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Pablo Gómez, envejecer y envilecer

Pablo Gómez no solo envejeció, envileció. Pasó de la lucha contra el autoritarismo en el movimiento estudiantil de 68 a un férreo defensor de las formas autoritarias: tenemos mayoría y no tenemos por qué escuchar a la oposición, dice.

En su larga trayectoria en la izquierda, primero en el Partido Comunista, luego en el Socialista Unificado de México, después en el PRD y ahora en Morena se caracterizan por dos cosas: adecuarse al discurso de moda (cuando hubo que ser demócrata se disfrazó como tal) y nunca haber dejado ir un hueso, vivir siempre del presupuesto. Luis González de Alba nunca lo bajó de farsante, pero la más dura descripción del personaje la hizo María Fernanda Campa, la hija del legendario líder de la izquierda Valentín Campa: “Pablo Gómez no hizo nada por las causas de la izquierda, nunca ha hecho nada, siempre ha estado en las Cámaras, pasa de una a otra”. Con tal de vivir del presupuesto aceptó incluso dirigir la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) sin tener el perfil y los conocimientos para ello. El resultado fue nulo.

Como coordinador de la comisión presidencial para la reforma electoral, Pablo Gómez ha hecho hablar a mucha gente, pero no ha escuchado a nadie. El “luchador social” está dispuesto a echar por la borda las instituciones democráticas del país por el simple hecho de que ahora están ellos.

Su misión, así la entiende, es serruchar la escalera por la que llegaron al poder para que nadie los baje del pedestal en que se han subido.

Su argumento para anular la autonomía del Instituto Electoral es que se trata de un órgano administrativo. Y sí, efectivamente, ahora que están en el poder Gómez y compañía, ven las elecciones como un trámite administrativo que hay que controlar y, por supuesto, abaratar. Entre más baratas sean las elecciones y más controlado esté el organismo electoral, quien detente el poder tendrá una ventaja significativa. No, no quieren piso parejo, ese que exigieron durante años de lucha, quieren que su supuesta superioridad moral sea la excusa para perpetuarse en el poder.

¿A quién escuchamos, a la Presidenta que dice que la reforma será por consenso o a quien la Presidenta designó como coordinador de los trabajos de la reforma y que, desde su infinita soberbia, dice que no necesitan escuchar a nadie, pues el poder es de ellos y solo de ellos?

El gran problema de la democracia mexicana siempre ha sido la terrible escasez de demócratas. Salvo contadas excepciones, todos, panistas, perredistas, priistas, naranjas, verdes y morenistas, tienden al autoritarismo a la primera provocación. Justamente por ello no podemos dejar las elecciones en manos de los políticos, da igual de qué color se pinten, porque lo que tienen no son convicciones sino ambiciones.

PS. En la columna de ayer, por un error atribuible solo a mi persona, di por muerto a Raúl Castro. El señor está vivo, habita en la isla y tiene 94 años. Una disculpa a los lectores y un agradecimiento a mi amigo Luis Alberto que me hizo ver la pifia.

diego.petersen@informador.com.mx

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