Jalisco
La soledad del vigía desde la torre de control
Cada dos semanas, Don Juanito espera paciente, desde lo alto de un cerro, para advertir sobre llamaradas e incendios
GUADALAJARA, JALISCO.- El trabajo de Don Juanito es detectar cuando el Bosque La Primavera arde en llamas. Su apellido, Robles, es mera coincidencia, porque nunca imaginó que dedicaría 26 años de su vida solo, trepado en una torre de control —a dos mil 236 metros de altura— vigilando y notificando humaredas.
Su destino andaba por la industria farmacéutica y como ayudante en una estación de radio. Pero fue tanta la insistencia de sus clientes brigadistas —“Ándale, que te vengas a combatir incendios”— que se animó a cambiar su historia, ya casi llegando a los 50 años de edad. No tardó ni 15 días y le ofrecieron irse a la caseta de vigilancia de Tequila, porque nadie quería ese trabajo: le temían más a la soledad que al fuego.
Con el tiempo lo cambiaron a la Torre Planillas, de la Comisión Nacional Forestal (Conafor), a la cual se llega por San Agustín.
El camino está escoltado por robles y pinos decrépitos, fulminados por incendios antiguos. Es martes a medio día y Don Juan está por irse, porque ha cumplido con su jornada de dos semanas continuas. A partir de ese momento, tiene otras dos libres.
Para la entrevista, el vigía de 71 años entra a la caseta, se instala en su silla de trabajo, con un radio negro y una lista de “claves” a un lado, pegadas a la pared. La estufa está detrás y una televisión pequeña a su derecha. Acaba de guardar su libro Si el águila hablara, de Miguel Alemán Velasco.
“Acepté irme a la torre y a la hora de estar ahí pensaba ‘ya me alquilé, ahora me aguanto’. Al principio sí era pesado, sobre todo la primera semana. No avanzaba el tiempo, salía el sol y no se metía”, relata Don Juanito.
Pero el tiempo lo tranquilizó y le agarró cariño al trabajo de estar atento al humo del fuego. “El chiste es no tristear”, leer, escuchar música —desde corridos hasta música romántica, “quedito”, nada más de compañía—, dar paseos por el bosque, salirse a la torre a buscar incendios —hasta donde la vista lo deja ver— y reportarlos a Central 14 de Conafor, donde concentran toda la información de siniestros.
Además, conoce todos los nombres de los cerros de los alrededores, porque de chico su abuelo se encargaba de los incendios en La Venta. “Nos subíamos a la hacienda en la que trabajaba y veíamos los castillos, los pinos encendidos”.
La verdad es que no cualquiera soporta 14 días sin compañía, atento a las miles de frecuencias que desfilan día y noche por la radio. ¿Por qué?, se le cuestiona y responde con la mano, abriendo y cerrando los dedos, o sea, por miedo. Relata que algunos compañeros por la desesperación, descomponían “esas radios repetidoras grandotas” (de aproximadamente 50 centímetros de altura, arrumbada entre el sillón y un refrigerador), para ver si “los bajaban” del cerro.
Otra ventaja a favor del vigía más experimentado de Jalisco es que ya tenía experiencia con el micrófono y hablar por la radio era cosa fácil. Con un locutor de apellido Esparza, que transmitía canciones antiguas, Don Juanito Robles dedicaba las canciones, “para la señorita fulana, de parte de sutano de tal”.
Frecuencias, eterna compañía
A media plática la radio comienza a hacer ruidos. Don Juanito contesta: “16”, “17”. Afortunadamente la lista de claves está a un lado y revela los significados de los números: “Enterado” y “pendiente”.
Continúa la conversación y confiesa que esta torre de control le costó desconfianzas de su mujer. No creía que cuando subía el cerro estaba solo, completamente solo, por 14 días. Y luego comenzó a acompañarlo y los hijos los visitaban los domingos.
Su mujer fue la primera en detectar que por las noches, las frecuencias no le interrumpían el sueño. Pero si entre las palabras aparecía “Planillas”, Don Juanito abría los ojos de inmediato, asomaba la mano por un hoyo que hizo en la pared de su cuarto hacia el sitio de operación, y tomaba la radio para contestar.
Entre todas las comunicaciones de distintas dependencias, le tocó en varias ocasiones escuchar pláticas de “muchachitas”, a las que les echaban flores a veces “pasaditas”.
Todos los incendios pasan por la Torre Planillas y San Miguel, y hay años que acumulan hasta 600 siniestros en el Bosque La Primavera.
Aunque hay muchos periodos de ocio, el sol ya comenzó a activar el fuego, y “a veces no da tiempo para nada, tienen que hacer fila todos los bomberos, y los atiendo de uno por uno”.
Don Juanito se regresa con algunos brigadistas compañeros de Conafor. “El Manchas”, quien confiesa que prefiere combatir el fuego a irse de vigía. En la parte trasera de la camioneta va “El Güero”, quien en 2009 estuvo a segundos de morir en las llamas. Dicen que de repente lo vieron acurrucado, con sus brazos apretando sus piernas, esperando el fuego. Las noches siguientes fueron de pesadillas, al menos para “El Manchas”.
Textos: Alejandra Guillén
Su destino andaba por la industria farmacéutica y como ayudante en una estación de radio. Pero fue tanta la insistencia de sus clientes brigadistas —“Ándale, que te vengas a combatir incendios”— que se animó a cambiar su historia, ya casi llegando a los 50 años de edad. No tardó ni 15 días y le ofrecieron irse a la caseta de vigilancia de Tequila, porque nadie quería ese trabajo: le temían más a la soledad que al fuego.
Con el tiempo lo cambiaron a la Torre Planillas, de la Comisión Nacional Forestal (Conafor), a la cual se llega por San Agustín.
El camino está escoltado por robles y pinos decrépitos, fulminados por incendios antiguos. Es martes a medio día y Don Juan está por irse, porque ha cumplido con su jornada de dos semanas continuas. A partir de ese momento, tiene otras dos libres.
Para la entrevista, el vigía de 71 años entra a la caseta, se instala en su silla de trabajo, con un radio negro y una lista de “claves” a un lado, pegadas a la pared. La estufa está detrás y una televisión pequeña a su derecha. Acaba de guardar su libro Si el águila hablara, de Miguel Alemán Velasco.
“Acepté irme a la torre y a la hora de estar ahí pensaba ‘ya me alquilé, ahora me aguanto’. Al principio sí era pesado, sobre todo la primera semana. No avanzaba el tiempo, salía el sol y no se metía”, relata Don Juanito.
Pero el tiempo lo tranquilizó y le agarró cariño al trabajo de estar atento al humo del fuego. “El chiste es no tristear”, leer, escuchar música —desde corridos hasta música romántica, “quedito”, nada más de compañía—, dar paseos por el bosque, salirse a la torre a buscar incendios —hasta donde la vista lo deja ver— y reportarlos a Central 14 de Conafor, donde concentran toda la información de siniestros.
Además, conoce todos los nombres de los cerros de los alrededores, porque de chico su abuelo se encargaba de los incendios en La Venta. “Nos subíamos a la hacienda en la que trabajaba y veíamos los castillos, los pinos encendidos”.
La verdad es que no cualquiera soporta 14 días sin compañía, atento a las miles de frecuencias que desfilan día y noche por la radio. ¿Por qué?, se le cuestiona y responde con la mano, abriendo y cerrando los dedos, o sea, por miedo. Relata que algunos compañeros por la desesperación, descomponían “esas radios repetidoras grandotas” (de aproximadamente 50 centímetros de altura, arrumbada entre el sillón y un refrigerador), para ver si “los bajaban” del cerro.
Otra ventaja a favor del vigía más experimentado de Jalisco es que ya tenía experiencia con el micrófono y hablar por la radio era cosa fácil. Con un locutor de apellido Esparza, que transmitía canciones antiguas, Don Juanito Robles dedicaba las canciones, “para la señorita fulana, de parte de sutano de tal”.
Frecuencias, eterna compañía
A media plática la radio comienza a hacer ruidos. Don Juanito contesta: “16”, “17”. Afortunadamente la lista de claves está a un lado y revela los significados de los números: “Enterado” y “pendiente”.
Continúa la conversación y confiesa que esta torre de control le costó desconfianzas de su mujer. No creía que cuando subía el cerro estaba solo, completamente solo, por 14 días. Y luego comenzó a acompañarlo y los hijos los visitaban los domingos.
Su mujer fue la primera en detectar que por las noches, las frecuencias no le interrumpían el sueño. Pero si entre las palabras aparecía “Planillas”, Don Juanito abría los ojos de inmediato, asomaba la mano por un hoyo que hizo en la pared de su cuarto hacia el sitio de operación, y tomaba la radio para contestar.
Entre todas las comunicaciones de distintas dependencias, le tocó en varias ocasiones escuchar pláticas de “muchachitas”, a las que les echaban flores a veces “pasaditas”.
Todos los incendios pasan por la Torre Planillas y San Miguel, y hay años que acumulan hasta 600 siniestros en el Bosque La Primavera.
Aunque hay muchos periodos de ocio, el sol ya comenzó a activar el fuego, y “a veces no da tiempo para nada, tienen que hacer fila todos los bomberos, y los atiendo de uno por uno”.
Don Juanito se regresa con algunos brigadistas compañeros de Conafor. “El Manchas”, quien confiesa que prefiere combatir el fuego a irse de vigía. En la parte trasera de la camioneta va “El Güero”, quien en 2009 estuvo a segundos de morir en las llamas. Dicen que de repente lo vieron acurrucado, con sus brazos apretando sus piernas, esperando el fuego. Las noches siguientes fueron de pesadillas, al menos para “El Manchas”.
Textos: Alejandra Guillén