sigue contra altos funcionarios que defraudaron la confianza de la sociedad?

Para una organización que ha sobrevivido 40 años en las condiciones más complicadas la autoría de los atentados estaría indicando una conducta demasiado torpe. Más plausible es pensar que aprovechando su lentitud de reacción se le está endosando a priori la responsabilidad en hechos muy sensibles y de paso sustrayéndole la iniciativa que temporalmente ganaron con la promesa de nuevas liberaciones. En la guerra mediática colombiana primero se dispara y luego, si acaso, se pregunta ¿quién vive?

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