Y San Amlito, ¿qué?
Para que no haya queja primero vamos a hablar de Genaro García Luna. El señor es un delincuente que merece pagar por lo que hizo y pudrirse en la cárcel. Lo que no entiendo es por qué la Fiscalía General de la República en México no lo persigue, por qué no busca traerlo al país para juzgarlo con nuestro renovado Poder Judicial y, sobre todo, por qué no investiga a sus cómplices, pues un criminal solitario en el crimen organizado es una contradicción de términos. Perseguirlo desde la Mañanera no sirve de nada. Eso no es hacer justicia, sino propaganda. Fin del comentario sobre García Luna.
Dicho lo anterior me surge una enorme duda: ¿Cómo procesa un seguidor y/o admirador de Andrés Manuel López Obrador la información vertida en los libros Traición en Palacio, de Hernán Gómez Bruera, y Ni Perdón ni Venganza, de Julio Scherer y Jorge Fernández Menéndez?
En el primer caso, Hernán sostiene que Julio Scherer había cometido un fraude, por lo que los presidentes Vicente Fox y Felipe Calderón lo persiguieron. Sabiendo eso, López Obrador no solo le dio cobijo en las filas del movimiento, sino que lo convirtió primero en su recaudador oficial en la campaña en la zona occidente del país y luego lo nombró su Consejero Jurídico de la Presidencia. Aceptando sin conceder que Scherer era y hacía todo lo que Hernán dice en su libro, ¿cuál es la responsabilidad de López Obrador en ello?, ¿no sabía? El libro retrata un López Obrador absolutamente ingenuo, lo cual no es creíble, o absolutamente pérfido, pues en el mejor de los casos usó a Julio y sus trapacerías para su beneficio y luego lo desechó.
Si atendemos al libro de Scherer y Fernández, el presidente López Obrador era, por decir lo menos, un personaje perverso, terco y por momentos profundamente irresponsable; sin embargo, Julio Scherer no repara en ello, lo narra con la naturalidad de quien está acostumbrado a que el poder es así, caprichoso, megalómano y poco observante de la ley. Peor aún, Fernández Menéndez no cuestiona a Scherer sobre la responsabilidad del presidente.
La historia, pregúntele a Fidel Castro, no absuelve, solo se toma su tiempo. La imagen de San Amlito comienza a desquebrajarse. Está resistiendo mal el paso del tiempo, no solo por la necesidad de la presidenta de afianzar el poder, que pasa, entre otras cosas, por opacar la de su antecesor, sino por lo que sus colaboradores y amigos han hecho para evidenciar la ruindad del poder y la corrupción en la 4T, llámese Layda Sansores, Rubén Rocha, Marina del Pilar Ávila, Adán Augusto López, Julio Scherer o Marx Arriaga, sin olvidar, por supuesto, a los hijos, la herencia maldita de todo expresidente.
El llamado por sus fans (entre ellas la presidenta) el “mejor presidente de la historia” va perdiendo el aura de santidad y se va dibujando cada día más como lo que realmente fue: un presidente de luces y sombras; humano tanto en su inteligencia y sus incapacidades como en sus destellos de bondad y sus rayos de perversidad.
Ahora sí que Santo, Santo, nomás el luchador, los demás son idealizaciones de la devoción y la fe.