Jalisco
Entre ilustre y lustroso
En tres patadas por Diego Petersen Farah
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Lo único que se me ocurre a estas alturas del partido, es que los políticos y los ciudadanos ya no hablamos el mismo idioma y que entendemos cosas totalmente distintas por las mismas palabras. Un jalisciense ilustre, según lo entendía yo, y creo que muchas otras personas también, era aquel que tenía brillo propio, y que su trabajo era reconocido por propios y extraños, dentro y fuera de Jalisco. Un jalisciense ilustre es aquel al que el resto de los mortales de estas tierra le estamos agradecidos porque su inteligencia y su presencia en el campo en el que se desarrolló hizo que el nombre de Jalisco se mencionara de manera positiva. En fin, alguien que siendo igual de jalisciese como todos los demás hijos de esta tierra, es menos igual que el resto. Siendo todos del mismo barro, esos son indiscutiblemente los jarros.
En los últimos años, los políticos han convertido a la Rotonda de los Hombres Ilustres en el panteón de los cuates y los favores mutuos: “Tu pones a los tuyos y yo a los míos”. La llegada de los líderes obreros Heliodoro Hernández Loza y Francisco Silva Romero, terminaron por descuadrar un círculo ya bastante controversial. Y no porque todos los anteriores hayan sido indiscutibles, siempre habrá filias y fobias, y aspectos negativos de algunos personajes, sino porque bajó durísimo el nivel de exigencia de “la ilustridad” necesaria: líderes obreros como esos dos, con sus indiscutibles virtudes y su carretonada de defectos ha habido, y hay, muchos.
Convirtieron a la Rotonda en la Glorieta del Charro (Tagle dixit) y como en todo sindicato que se precie, una plaza ahí tiene arreglo y precio.
El nuevo inquilino de la glorieta, Rafael Preciado Hernández, es un ilustre desconocido. No es lo mismo ser un jalisciese ilustre, y además panista, que ser un panista ilustre nacido en Jalisco. Rafael Preciado no significa nada para la inmensa mayoría de los jaliscienses; no nos aportó alguna idea, alguna obra, alguna solución a los habitantes de esta tierra. Su obra sólo tiene sentido para los militantes de un partido político, ahora en el poder, pero para el resto de los nacidos en esta tierra y menos aún para el resto de la humanidad, su vida y su obra nos es absolutamente intrascendente.
Lo único que tienen de ilustre los últimos tres inquilinos de la Rotonda es el color de la estatuas, que son de un dorado horroroso. Digamos que a falta de ser ilustre les aumentaron lo lustroso.
Lo único que se me ocurre a estas alturas del partido, es que los políticos y los ciudadanos ya no hablamos el mismo idioma y que entendemos cosas totalmente distintas por las mismas palabras. Un jalisciense ilustre, según lo entendía yo, y creo que muchas otras personas también, era aquel que tenía brillo propio, y que su trabajo era reconocido por propios y extraños, dentro y fuera de Jalisco. Un jalisciense ilustre es aquel al que el resto de los mortales de estas tierra le estamos agradecidos porque su inteligencia y su presencia en el campo en el que se desarrolló hizo que el nombre de Jalisco se mencionara de manera positiva. En fin, alguien que siendo igual de jalisciese como todos los demás hijos de esta tierra, es menos igual que el resto. Siendo todos del mismo barro, esos son indiscutiblemente los jarros.
En los últimos años, los políticos han convertido a la Rotonda de los Hombres Ilustres en el panteón de los cuates y los favores mutuos: “Tu pones a los tuyos y yo a los míos”. La llegada de los líderes obreros Heliodoro Hernández Loza y Francisco Silva Romero, terminaron por descuadrar un círculo ya bastante controversial. Y no porque todos los anteriores hayan sido indiscutibles, siempre habrá filias y fobias, y aspectos negativos de algunos personajes, sino porque bajó durísimo el nivel de exigencia de “la ilustridad” necesaria: líderes obreros como esos dos, con sus indiscutibles virtudes y su carretonada de defectos ha habido, y hay, muchos.
Convirtieron a la Rotonda en la Glorieta del Charro (Tagle dixit) y como en todo sindicato que se precie, una plaza ahí tiene arreglo y precio.
El nuevo inquilino de la glorieta, Rafael Preciado Hernández, es un ilustre desconocido. No es lo mismo ser un jalisciese ilustre, y además panista, que ser un panista ilustre nacido en Jalisco. Rafael Preciado no significa nada para la inmensa mayoría de los jaliscienses; no nos aportó alguna idea, alguna obra, alguna solución a los habitantes de esta tierra. Su obra sólo tiene sentido para los militantes de un partido político, ahora en el poder, pero para el resto de los nacidos en esta tierra y menos aún para el resto de la humanidad, su vida y su obra nos es absolutamente intrascendente.
Lo único que tienen de ilustre los últimos tres inquilinos de la Rotonda es el color de la estatuas, que son de un dorado horroroso. Digamos que a falta de ser ilustre les aumentaron lo lustroso.