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Poder de papel y el papel del poder

No es lo mismo ser Presidenta de una república que líder de un movimiento. López Obrador era las dos cosas. La Presidenta con A no lo es, ni puede serlo, pues líder solo hay uno. El problema es que ella no encabeza ni encabezará nunca el movimiento, y no termina por asumir su rol de Presidenta, y por lo mismo, no alcanza una visión de Estado.

Dos casos recientes evidencian que ella no lidera el movimiento. El primero fue el llamado de Marx Arriaga, el director general de Materiales Educativos de la Subsecretaría de Educación Básica de la SEP, para que los maestros se rebelaran contra las directrices, que él llamó neoliberales, del secretario de Educación, Mario Delgado. Marx, creyéndose el mismísimo Carlos a quien debe su nombre, se sintió con los tamaños para llamar a la rebelión porque se sabe intocable, que a él lo sostiene el líder del movimiento y nada le debe a la Presidenta, menos al secretario.

El segundo caso es el del director del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), José Antonio Romero Tellaeche, quien fue destituido por la secretaria de Ciencia, Rosaura Ruiz, pero el señor se niega a irse porque a él lo puso ahí López Obrador y lo considera, al igual que otros morenistas, un puesto ganado por y para el movimiento. Cualquier persona que no sea él, es neoliberal. 

En lugar de tomar partido por sus secretarias y secretarios, es decir por su Gobierno, la Presidenta ha decidido no meterse en los asuntos que sí le importan. Si ella no está de acuerdo con el contenido de los libros de texto que hizo Arriaga (de hecho, se están revisando) o con el rumbo que tomó el CIDE en manos de Romero, lo que toca es sostener públicamente las decisiones. 

Lo mismo pasa con gobernadores, senadores, diputados o ministros de la Corte que siguen volteando al dugout en Palenque y no a Palacio Nacional en busca de las señales.

Sí, la Presidenta necesita del movimiento para la gobernabilidad del país, pero tiene que ponerse por encima de él para gobernar. Mientras ella misma no se asuma como la jefa del Estado, que toma decisiones de Estado con una visión que vaya más allá de la próxima elección quedará atrapada en la lógica del obradorismo, donde, como ha quedado claro, nadie la ve sino como la compañera designada por el líder supremo (López Obrador) para administrar la transformación.

Desde que cumplió un año en el cargo, analistas políticos, pero sobre todo los colaboradores considerados “claudistas” esperan el manotazo que deje claro que la Presidenta tiene en sus manos hilos del poder, sin embargo, ese famoso gesto de autoridad no llega y por el contrario cada día hay más rebeliones en la granja que no hacen sino debilitarla y la hacen ver, como la describió The Economist, como alguien con un poder de papel.

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