Suplementos
El Santuario de Atotonilco
Manantiales y agua caliente enmarcan un bello sendero religioso
GUADALAJARA, JALISCO (13/JUL/2014).- Al suroeste del cerro de Rancho Viejo, cerca al río Lajas, sobre suaves lomas, en un paraje un tanto árido, se localiza el peculiar Santuario de Atotonilco, “lugar de agua caliente”, contaba con 27 manantiales. A finales del siglo XVI, se edificó un presidio, por considerarse un punto estratégico del sendero que enlazaba a la ciudad de México con Zacatecas, sendero que hacían inseguro los temibles chichimecas.
Una fresca mañana, Nicolás y yo partimos rumbo a San Miguel Allende, pasando Los Galvanes, nos detuvimos a conocer el Santuario. El sacerdote jesuita Luis Felipe Neri de Alfaro, cierto día, venía de Dolores Hidalgo con dirección a San Miguel el Grande y, paró en la estancia de Atotonilco a descansar en la sombra de un mezquite y soñó a Jesús con la cruz al hombro, solicitándole un santuario, despertó entusiasmado con la petición y para pronto le compró la estancia a Ignacio García. El padre Alfaro acudía a celebrar misa a la estancia desde 1735. Posteriormente empezó a realizar planos para el deseado santuario, se dice que al analizar el terreno para orientar el recinto, observó tres iris en tres puntos cardinales, excepto el poniente, punto que decidió embellecerlo con la fachada del naciente santuario, iniciando la obra el lunes 3 de mayo de 1740, ocho años después se congregó el Santuario, colocando a Jesús Nazareno en el altar.
El plano del templo obedeció a una nave de siete tramos, y un campanario, en la cúpula de cada tramo se expresó posteriormente un mural. Al padre se le ocurrió adosar una capilla al Santuario. La capilla fue consagrada a la Virgen de la Soledad, espacio oscuro, con la Virgen llorando por su triste soledad, San Pedro también llora de arrepentimiento. Al padre le encantó la capilla y optó por levantar otra, anexa y de diferente planta, la dedicó a la Virgen de Loreto (1754), con la Virgen, una salutación angélica a María, un poema del padre y camarín al fondo. En 1759, el bautisterio cobijó la capilla de Belén, con suntuoso altar. Para 1766, se abrió la ofrecida a la Virgen del Rosario, hay un autorretrato de Miguel Antonio Martínez de Pocasangre, quien plasmó con destreza bastantes pinturas del Santuario, cuenta con camarín, cubierto por una media cúpula enconchada. La sacristía fue consagrada a la Purísima y luego se le dio un espacio al Santísimo. En 1785 se contó con una nueva sacristía, donde cuelgan pinturas alusivas al padre Alfaro, también hay un cuadro de San Antonio, creado por Juan Correa. Por último edificó la capilla del Santo Sepulcro (1760-1763), con grandes oleos, de la muerte y resurrección, el techo con corte trapezoidal, animado por cuatro conchas en relieve, dos rosetones y medallones, después se le pego al ábside, la capilla del Calvario, con los altares: de la agonía y del descendimiento.
Atravesamos el umbral del Santuario y apreciamos el coro con su órgano y la cúpula con un mural de Jesús y los romanos. Después miramos la Virgen de Loreto con su elaborada bóveda, enseguida la Virgen del Rosario en su retablo. En el altar mayor miramos la preciosa escultura sevillana del Nazareno, detrás del altar observamos el camarín de los Apóstoles, cada uno sobre una peana, acompañados por la Virgen, iluminados por una linterna. De regreso, por el costado izquierdo, contemplamos la capilla del Santísimo y la Soledad, sobre un altar neoclásico, enseguida la de Loreto, con su bizarra bóveda y más adelante la del Santo Sepulcro, con sus bonitos medallones y la del Calvario con sus espectaculares altares, conformados por un gran conjunto escultórico a escala real, las ventanas, cruciformes. La Gloria no estaba abierta, queríamos ver las alegorías del pecado. Samuel Rangel comentó: “el interior es un barroco pictórico fastuoso densamente decorado con escenas bíblicas”. Para 1765, comenzaron los ejercicios espirituales, la casa con portal arqueado. El padre se preocupó por la enseñanza y edificó una escuela para la comunidad.
Una fresca mañana, Nicolás y yo partimos rumbo a San Miguel Allende, pasando Los Galvanes, nos detuvimos a conocer el Santuario. El sacerdote jesuita Luis Felipe Neri de Alfaro, cierto día, venía de Dolores Hidalgo con dirección a San Miguel el Grande y, paró en la estancia de Atotonilco a descansar en la sombra de un mezquite y soñó a Jesús con la cruz al hombro, solicitándole un santuario, despertó entusiasmado con la petición y para pronto le compró la estancia a Ignacio García. El padre Alfaro acudía a celebrar misa a la estancia desde 1735. Posteriormente empezó a realizar planos para el deseado santuario, se dice que al analizar el terreno para orientar el recinto, observó tres iris en tres puntos cardinales, excepto el poniente, punto que decidió embellecerlo con la fachada del naciente santuario, iniciando la obra el lunes 3 de mayo de 1740, ocho años después se congregó el Santuario, colocando a Jesús Nazareno en el altar.
El plano del templo obedeció a una nave de siete tramos, y un campanario, en la cúpula de cada tramo se expresó posteriormente un mural. Al padre se le ocurrió adosar una capilla al Santuario. La capilla fue consagrada a la Virgen de la Soledad, espacio oscuro, con la Virgen llorando por su triste soledad, San Pedro también llora de arrepentimiento. Al padre le encantó la capilla y optó por levantar otra, anexa y de diferente planta, la dedicó a la Virgen de Loreto (1754), con la Virgen, una salutación angélica a María, un poema del padre y camarín al fondo. En 1759, el bautisterio cobijó la capilla de Belén, con suntuoso altar. Para 1766, se abrió la ofrecida a la Virgen del Rosario, hay un autorretrato de Miguel Antonio Martínez de Pocasangre, quien plasmó con destreza bastantes pinturas del Santuario, cuenta con camarín, cubierto por una media cúpula enconchada. La sacristía fue consagrada a la Purísima y luego se le dio un espacio al Santísimo. En 1785 se contó con una nueva sacristía, donde cuelgan pinturas alusivas al padre Alfaro, también hay un cuadro de San Antonio, creado por Juan Correa. Por último edificó la capilla del Santo Sepulcro (1760-1763), con grandes oleos, de la muerte y resurrección, el techo con corte trapezoidal, animado por cuatro conchas en relieve, dos rosetones y medallones, después se le pego al ábside, la capilla del Calvario, con los altares: de la agonía y del descendimiento.
Atravesamos el umbral del Santuario y apreciamos el coro con su órgano y la cúpula con un mural de Jesús y los romanos. Después miramos la Virgen de Loreto con su elaborada bóveda, enseguida la Virgen del Rosario en su retablo. En el altar mayor miramos la preciosa escultura sevillana del Nazareno, detrás del altar observamos el camarín de los Apóstoles, cada uno sobre una peana, acompañados por la Virgen, iluminados por una linterna. De regreso, por el costado izquierdo, contemplamos la capilla del Santísimo y la Soledad, sobre un altar neoclásico, enseguida la de Loreto, con su bizarra bóveda y más adelante la del Santo Sepulcro, con sus bonitos medallones y la del Calvario con sus espectaculares altares, conformados por un gran conjunto escultórico a escala real, las ventanas, cruciformes. La Gloria no estaba abierta, queríamos ver las alegorías del pecado. Samuel Rangel comentó: “el interior es un barroco pictórico fastuoso densamente decorado con escenas bíblicas”. Para 1765, comenzaron los ejercicios espirituales, la casa con portal arqueado. El padre se preocupó por la enseñanza y edificó una escuela para la comunidad.