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Los inolvidables muertos del Estado de México

El pasar de los años no borra de la memoria las formas y sabores de la fiesta del Día de Muertos

GUADALAJARA, JALISCO (03/NOV/2013).- Don David tenía un taller de ropa en Texcoco, Estado de México. Hoy esa localidad forma parte de una zona conurbada que aglutina a varios cientos de miles de habitantes, pero en los setenta, se trataba de un pueblito pequeño en el que todos —o casi todos— se conocían.

El señor Don David empleaba en su taller a mujeres del pueblo aquel que se dedicaban a hacer alguna labor en la cadena de producción de la pequeña fábrica. Había mucho qué hacer: desde recibir y acomodar los insumos, telas, hilos, bolsas, hasta empacar las prendas ya armadas.

Unas diez o quince mujeres, desde muy jovencitas hasta ya señoras de edad, laboraban en el sitio. Pero había otras que lo hacían en su propia casa: Don David les llevaba la máquina de coser, telas, hilos y lo que se necesitara y ellas trabajaban a sus tiempos, sin despegarse de la atención a sus hijos y de su casa.

En medio de aquellas labores, había sólo una fecha en el año en la que prácticamente se paralizaba la actividad. No se trataba ni de la Navidad ni de las fiestas del pueblo; se trataba de las celebraciones del Día de Muertos, fecha sagrada para la mayoría de los habitantes de la población en la que nació el Rey poeta Nezahualcoyotl.

Los preparativos iniciaban semanas antes de los días 1 y 2 de noviembre. Y tenían que ver con la preparación de los alimentos para el o los difuntos. Porque no se trataba nada más de poner un altarcito y llenarlo de cosas compradas, se trataba de hacer todo: las mujeres preparaban todos los ingredientes para el mole, los molían, hacían la pasta, mataban al guajolote, lo desplumaban y ponían a cocer… En el caso del pan, lo hacían: de hecho tenían hornos en sus casas o en la parte de afuera, que sólo se utilizaban para hornear el pan de muerto y una especie de galletas riquísimas que llevaban un glaseado blanco con azúcar espolvoreada de color rosa que sabían a gloria y que nombraban encaladas.

Y llegado el 31 de octubre, todas, absolutamente todas las trabajadoras de Don David pedían permiso: había que hacer los preparativos para el altar de sus respectivos muertitos. Según ellas mismas, y su tradición venida de generación en generación, el primero de Noviembre era el día de los muertos chiquitos. Ese día “bajaban” a comer exclusivamente los muertos niños. El día 2 ya era el de los muertos grandes.

Don David se arrepiente de nunca haber tenido la ocurrencia de tomarle foto a aquellos altares que ellas denominaban ofrendas, porque eran unas verdaderas obras de arte. No había dos iguales. Hoy en día, lo que se puede ver es una especie de reproducción en serie, pero en los setenta se trataba de que cada ofrenda estuviera hecha al estilo del muertito y que contuviera lo que más le gustara. Las mujeres que habían perdido a un familiar estaban seguras que sus muertitos “bajaban” a comer a sus ofrendas.

Y para asegurarse de que no se perdieran, hacían un camino, con pétalos de flor de cempasúchil, desde su tumba en el panteón, hasta la casa en la que se encontraba el altar.

La noche del primero y del 2 de noviembre, en medio de aquellos caseríos ubicados en los alrededores de Texcoco (Xocotlán, San Bernardino, El Molino de las Flores, Santiaguito), podían verse como si fuesen incendios, las lumbreras que salían por las ventanas de las chozas y casas, que eran las velas y veladoras que alumbran día y noche los altares.

Una cosa que jamás podía hacer Don David era despreciar la invitación de sus muchachas trabajadoras a ir el 2 de noviembre a visitar sus altares. Luego, ya por la tarde y asegurándose que el muertito había acudido, comenzaba la repartición de las ofrendas: todo se regalaba y convenía no hacerle el feo a ninguno de los guisados, dulces, postres, panes de muerto, calaveritas de todos los tamaños y formas.

Años después, lejos de Texcoco, Don David cierra los ojos y sigue recordando el olor que se desprendía de aquellas ofrendas y el sabor sinigual del pollo enmolado y las tortillas hechas a mano.

***

(Breve nota al margen, que no tiene que ver con la anterior historia, pero que, por considerarlo de interés noticioso, se consigna aquí.)

Subo al taxi y, como casi siempre, el conductor considera que parte de su labor, además de trasladar a su pasaje a donde le diga, debe ser el conversar. Luego de hablar de la Selección (y hacer la broma de que más bien es el América reforzado), del mal paso de Las Chivas y de la venta del Atlas, repentinamente cambia el tono de su voz y como si ahora le hablara de educación sexual a su primogénito, me dice:

—Oiga, pues ya se aprobó lo del impuesto a los refrescos y a la comida chatarra.

—Pues sí, finalmente ya quedó.

—Pero, a ver, oiga: ¿8%? ¿Cómo? ¿Si yo compro un refresco en diez pesos, ahora me va a costar dieciocho pesos? ¿O cómo?

—No, amigo: le va a costar diez pesos con ochenta centavos. Once, ponga usted…

–¿Once? ¡Ah! ¿Y entonces por qué andaban haciendo tanto escándalo?

david.izazaga@gmail.com

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