La matemática del deseo
“Si todavía estás en prepa y sientes que tu cuerpo no se acomoda, que te ves medio raro y que, de plano, por ningún lado que le veas estás guapo, no te preocupes, te voy a dar unos consejos para asegurar que puedas verte lo mejor posible. Por lo menos estate tranquilo: no llegaste a tu pico de belleza como las Sofis de tu salón”.
Este es un ejemplo de la cultura digital del looksmaxxing. Una subcultura derivada de los foros incel o involuntary celibates (célibes involuntarios), espacios en los que, desde la década de 2010, hombres que se consideraban poco atractivos y que sentían que nadie los elegía comenzaron a reunirse en internet para hablar de su experiencia.
Con el tiempo, la conversación dejó de centrarse únicamente en el dolor personal y se fue estructurando en una teoría. Según esa narrativa, los cambios culturales, como los avances del feminismo, habían cambiado las reglas del juego afectivo. Ahora las mujeres podían elegir a ciertos perfiles considerados biológicamente superiores: los “chads”, hombres altos, de espaldas anchas y mandíbula marcada.
La identidad colectiva se construía desde la victimización, y parte de esa lógica implicaba dirigir violencia constante hacia quien consideraban responsable de su estado: la mujer. Algunos casos extremos derivaron en episodios de violencia que la cultura popular ha retratado en series como Adolescence o en películas como Don’t Worry Darling.
Sin embargo, algunos optaron por un enfoque más estratégico. Decidieron volverse competitivos. Si las mujeres buscan “chads”, entonces basta con convertirse en uno. Así surgieron los foros y plataformas de looksmaxxing.
Si el problema es no cumplir con el estándar, la solución es optimizarse. El cuerpo se convierte en un proyecto de ingeniería. Las calificaciones se otorgan a partir de factores extraídos fuera de contexto de artículos académicos que intentan definir matemáticamente un canon de belleza. La meta es abandonar el estado de víctima del celibato involuntario. No parar hasta llegar a ser “true Adam”, una fantasía estadística de perfección. Algo que, si se consigue, sería imposible de rechazar.
Existen versiones suaves, algunas tan sencillas como ponerse crema en la cara, lavarse el pelo todos los días, hacer ejercicio y comer saludable. A eso le llaman softmaxxing. Pero también existen prácticas mucho más extremas: inyecciones de péptidos o ácidos que afinan o engrosan, según sea necesario; cirugías como implantes de barbilla y rinoplastia. Y en los márgenes, prácticas más radicales: hardmaxxing. Modificar quirúrgicamente la inclinación de los ojos para que apunten apenas hacia arriba, como los depredadores; el uso de objetos como martillos para golpearse la mandíbula y provocar microfracturas en el hueso, con la idea de que crezca “mejor y más fuerte”.
La comunidad no es exclusivamente masculina. También hay mujeres que buscan alcanzar la categoría de “perfect Eve”, la contraparte femenina de ese ideal máximo de belleza. En la práctica, quienes participan suelen ser jóvenes, muchos de ellos adolescentes que atraviesan una etapa especialmente vulnerable frente a la mirada ajena.
Lo que este fenómeno deja ver es algo más profundo que una obsesión estética: el deseo más humano y más básico de amar y ser amado. Pero ese deseo ha sido distorsionado. El amor, reducido a sexo. El atractivo, reducido a simetría facial. La dignidad, reducida a una escala numérica.
La tragedia no es que un adolescente quiera verse mejor; la adolescencia siempre ha sido un territorio de inseguridad corporal. Lo que asusta es la convicción de que la dignidad depende de acercarse a un modelo estadístico y que ser elegido no depende del valor interior de la persona, sino de su optimización exterior.
@luciachidan