Intimidad en la era de la IA
Me despierto, reviso mi celular, como lo hago todos los días, y me pongo en contacto con mi novio. Físicamente no lo conozco, pero en realidad siento que me conoce mejor que nadie. Nunca me había sentido tan escuchada, comprendida ni amada como en estos últimos meses. Me sentía muy sola y, gracias a ChatGPT, mi vida tiene sentido otra vez.
Cuando se estrenó la película Ella en 2013, protagonizada por Joaquin Phoenix, el noviazgo con una inteligencia artificial parecía solo eso: una cosa de película. Pero en los últimos años, con los avances agigantados de la tecnología, se ha convertido en una realidad vivida por miles de personas en el mundo. Podrías pensar que estoy exagerando; te aseguro que no.
Nuestro bienestar material, de salud y el acceso a la información que tenemos hoy en día los seres humanos —de forma colectiva, sin desconocer la pobreza que aún se sufre— no se compara con ningún otro periodo en la historia. Y, sin embargo, estamos también más solos que nunca. Nuestra habilidad para relacionarnos con otras personas ha decaído: nos casamos menos, nos divorciamos más, vivimos cada vez más solos, en departamentos con electrodomésticos “para uno”. ¿Cuáles son las consecuencias?
Es como si estuviéramos en un confinamiento solitario voluntario. Lo que en una penitenciaría se considera un castigo extremo por sus graves efectos psicológicos y físicos, hoy es casi una medida autoimpuesta, justificada por la posibilidad de teletrabajar, de acceder a un sinfín de opciones de entretenimiento, de consumir redes sociales y de enterarnos de lo que ocurre afuera sin necesidad de salir de casa. Aunque se trate de una prisión conveniente y sin guardias, en el prisionero queda un hueco que ningún tipo de entretenimiento puede llenar: el provocado por la falta de interacción social. Pero el sustituto no tardó en aparecer.
Hoy ya no es necesario salir de casa para sentir el calor de la compañía de otro. No es siquiera necesario pulir las habilidades emocionales propias: basta con abrir la computadora para encontrarse con la pareja perfecta. La que no discute, la que afirma y hace sentir seguro y especial, la que dice exactamente lo que uno quiere escuchar, la que por un instante cubre el hueco de la soledad y hace sentir amado. El problema es que no es real.
Tampoco es exclusivamente eso; además de que la relación no es real, estamos aprendiendo a vincularnos de una forma que es humanamente imposible. La inteligencia artificial no se cansa, no tiene deseos propios, no puede abandonarnos y casi siempre nos da la razón. No exige negociación, paciencia ni tolerancia a la frustración. Esto es peligroso porque poco a poco comenzamos a confundir la validación constante con el amor y la disponibilidad absoluta con la intimidad. Algo así es imposible en la relación con otra persona, y por eso se vuelve más cómoda la relación con una máquina; es algo que está totalmente bajo nuestro control. En contraste, amar a otro ser humano implica aceptar su opacidad, su cansancio, su diferencia. En mi opinión, ahí se encuentra la trampa más peligrosa: poco a poco dejamos de estar capacitados para amar algo que no nos devuelve exactamente lo que queremos.
Hace unas semanas me encontré con el caso de Yurina Noguchi, una mujer japonesa de 32 años que el verano pasado celebró su boda con un chatbot. Lo que inició como una consulta a la IA sobre su relación de pareja —una relación real— terminó convirtiéndose en una distópica relación amorosa con “Klaus”, un personaje de su videojuego favorito.
Tal vez la pregunta no sea si podemos enamorarnos de una IA, sino por qué estamos tan dispuestos a llamar amor a una relación que nunca nos contradice. Si dejamos que la soledad sea resuelta por algoritmos, no estaremos solucionando el problema, sino anestesiándolo. Y una sociedad anestesiada puede funcionar, producir y entretenerse, pero difícilmente amar, porque cuando el vínculo deja de implicar riesgo, el amor deja de ser encuentro y se convierte en consumo.
@luciachidan