Jalisco

¿Alcalde resuelto?

Tres años son muy poco tiempo para enderezar el efecto acumulado de muchas décadas

Tres años son muy poco tiempo para enderezar el efecto acumulado de muchas décadas. Resulta que, en su trienio, un Ayuntamiento apenas tiene tiempo para instalarse y, más o menos, aprender de qué se trata el oficio cuando ya aparecen las presiones por tener listas las opciones de vida futura.

Para los funcionarios públicos que llegan y se van de manera fugaz, asentar cabeza y actuar con ecuanimidad son lujos poco asequibles.

Quizás el caso más inmediato e ilustrativo de esto es el proyecto de las nonatas villas panamericanas que buscaban erguirse en los alrededores del Parque Morelos. El propósito principal era aprovechar la necesidad de dar alojamiento a los miles de atletas y demás participantes de los Juegos Panamericanos programados a ser distinguidos huéspedes de nuestra ciudad el próximo año.

Luego, después de la fiesta final, las instalaciones pasarían al acervo de vivienda y equipamiento urbano que detonarían una nueva era económica y social para el deprimido barrio del Centro Histórico.

Suena bien, en teoría simple. Pues... no exactamente. Los apresurados proyectos, de gran escala, complejidad, sedientos de las inversiones extraordinarias y demandantes de la concertación entre actores sociales (por cuyos intereses las partes a veces simplemente no quieren entenderse) no son tan fáciles como los debutantes munícipes quisieran creer.

Un proyecto mal planeado, por más virtuoso que se le quiera considerar, está condenado siempre a sufrir sus vicios de origen y concepción, incluyendo el riesgo de nunca nacer, despilfarrándose así el tiempo, dinero y esfuerzo de muchos en el intento.

“Nueve madres no pueden hacer que un niño nazca en un mes”, seguido replicaban los presionados encargados de producir la bomba atómica durante los pavorosos días que sufrían las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial.

Los grandes proyectos urbanos adquieren su propio ritmo y temperamento. Y nuestra metrópoli todavía no cuenta con las adecuadas instituciones para adentrarse en ellos, asegurándose confiadamente, desde su inicio, una luz del éxito al final del túnel.

Nuestro problema no son los grandes sueños. Al contrario, son demasiado escasos y vanidosos. Carecemos de la tenacidad y templanza institucional necesarias para saberlos realizar bien o siquiera discutir y construirlos conjuntamente. El Macrobús ha sido un ejemplo de ello. En el éxito de sus impositivas marchas forzadas vino su frustración futura.

Como en el teatro del absurdo, la trama se repite una y otra vez. La espantosa situación de Alcalde–16 de Septiembre que satura al Centro Histórico de contaminación y embotellamiento, es ahora el tema a resolver. Nadie se atrevería a desconocer la necesidad de acabar con el caos de ese corredor que también nació condenado desde su primer día. Como si la ciudad se estuviera cobrando los destrozos que se le cometieron al ensancharla, para darle cabida indiscriminadamente a cuanto vehículo quisiera pasar, hasta por lo que naturalmente sería el sacro atrio de la mismísima Catedral de la ciudad.

Ni todos los macrobuses, ni todos los túneles serían suficientes para resolver el gran problema que tiene la ciudad. Ocupamos, diríamos coloquialmente, una nueva manera de acercarnos a la solución de nuestros problemas urbanos. Empezar por resolver así el corredor Alcalde sería un buen comienzo.

Hay vastos ejemplos internacionales de otras ciudades que han sabido resolver este tipo de situación. Aunque no se trataría de copiarlas tal cual, debido a las peculiaridades de nuestra idiosincrasia. Sin embargo, seguir con la misma tónica de siempre sería echarle más caos al caos mismo.

nar@megared.net.mx

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