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De viajes y aventuas

En Los Altos de Jalisco, cada camino tiene una sorpresa

Para ser sinceros, lo que hacía tiempo andábamos buscando, era un lugar llamado La Violeta, donde los regionales nos aseguraban que cocinaban maravillosamente el pescado que era cultivado ahí mismo en los estanques naturales del lugar.

¿Qué sería? Ni la menor idea teníamos.

¿Dónde estaría? Tendríamos que guiarnos casi a tientas con las indicaciones que nos habían dado nuestros amigos del Tequila Siete Leguas, a quienes conocimos en el excelente Restaurant de Charly (con su especialidad en pato asado y salchichones suizos hechos en casa) que también está allá muy perdido por el rumbo de Atotonilco, del que ya alguna vez les platiqué.

El santo y seña que nos dieron, por vago que estuviera, al tener que remontarnos de nuevo por Los Altos de Jalisco, decidimos hacer un recorrido que comenzara un poco más al Norte, para que estuviera más rete lleno de re lleno (como decía el comercial aquél).

Así, decidimos subir hasta Arandas, donde nos sorprendió su monumental “catedral” tan elegante, con su enorme campana sorda ahí por un ladito; sus dulces regionales y sus exquisitos tequilas de cuantas marcas y calidades puedan imaginar.

Pero bueno; habiendo sobreseído las concupiscencias que ahí nos asediaban a eso del mediodía, seguimos nuestros andares hacia el famoso Shangai-La del que nos habían platicado.

Regresamos unos cuantos kilómetros hasta el crucero de la carretera que va hacia Atotonilco y seguimos por ella hacia el Sur. Extensos campos dorados de maíz ya cosechado exhibían, casi con orgullo, los enormes rollos del rastrojo que se utilizaría para pastura del ganado.

Los agaves azules con sus erizadas espinas, en  formaciones casi militares entre tierra colorada, parecían estar amenazando, celosos, al mismo cielo casi sin nubes que pretendía lucir igual color. Uno que otro frondoso arbolón, que por azares del destino había quedado a medio potrero, manchaba de verde el panorama. La carretera seguía monótona, ignorando insensible y con prisa eterna, los atributos que le rodean.

-¡Aquí es a la derecha!- gritó Don Tomás, que era el que traía el mapa con las instrucciones.

-¡Este es el camino a San Francisco! ¡Pérate; dale pa` la derecha!- dijo imperativo.

En eso estábamos, cuando en la pura esquina de las carreteras, comenzamos a ver a mano derecha unas viejas construcciones, que aunque añosas, habían sido discretamente acicaladas y sin pretensión alguna. Se veía que el buen gusto y los cuidados viejos estaban presentes en cada rincón.

Ni tardos ni perezosos, curiosos detuvimos la marcha; reversa; narices en las ventanillas; observamos; adelante; nadie; pitamos; nadie; un gran patio; trocas dormidas, implementos agrícolas; nadie; bonitas construcciones antiguas bien tratadas y respetadas; tres gallinas picotean el piso; nadie; vuelta alrededor azorados; una puerta; más pitidos; una mano saluda desde una ventana opaca.

-¡Hola!- Gritamos.
-Hola- Contestó un señor muy bien presentado, mientras inquisitivo cruzaba el portón.
-Pasábamos por aquí y vimos todo esto muy bonito y bien cuidado y quisimos conocerlo- le dijo Tomás con la parsimonia y buena onda que lo caracteriza -Esperamos no molestar a nadie- agregó nuestro compañero.
-¡Qué esperanzas!- ¡Son más que bienvenidos!- devolvió el saludo Carlos Guarro, dueño de la hacienda, después de platicarle quienes éramos nosotros y cual era el fin de nuestra visita.
-No, pos vamos rumbo a La Violeta ¡Pero como vimos esto tan bonito…!  -aseguró el navegante de la expedición
-Pasen, pasen- Insistió.
Salió su esposa, salieron sus hijos, salió la familia que vive ahí cuidando el rancho, salieron los tequilas, salió la plática, salieron las historias viejas y salimos… ¡parientes todos!

Tal fue la hospitalidad que nos brindaron las bellísimas gentes que tienen a su cargo aquella vieja hacienda llamada Lagunillas, en el cruce de las carreteras que van, una para Atotonilco y la otra para San Francisco de Asís.

Lagunillas es un rancho viejo bien cuidado y conservado, tan moderno como el más actual en la región. Una agradable sorpresa a la vuelta de la esquina en una discreta carretera de Los Altos de Jalisco.

El próximo domingo les platico de La Violeta, porque ya se me acabó el cachito que me dan para escribir.

deviajesyaventuras@prodigy.net.mx

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