Tarifazo, o cómo complicarse la existencia en tres sencillos pasos
Aumentar las tarifas de un servicio público nunca es sencillo. Cualquier aumento, el que sea, causará incomodidad entre la población. Por eso los impuestos y contribuciones no son objeto de mecanismos de consulta popular: Todos serán por definición rechazados.
Independientemente de que se lleve a cabo o no el referéndum, la promoción de éste por parte de quienes se oponen al incremento ha servido para dejar claro el rechazo de la población a una medida que tiene al menos tres fallas de origen que han complicado, innecesariamente, la decisión.
Primero: Hacerlo a escondidas. Convocar a la Comisión Tarifaria el 26 de diciembre es hacerse de delito. Fuera la fecha que fuera, la decisión iba a ser impopular. Hacerlo en días festivos, con el gobernador y los estudiantes de vacaciones, solo logró mandar la señal de que había gato encerrado. Y vaya que lo había: Extrañamente la Comisión decidió sin mayor análisis y sobre las rodillas un aumento para todo el sexenio en la lógica de que más vale una colorada que muchas descoloridas, o, peor aún, crear problemas para…
Segundo: Hacerse pasar por el salvador del pueblo. Tan la tarifa técnica no es 14 pesos que el gobernador inmediatamente salió a decir que será solo de 11 y que el Gobierno, que primero azota y luego salva, absorberá la diferencia, para bien del pueblo, aunque no deja claro cómo pagará el subsidio a las empresas (en realidad clanes) concesionarias del transporte. Si les paga 14 pesos desde este año será un robo; si se los cobra a quienes no tramiten la tarjeta naranja, también. En síntesis, el Gobierno debe auto felicitarse porque…
Tercero: Crearon un problema donde no lo había. Aumentar la tarifa hubiese sido una medida antipopular de cualquier manera. Dicho sea de paso, nadie les paga para ser populares, sino para que hagan lo que tienen que hacer. Si la decisión la hubieran tomado el 1 de diciembre, el 10 de enero o en pleno partido México contra Corea en el Mundial habría sido tomada con la misma reticencia. Usar el aumento para promover una tarjeta muy naranja y poco transparente politizó innecesariamente la inconformidad con la tarifa que, sexenio tras sexenio ha existido y que siempre termina siendo aceptada a regañadientes.
En diciembre pasado el Gobierno de Jalisco tenía un problema; debía actualizar la tarifa del transporte público. Hoy tiene tres: la gente en la calle, la oposición activada y la credibilidad abollada por una tarjeta a la que cada día le salen más cuestionamientos sobre su verdadera función.