De paseo por el Parque Agua Azul
El pasado domingo, a propósito de los Baños Municipales, hice referencia a uno de los lugares favoritos de los tapatíos, el Parque Agua Azul.
A finales del siglo XIX, se pensó en aprovechar los manantiales que estaban en la zona y abrir un lugar más de esparcimiento para las familias de la ciudad, aprovechando su fronda y que además tenía un fácil acceso desde el centro, pues no quedaba lejos y, además, el Tranvía de Mulitas tenía allí una estación cercana, lo que permitía más fácilmente su acceso.
Documentos antiguos se refieren al lugar como el Lago Azul, por el color de sus aguas y precisamente por la abundancia de ellas; era un paraje de maravilla, pues además de lo arbolado, las aguas eran tranquilas y transparentes y, lo mejor, carentes de contaminación.
Cuando llegó el ferrocarril a la ciudad en 1888, una de las cosas que más maravillaron a los primeros visitantes fue precisamente esa zona, particularmente bella, que ofrecía a los tapatíos y visitantes de otras localidades pasar el día disfrutando de la vendimia que se ponía, pasear en pequeñas lanchitas y en los senderos, disfrutando de aire puro y lo que hoy más añoramos los citadinos: la tranquilidad.
Los terrenos que ocupara ese parque se han ido perdiendo paulatinamente. En 1895, el Ferrocarril Central Mexicano solicitó y obtuvo una ampliación del derecho de vía, quitándole superficie arbolada. El parque llegaba hasta la calle del Tepopote, hoy Alemania, en donde estaba el conocido Mesón del Tepopote, que era donde llegaban los viajeros y las postas procedentes de la Ciudad de México con sus recuas de mulas transportando mercancías principalmente; el tren llegó, como dije antes, en 1888.
Ir a pasear al Agua Azul era obligado. La vida transcurría sin prisa, veía uno a los patos nadar y se abstraía por completo, con el aire puro, el susurro del viento entre los árboles, el paisaje limpio y ese azul del agua que solo allí podía verse.
Había en los años treinta un conocido dicho rimado que decía: “El que estuviere enamorado y no quisiera gastar, que se vaya al Agua Azul, a ver a los patos nadar”, y caminando de la mano con la novia, viendo a los patos nadar, se tejieron muchas historias románticas en un sitio que, vale la pena ponerlo de relevancia, no hacía distingos sociales, pues paseaban lo mismo los que vestían de casimir y los que traían manta, los que llegaban en el Tranvía de Mulitas o a pie, y los que llegaban en sus carretelas, las Chispas, los Coches de Providencia o los incipientes Fortingos.
Fotografías de la época nos muestran las lanchitas en el lago, a los jóvenes de aquel entonces pedaleando sus bicicletas, parejas sentadas en las bancas y otros más caminando apacibles sin tener que esforzarse por demostrarle nada a nadie.
Era otra época, muy diferente, donde la cortesía, la amabilidad, la educación eran el sello distintivo de quienes vivíamos en esta Noble y Leal, algo que hoy, infortunadamente, ya casi se ha perdido y nos hemos vuelto una sociedad clasista, egoísta, indiferente y a veces hasta agresiva. Lástima. Nada que ver a como era antes.
Uno de los sitios favoritos era la Calzada del Embarcadero, donde se abordaban las lanchitas que permitían recorrer ese lago quieto de color zafiro, percibiendo el aroma de los eucaliptos y sin el infernal ruido que hoy tenemos en Guadalajara. De verdad, era una delicia pasear en ese lugar.
Además, la garantía de la seguridad era absoluta, pues colindante estaba el Cuartel de los Rurales, que desincentivaba la comisión de delitos y le daba a los paseantes la tranquilidad de caminar y disfrutar de su estancia sin temor a ser víctimas de un latrocinio o una agresión.
El pórtico y la Fuente de Don Sabás tienen historia aparte. Ya me ocuparé de ambos en otra ocasión, sobre todo de la fuente, que ha andado por varios puntos de la ciudad.
En la Calzada Principal del parque estaba un quiosco, donde los domingos y cada 24 de junio se llevaban a cabo conciertos, donde la Banda de Música amenizaba y a los alrededores las marchantitas vendían las famosas lechugas con sus ramitos de pensamientos, y cuando el Tranvía Eléctrico hizo su aparición, prácticamente cruzó el parque a lo largo, lo que conllevó más visitantes.
En tiempos del gobernador Guadalupe Zuno, el parque abrió una sección especial para instalar allí un zoológico que no le pedía nada al de Chapultepec en el extinto D.F., y podíamos admirar muchísimas especies de animales y de aves caminando entre eucaliptos y álamos.
Al parque le pusieron albercas, canchas de frontenis, había una pequeña biblioteca pública, lugares para patinar y andar en bicicleta, y se abrió una sección para los niños, contando con resbaladeros, toboganes, bimbaletes y los infaltables columpios.
La historia del Parque del Lago Azul, conocido popularmente como el Agua Azul, nos llena de nostalgia. Poco a poco le fueron quitando espacios, como por ejemplo el que ahora ocupa la Plaza Juárez, el Edificio Multifamiliar Guadalupe Victoria, que se cediera a Pensiones del Estado; se dividió en dos con la apertura de la Calzada González Gallo; desapareció el famoso Navy Club, donde se cenaba y bailaba en un ambiente familiar.
La Casa de las Artesanías y la Concha Acústica eran también, ya en tiempos más recientes, visitas obligadas de propios y extraños; en la Concha Acústica se presentaron famosos artistas, en las afueras se puso el Mercado de Flores y, aunque aún conserva buena parte de su predio, nada que comparar con lo que una vez fue, pero aun así vale la pena ir a pasear un domingo como hoy al Parque Agua Azul y disfrutar de ese oasis dentro de nuestra bulliciosa ciudad.
Bueno, por hoy es todo. Aquí los espero, en El Informador, el próximo domingo, si Dios quiere; no lo olviden. Disfruten de su café y su eterno acompañante: un bísquet crujiente con mantequilla y mermelada de fresa.