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¿Y la sonrisa de Alfaro?

Así inicio hoy esta reflexión: ¿recuerda usted cuándo fue la última vez que vio sonreír a Enrique Alfaro?

Según yo, siendo gobernador no le he visto sonreír. Quizás alguna vez cuando subió a sus redes sociales una fotografía con su hija recién nacida, vestida de “chivita”, y rumbo a un partido del equipo grande de México.
Pero fuera de esa, nada.

Desde que tomó posesión como gobernador, Alfaro ha estado muy serio, por no decir enojado.

A diferencia de la mayoría de los gobiernos que inician, entre él y sus gobernados no hubo luna de miel: ese periodo maravilloso en que él y todos sus colaboradores se van asentando en sus puestos y disfrutan estrenar cargos nuevos.

Quizás la seriedad se explique porque de entrada enfrentó dos circunstancias muy complicadas: primero malas noticias del gobierno de López Obrador cuando se enteró de que no habría todos los recursos con que contaba para hacer obras monumentales, y segundo la presencia de una figura nueva, el superdelegado Carlos Lomelí, que vaya que hizo ruido al gobernador hasta que solito cayó por las sospechas de malos manejos.

Y si no hubo luna de miel, parece que el divorcio está llegando demasiado pronto.

El aumento en las tarifas de algunos transportes públicos, y la desafortunada forma (con excesos) en que la policía estatal trató a un grupo de jóvenes extremistas (por no llamarles “vándalos”), imágenes que inundaron las redes sociales mucho antes de que su gobierno reaccionara, han sido suficientes razones para que algunos grupos oportunistas se reúnan frente a Casa Jalisco a pedir su renuncia.

Pero hay que agregar, y siguiendo con la metáfora del matrimonio, que entre Alfaro y sus gobernados no ha habido la suficiente comunicación. A él no le gustan los medios, y a los medios empieza a no gustarles él. Por ejemplo, en este momento encuentran más eco las voces de oposición capitalizando las protestas contra el aumento de tarifas que los argumentos (seguramente válidos) de por qué suben y cuáles son las rutas que pueden hacerlo.

Los espacios en los medios que el gobernador no está llenando quedan vacíos y los llenan otras voces.

Demasiado pronto para un divorcio. Urge repensar las formas.

Su proyecto de la Refundación de Jalisco, que tiene puntos de gran solidez en la vida del estado como la aplicación del estado de derecho, necesitan obligadamente de la complicidad de los gobernados, y esa se consigue con acercamiento y simpatías; con alguna sonrisa de vez en cuando.

Los mensajes de Alfaro están en las redes sociales: momento de preguntarse qué tantos de aquellos que hoy se sienten víctimas del aumento van y buscan en las redes los argumentos de Alfaro.

De poco sirve que sólo un grupo conozca sus ideas, su quehacer y sobre todo sus proyectos.

Si las políticas de Alfaro van en el camino correcto en lo que tiene que ver con el fondo, en las formas le está fallando feo, establece distancias y ese rompimiento puede ir creciendo y creciendo hasta el hartazgo, y eventualmente al fracaso.

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