Ayer... y hoy

“El que hambre tiene... en tortillas piensa”


Sentado frente al amor de la lumbre de la chimenea de mi cabaña en Tapalpa, donde la estancia transcurre con la mayor placidez, rememorando los recuerdos de tiempos idos, de tiempos viejos, escribo este artículo, y de ese platicar conmigo mismo y esa charla de mí conmigo, me conduce a algo que ya se fue y que no volverá: las tortillerías y las torteadoras, esas abnegadas mujeres que a mano, con masa de nixtamal, metate, un comal y a golpe de mano elaboran uno de los grandes placeres del comer del mexicano, la tortilla recién torteada a mano que durante cientos o quizás miles de años fue tradición hacer para calmar el hambre de todas las familias mexicanas.
De las tortillerías actuales aquí me resisto a hablar, pues son negocios que con máquinas, polvo y agua fabrican el remedo de lo que todavía hace 20 años llamábamos tortillas; a esa seudo tortilla hecha con máquina le falta la humedad que se obtiene con el testal, con el machígüis y el nixtamal que se molía, ya que no existía en ese tiempo el polvo que llaman nixtamal izado que hace que por su resequedad, parezca el producto que se obtiene un simple cartón incomible.
Al hacer un recorrido por los tiempos de ayer, recuerdo que en los barrios de la ciudad, como cosa obligada e indispensable existían tortillerías, algunas con nombres curiosos y mucho ingenio, como “Aquí se inflan”, o la rival de enfrente que decía: “”Delante de mí no se inflan”, o “El aplauso”, lo que motivaba las burlas y guasas de las chismosas del barrio que aprovechando las colas que se formaban para adquirirlas hablaban de las prójimas ausentes, de la dio su brazo a torcer y salió con domingo 7 y ya estaba con “el pan de Jacona”, con la ganancia en medio.
El agradable aroma que incita siempre a comer y que es estímulo para el hambre del mexicano, el olor de la tortilla hecha a mano se extendía por toda la cuadra donde existían esos negocios, pero esa dulce y sabrosa fragancia que se percibía, poco a poco fue desapareciendo y es interesante hacer notar que al ir a comprar las tortillas servía para conocer el sentir del verdadero pueblo, pues las tortilleras, casi todas de extracción humilde, al no tener ocupada la lengua le daban duro al chimole y al argüende, ahí se enteraban los clientes cuáles eran las canciones de amor o de desprecio, cuáles eran “cuamileras” o de tristeza y las que estaban en boga, como Sacrificio azul, Sortilegio de mujer, Ventanita morada, El Pajarillo barranqueño, Ladrillo o Portero.
La ausencia de las tortillerías y torteadoras a mano ya llegó a los pueblos, tampoco en ellos existen, ya son desconocidas y lo peor es que las mujeres ya no quieren tortear a mano, ni en sus casas, y prefieren comprarlas.

ADOLFO MARTÍNEZ LÓPEZ / Escritor.

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