Jalisco

En Tres Patadas

Los hábitos alimenticios se adquieren en la casa y en la escuela

La obesidad es hoy por hoy, la enfermedad más grave de México. La mitad de nuestros jóvenes son obesos y candidatos clavados a sufrir diabetes y enfermedades cardiovasculares. Durante muchos años creíamos que la muerte era como una especie de ruleta rusa en la que nadie sabía a quién le tocaba qué y por qué. Hoy en día, aunque la posibilidad de muerte accidental sigue siendo alta, sabemos que una buena parte de las causas de muerte son genéticas y otro buen número son autoprovocadas: uno se muere de cómo vive, o dicho de otra manera, la vida es una construcción cotidiana de la propia muerte. Eso sí, vivir mata, y todos nos vamos a morir, aunque unos se van a morir muy sanos y otros non tanto.

La obesidad en México es un fenómeno relativamente nuevo. Durante muchos años pensamos que la obesidad era sinónimo de riqueza y la desnutrición era una consecuencia directa de la pobreza. Y sí, la pobreza es una condición de desnutrición, pero no la única. Hoy sabemos que se puede ser clase media e incluso rico y desnutrido.
Peor aún, se puede ser obeso y desnutrido. El cambio de hábitos alimenticios de los últimos 20 años ha hecho que dejemos de lado la tortilla, el chile y los frijoles, para cambiarlos por refresco, botanas y sopas instantáneas (la cerveza por lo menos es nutritiva).

Esta generación educada por la televisión cree firmemente que la caja de cereal es el equivalente de las croquetas de perros, pero para humanos, que una sopa instantánea es más nutritiva que un lonche y que una barrita de cereal es la neta en nutrición porque contiene “vitaminas y hierro”.

Los hábitos alimenticios se adquieren en la casa y en la escuela. Educar a los padres es realmente complicado, pero hay que hacerlo. Pero en las escuelas no hay ninguna excusa para sacar de ahí, ya, la comida chatarra.

¿Con qué argumento? Con el mismo que impedimos el consumo de tabaco o alcohol: la salud de los niños. La comida chatarra está matando a nuestros jóvenes y les seguimos vendiendo refrescos y botanas con la mayor inconciencia e impunidad. A estos productos hay que tratarlos, con la pena, igual que a las cigarreras: hay que poner en sus empaques advertencias “el abuso en el consumo de este producto es nocivo para la salud” y cobrarles impuestos de salubridad. ¿O es que hay alguna diferencia entre producir cáncer y producir diabetes?

Por Diego Petersen Farah

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