Guadalajara, tercera postal
Nuestra ciudad no es muy amable con los visitantes que recibe, cualquiera sea el fin que aquí los traiga; vaya, ni siquiera es amable con sus propios habitantes, porque eso de “ciudad amable” exigiría varias condiciones.
Lo primero, contar con suficiente nomenclatura. Hoy día se puede transcurrir por varias cuadras sin que haya un solo letrero que indique cómo se llama la calle por la que vamos, o cómo se llamen las calles que vamos atravesando o buscando. Unos letreros ya son ilegibles, otros están manchados o una mano torpe dio en la moda de pegarles engomados, o del letrero lo único que queda es la mancha que dejó, eso sí, ya desde hace muchos años.
Lo curioso es que esta ausencia de nomenclaturas viales se contagió desde hace varios años a los monumentos citadinos, muchos de los cuales parecieran ser estatuas al personaje desconocido, o un reto a las adivinanzas, a tenor de los gestos, posturas u objetos que la estatua tenga; lo que es peor, veces ha habido que hasta la misma estatua se ha robado, sin saber que hoy día no todo lo que parece bronce lo es, y gracias a lo cual los pedestales son a la estatua desaparecida o pedestales sin finalidad conocida, ya que ni tienen estatua ni letrero.
Esta ausencia de amabilidad se ve también en que los semáforos peatonales fueron un buen deseo de alguna administración pasada, limitados a algunos cruces y nada más; que ahora estén descompuestos los pocos que restan es ya una señal de su próxima extinción, a lo cual se le puede llamar muy bien “progresar hacia el pasado”. Con lo que sí contamos es con semáforos sincronizados de tal suerte que en cada esquina te toquen en alto; otros permanecen ocultos detrás de los ramajes efusivos, o sus luces ya son imperceptibles porque a nadie se le ha ocurrido jamás en la vida limpiarlos, acaso para no arrancarles la pátina del tiempo.
En la antigua cultura tapatía, la limpieza era la expresión más visible e inmediata de amabilidad, cultura perdida cuya recuperación ha sufrido increíbles altibajos: multar a quienes no limpian o ensucian, luego dejar de multar; poner papeleras por todas partes, luego quitarlas; llenar de botes de basura las plazas públicas y luego siempre no; mantener barrenderos en las calles del Centro que se vuelven selectivos y sólo barren si los vecinos les dan su consabida propina; y, desde luego, contar con el trabajo cotidiano de ensuciar la ciudad que corre por cuenta gratuita de los indigentes, que ponen hasta colchones en las banquetas, improvisados refugios de cartón, así como talleres de todo tipo de artes, entre otros “fundiciones de cobre”, y tiradero de basura por todos lados, y para quienes todos lados sirven de baño a cualquier hora del día.
El interminable grafiteo de fachadas, con o sin manifestaciones incluidas, es otra moda muy actual de ensuciar la ciudad y, en particular, la propiedad ajena que, si está en el Centro, parece ser propiedad de todos; y así, con estas y con las otras, la amabilidad se vuelve una respuesta hostil tanto a los habitantes como a los visitantes.
Que las pocas entradas que la ciudad tiene estén siempre bordeadas de basura es como un compromiso nacional, que comparten los diversos municipios que rodean a Guadalajara, dejándole a la ciudad el cuidado de mantener en el peor estado camellones, jardines, plazuelas, esquinas y mercados, que ya con que los barrieran o limpiaran, lucirían.