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Cuando la verdad deja de importar

En días en los que en México se publica un nuevo libro de Julio Scherer García, en los que en Estados Unidos reaparecen debates en torno a los archivos del caso Jeffrey Epstein, mientras la atención mediática oscila entre Irán, Cuba, los mineros secuestrados en Sinaloa o los miles de desaparecidos en el país, conviene detenernos un momento y preguntarnos qué lugar ocupa la verdad en este maremágnum informativo. ¿Qué es verdad y cuanto importa que la verdad se respete y se imponga.? La respuesta es mucho, porque si dejamos de priorizar la verdad dejamos de tener un referencia moral, una solidez jurídica y nos dejamos de valores.

Cuando gobiernos, partidos, activistas, medios y plataformas tecnológicas compiten por imponer su narrativa. Cuando unos buscan controlar el encuadre; otros, influir en la conversación pública; otros más, modelar comportamientos mediante algoritmos y emociones. Esa pregunta queda de lado La verdad suele quedar subordinada a la percepción inmediata. Importa menos lo que es, y más lo que parece.  Ganar a toda costa la percepción por encima de la verdad es inmoral.

Vivimos saturados de información y empobrecidos de verdad. Nunca habíamos tenido tantos datos, tantas fuentes y tantos canales de comunicación. Y, sin embargo, pocas veces había sido tan frágil nuestra capacidad colectiva para distinguir entre hechos, opiniones y manipulaciones.

El problema no es solo que se mienta. Es que la verdad ha dejado de ser el criterio central del debate público.

El filósofo Harry Frankfurt decía que el fenómeno más corrosivo no es la mentira, sino el bullshit, es decir, hablar sin preocuparse por si lo dicho es verdadero o falso. Cuando la política se emancipa de los hechos, deja de ser deliberación racional y se convierte en espectáculo emocional. Y el espectáculo polariza. Porque en él es más importante identificarse con un bando que examinar la evidencia.

Esta erosión no es abstracta. Se manifiesta en liderazgos que privilegian la narrativa sobre la prueba, la consigna sobre el análisis y la lealtad sobre la verificación. Lo vemos en discursos cargados de promesas vagas, diagnósticos sin datos y explicaciones que cambian según la conveniencia política como en los casos señalados al principio.

La consecuencia es una ciudadanía cansada, confundida y crecientemente escéptica. Cuando todo parece relativo, cuando ninguna fuente resulta plenamente confiable, la deliberación democrática se debilita. Ya no se discuten soluciones: se disputan relatos muchas veces a costa de la verdad misma, dejando de lado la ciencia y la objetividad.

Ya decía Hannah Arendt que el mayor peligro no es creer una mentira, sino perder la capacidad de distinguir entre realidad y ficción. Cuando esa frontera se diluye, el espacio público se convierte en terreno fértil para el oportunismo y el autoritarismo.

En este contexto, el conocimiento, la ciencia y el debate sólido no son lujos tecnocráticos. Son la infraestructura básica de la democracia.

Sin datos confiables no hay políticas públicas eficaces. Sin evaluación independiente no hay rendición de cuentas. Sin universidades y centros de investigación sólidos no hay decisiones informadas. Sin debate plural no hay corrección de errores. Por eso los ataques a las Universidades en Estados Unidos o las reducciones presupuestales a la nuestras o el debilitamiento de instituciones autónomas es tan delicado. Cuando estas bases se debilitan, el vacío lo ocupan la improvisación, el dogma y la propaganda.

La verdadera amenaza de nuestro tiempo es el desmantelamiento gradual de la capacidad crítica de la sociedad: la normalización de la superficialidad, la sustitución del argumento por el insulto, de la evidencia por la emoción, del análisis por el eslogan.

Se configura así una ciudadanía conectada, pero no reflexiva; informada, pero no crítica; activa, pero vulnerable al engaño.

Defender la verdad hoy es un acto de civismo fundamental. Implica exigir evidencia, cuestionar discursos fáciles, valorar el conocimiento, proteger la ciencia y sostener el debate informado. Implica resistir la tentación de las respuestas simples ante problemas complejos.

La libertad exige de la comprensión racional y el futuro requiere de la verdad como faro orientador de la conducta.

Porque, al final, cuando la verdad deja de importar, la sociedad pierde el rumbo.

luisernestosalomon@gmail.com

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