México frente a Estados Unidos y Venezuela
¿Y México qué? La pregunta flota en el aire y aunque ningún político se atreva a formularla abiertamente más vale que la pensemos. Más allá de la declaración de Trump a Fox News (“México está gobernado por los carteles, algo tendremos que hacer con ello”) que la ha repetido al menos tres veces, la pregunta es en qué lugar está parado nuestro país en este conflicto o, dicho de otra manera, si la pretendida neutralidad de la Doctrina Estrada es posible cuando el conflicto es entre nuestro vecino y principal socio comercial y un régimen venezolano que ha sido aliado de los Gobiernos morenistas.
Si algo ha distinguido a Morena como partido en el poder, primero con López Obrador y ahora Claudia Sheinbaum, es la permanente confusión entre el partido y el Estado. Son incapaces de ver más allá de la coyuntura y, peor aún, han hecho de la captura del Estado una agenda política. Esta confusión, que nada tiene de ingenua, por el contrario, es absolutamente perversa, es la que llevó al Gobierno de Claudia Sheinbaum a reconocer la fraudulenta reelección de Nicolás Maduro a finales de diciembre de 2024. Al no sumarse con Brasil y Colombia a la exigencia para que Maduro presentara las actas de las mesas de votación y enviar un representante a la toma de posesión, México terminó jugando un papel de esquirol para sostener un régimen antidemocrático que, más allá de coincidencias ideológicas, se mantuvo en el poder por la vía de un fraude electoral.
Hay que dejarlo claro: no hay justificación alguna para una intervención como la que hizo el Gobierno de Trump y se trata de un acto ilegal, unilateral y a todas luces condenable. Aun así, la condena a la invasión que hizo Claudia Sheinbaum no tiene ninguna repercusión ni externa ni interna. La voz de México en este conflicto es tan intrascendente como débil.
Si, ilusionado con su propio espejo de grandeza, el Gobierno de Trump decide actuar unilateralmente contra los “narcoterroristas” mexicanos como lo hizo con Maduro, el Gobierno de Claudia Sheinbaum se quedará mirando, pues, aunque hay un claro cambio de rumbo en la política de persecución a los cárteles, la imbricación de las instituciones mexicanas es de tal magnitud que su propio partido no la acompaña en esta lucha. La política exterior mexicana y los organismos de multilateralismo, de la ONU para abajo, están totalmente desacreditados y el Gobierno de López Obrador fue uno de los que más se dio gusto atacándolos. Porque, no importa si se es de derecha o de izquierda, en el manual del buen populista todo aquello que implique escuchar al otro y consensar opiniones no es opción. Nunca lo fue para López Obrador, ni para Chávez, ni para Maduro ni lo es para Donald Trump.
Ojalá fuéramos el jamón del sándwich o estuviéramos entre la espada y la pared, para usar dos imágenes muy populares, pero no, estamos con la estocada a medias y, lo peor, nosotros mismos nos pusimos en la punta de la espada.