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Momentos de inadvertida felicidad

Este libro del autor italiano es descrito por la editorial Anagrama como ''un fascinante y gloriasamente feliz catálogo de lo cotidiano, emparentado con Perec''

GUADALAJARA, JALISCO (13/MAY/2012).- En las páginas locales del diario, los miércoles, o a veces incluso antes, veo el anuncio de una película que estaba esperando. Se lee: «a partir del viernes». Cierro el periódico sabiendo que a partir del viernes empezará un intervalo de tiempo durante el cual, pronto, una noche de ésas, iré a verla. Aún no sé dónde, cuándo.

Pero iré.

Luego llega el viernes, y pasa. El primer fin de semana ni se habla del tema. De lo contrario el sabor mismo de la espera duraría poco; y además el primer fin de semana va todo el mundo.

Espero.

A partir de la semana siguiente, estudio cada día las salas y los horarios, el cine más cercano o el que más me gusta, valoro la sala pero también la calle y, para ser sinceros, hasta la acera donde a la salida le pediré a alguien un cigarrillo y me lo fumaré con un placer lento, pensando de nuevo en algunos diálogos de la película. Acabaré escogiendo también la acera donde dejaré la colilla de mi cigarrillo después de la película.

Pienso que iré solo, a la primera sesión, o bien con alguien a las ocho y media de la tarde, o bien –mejor– saldré de casa después de cenar y le pediré a un amigo que lleguemos un poco antes y pasearemos dando una vuelta a la manzana y entraremos luego en la última sesión.

Y espero. Espero. Digo: iré la próxima semana. Semana tras semana veo cómo cambian las salas, se van reduciendo; y sé que el próximo jueves voy a temblar porque a partir del día siguiente, tal vez ya no den la película. Y luego la siguen dando, por suerte, pero desplazada a una sala pequeña o periférica, como en una lenta agonía, que no se termina porque está esperándome a mí. Ahora resulta más difícil, más remoto, más complicado; más arduo encontrar a alguien que todavía no la haya visto.

Sólo en este momento empieza a seducirme una idea nueva, maliciosa, y en el instante en que la pienso, decido, conscientemente, ponerla en práctica sin titubear –algo insensato pero a lo que no sé resistirme.

No iré.

Brincaré impaciente el último día, un jueves, sabiendo que a partir del día siguiente desaparecerá, telefonearé a todos los que conozco diciendo que tal vez sería cuestión de ir, porque es el último día; pero teniendo una buen excusa para decir que no llegaré a tiempo, no vaya a ser que alguien esté realmente disponible.

Y luego dejo que se vaya esa película que quería ver de todas todas, no podía perdérmela y me la pierdo, y a partir de mañana diré que me la he perdido, que lo lamento. El viernes abro el periódico, repaso todas las salas y verdaderamente ya no está, ha desaparecido.

Y yo me siento, de modo incomprensible, aliviado.

El domingo por la mañana, más bien temprano, cuando la ciudad está vacía y silenciosa y hermosísima, salgo y doy una vuelta. Y siempre veo a dos, o a tres, en cierta ocasión hasta cinco. A veces, una sola. Nunca, ninguna.

Son mujeres de tez pálida y con el maquillaje estropeado, embutidas en elegantes vestidos y con tacones altos, con los rostros mañaneros de la noche casi insomne y la ropa del sábado por la noche. Además, algo brilla en el rostro, en el vestido o en el abrigo. Alguna vez tengo que pasear por muchos barrios, pero al final oigo ese ruido de tacones, o bien algún portón al abrirse, y una de ellas aparece guiñando los ojos contra la molestia de la mañana.

Ha pasado la noche en casa de alguien y ahora está buscando un bar, que no sabe dónde se encuentra, para tomarse un cappuccino antes de regresar a su casa.

Está fuera de lugar; pertenece al día de antes y no tiene nada que ver con el domingo por la mañana; y pese a ello es guapísima, está pálida y confundida, aturdida por el cansancio. Agotada. Pero con esa felicidad sutil que se oculta bajo ese aspecto confuso, como debajo de una alfombra. La sigo deprisa hasta el bar, yo también me tomo un cappuccino, un poco alejado pero pudiendo mirarla, sin hablar, sin ninguna intención de dirigirle la palabra, sólo siguiendo cada uno de sus movimientos, esa forma de remover la cucharilla con lentitud, observando continuamente un punto en el vacío, bostezando, a veces olvidándose de pagar.

Hasta que se dirige a la salida, el ruido de los tacones en el silencio. Abre la puerta del bar y se va. Y ése es el momento justo en que de verdad ayer por la noche ha terminado.

Entro en una zapatería porque he visto en el escaparate unos zapatos que me gustan. Se los señalo a la dependienta, le digo mi número, el 46. Ella vuelve y me dice: lo siento, pero no tenemos de su número.

Luego añade siempre: tenemos el 41.

Y me mira, en silencio, porque quiere una respuesta.

Y a mí, al menos una vez, me gustaría decirle: vale, de acuerdo, deme el 41.

El ruido de los manteles cuando los camareros los sacuden descuidadamente en el lavabo.

Los gestos automáticos y rápidos de los farmacéuticos cuando envuelven los medicamentos.

Reservo un asiento en el tren, con tiempo. Al llegar a la estación, no me subo de inmediato. Espero. Miro todas las revistas expuestas en el kiosco, compro una botella de agua en el expendedor automático. Luego, poco antes de que salga el tren, dos o tres minutos antes, me subo a mi vagón. Y me acerco, esperanzado, a mi asiento. A veces puedo atisbarlo incluso desde lejos. Si está libre, coloco la maleta arriba y ocupo mi asiento.

Decepcionado.

Porque me encanta encontrar a alguien que se haya sentado en mi sitio, con la esperanza de que yo no llegue.

Sé que ha mirado su reloj un montón de veces, sé que cada vez que se acercaba alguien temía que fuera el que iba a reclamar su asiento; sé que en todas esas ocasiones ha soltado un suspiro lleno de esperanza. Y sé que ahora, un par de minutos antes de la salida, cree que lo ha conseguido.

Y en ese momento llego yo.

Con mi inalienable derecho a hacer que se levante.

Yo, que hasta hace unos pocos años tenía miedo de encontrarme con alguien sentado en mi sitio porque me daba vergüenza hacer que se levantara, me desagradaba.

Ahora me he convertido en un capullo y me gusta.

«Perdone, pero me parece que este asiento está ocupado.» Y enseño el billete. Digo «me parece» para darle la oportunidad de mantener un poquito la esperanza de que yo diga: pero da igual, no importa.

Y, por el contrario, no me muevo. Y él, humillado, se va, huye, casi, en busca de otro asiento.

El encuadre en plano general de la proa de la nave, con esos cuatro pingüinos que han nacido y vivido en el zoo de Nueva York, y que han conseguido alcanzar la Antártida por primera vez en sus vidas, y la miran, en silencio.

Al final, uno de ellos dice: «pero qué asco».

Y entonces deciden irse a Madagascar.

El día en que tiene que ajustarse la hora legal, o la solar.

Porque uno nunca acaba de entender si esta vez toca pasar de la hora legal a la solar o de la solar a la legal. Y si esta noche vamos a dormir una hora más o una menos: esto es motivo de agotadoras discusiones que se prolongan hasta pasada ya la hora del cambio de las agujas, convirtiendo así en inútil la eventual hora de sueño añadida. Porque siempre hay alguien que, aunque le hayas hecho unos dibujitos en un papel, no está convencido, y dice que en su opinión es lo contrario: que dormiremos una hora más y no una hora menos, como estáis diciendo todos (o una hora menos y no una más).

Cuando bostezas, o dices que tienes hambre, o sueño, siempre hay alguien que te recuerda que es lógico, porque son las diez pero es como si fueran las once; son las dos pero es como si fuera la una. Y luego, cuando a las siete de la tarde el sol todavía está en lo alto y te emocionas porque ahora sí percibes ya que ha llegado la primavera, y dices «qué hermoso, los días se han alargado», te dicen que no es exactamente así, porque es verdad que son las siete, pero es como si fueran las seis, y sólo por eso el sol está todavía alto.

De manera que vuelves a estar triste.

Pero qué hermoso es cuando, en una esquina de abajo, en la primera página del periódico, aparece el dibujito del reloj con el aviso que dice: acuérdese esta noche de adelantar (o atrasar) las agujas del reloj. Y al día siguiente, cuando dice: ¿se han acordado ustedes de adelantar (o atrasar) las agujas del reloj?

Antes de salir de casa, apago la última luz cuando estoy ya cerquísima de la puerta, y se dan esos dos segundos de oscuridad repentina en que las manos buscan a tientas la puerta, la tocan, se deslizan hasta la cerradura, buscan el punto exacto donde meter la llave y luego, por fin, abro y regresa la luz desde el exterior.

Y también cuando me despierto en un lugar que no es mi casa: ese instante en que todavía no soy consciente de dónde estoy. Y también cuando luego soy consciente.

''Momentos de inadvertida felicidad''. Francesco Piccolo. Anagrama. 2012. 152 páginas.

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