Ideas

El derecho a cambiar de opinión

Carta abierta a una estudiante universitaria

A ti, que hoy estudias la universidad, a ti que dudas y sientes que decir lo que piensas puede volverse un riesgo, quisiera decirte algo con honestidad.

A veces pensar en voz alta da miedo.

En el mundo que vivimos pareciera que está prohibido cambiar de opinión. Se exige responder de inmediato, defender posturas, tener argumentos listos para dispararlos a la menor provocación. Pero se pierde de vista algo esencial: Pensar también implica corregirse. Aprender no es llegar primero, sino atreverse a revisar lo que uno creía cierto.

A mí me pasó. Más de una vez. Ideas que parecían sólidas se movieron después de una clase, un libro, una conversación incómoda. Y, lejos de lo que hoy dictan el algoritmo y las redes sociales, cambiar de opinión no fue una pérdida; fue una ganancia. Pero ese proceso requiere algo que hoy escasea: tiempo, escucha y un entorno que no castigue el error.

Hoy, en la dictadura del algoritmo, en el reino de la polarización y de las redes sociales, cambiar de opinión se mira con sospecha. Todo queda registrado, todo se interpreta como definitivo. Se confunde el proceso con la contradicción y la duda, con la falta de carácter. La cultura de la cancelación se instala ahí: no como debate, sino como advertencia; no como aprendizaje, sino como miedo.

Ese camino conduce a los radicalismos. Cuando ya no se puede pensar en movimiento, solo quedan trincheras. Cuando el error se castiga, la gente deja de preguntar. Y cuando dejamos de preguntar, dejamos de aprender.

La universidad nació para ofrecer algo distinto: un espacio donde el pensamiento no tenga que ser perfecto para ser honesto; donde disentir no signifique quedar fuera; donde equivocarse sea parte del trayecto y no una etiqueta permanente.

No se trata de justificar discursos que lastiman ni de eludir responsabilidades. Se trata de no renunciar a la conversación. De no sustituir el diálogo por la descalificación ni la reflexión por el linchamiento. Porque cuando cancelamos al otro, también cancelamos la posibilidad de entendernos.

Ojalá nunca sientas que pensar con libertad es peligroso. Ojalá la universidad siga siendo el lugar donde puedas decir “antes pensaba esto, hoy pienso distinto” sin miedo a ser reducido a una sola frase, a un solo momento, a un solo error.

Cambiar de opinión no es traicionarse. Es crecer.

Y mientras te atrevas a hacerlo —mientras sigas pensando incluso cuando incomoda— la universidad seguirá teniendo sentido. Porque el futuro no lo construyen quienes nunca dudan, sino quienes todavía se atreven a pensar distinto.

Twitter: @rvillanueval

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