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La naturaleza del agua

«La naturaleza del poder es ser como el agua. Y la naturaleza del agua es ser cabrona». He aquí la primera lección del curso de Lorenzo Córdova en la UNAM sobre derecho constitucional y uno de los pilares de su obra intelectual y pública.

Para Córdova, abusos como hostigar a la prensa, amenazar a la oposición, acosar instituciones, capturar organismos autónomos, asaltar la democracia, promover una retórica beligerante, la corrupción, la impunidad, son connaturales al poder político.

La conclusión es clara: darle un cheque en blanco al poder, incluso al respaldado por las urnas, no es más que una ingenuidad. Lo que hay que hacer es acotar, dividir, vigilar y controlar al poder.

De ahí la insistencia de los modernos en el Estado liberal con división de poderes, imperio de la ley, derechos humanos y equilibrios constitucionales: dispositivos que buscan frenar los abusos del poder y maximizar sus bondades.

El problema del poder, señala el ex presidente del INE y discípulo de Jorge Carpizo, también puede verse desde la sabiduría de los antiguos. En el Libro III de la Política, Aristóteles pregunta “si conviene más ser gobernados por el mejor hombre o por las mejores leyes” (Gredos, p. 201).

Los que mandan juzgan preferible el gobierno de los hombres. El problema es que al hombre, animal al fin, le es innato estar dominado por pasiones. En las leyes, por el contrario, “no se da en absoluto lo pasional” (p. 202).

“Cuando un individuo —escribe Aristóteles— está dominado por la ira o por cualquier otra pasión semejante, necesariamente su juicio estará corrompido” (p. 203). La pasión pervierte incluso a la mejor de las almas. 

La superioridad de la ley es ser “razón sin deseo” (p. 208). Por ende, conviene más ser gobernados por leyes que por hombres. El gobierno de las leyes limita los caprichos de los gobernantes y previene la tiranía. Por eso los romanos, herederos del espíritu griego, alegaron ser esclavos de la ley para poder ser libres.

¿Qué sucede cuando la democracia —la decisión mayoritaria— entra en conflicto con las leyes? Toda democracia moderna, afirma Córdova, es constitucional. Ello significa que aun el poder de la mayoría debe estar acotado por la ley. “Más democracia” no trae siempre una mejora; si se atropella a las minorías en nombre de los muchos, lo que habrá no es democracia sino tiranía de la mayoría.

Hay, desde luego, tensiones entre constitucionalismo y democracia. La voluntad democrática de la mayoría debe someterse a los límites de la Constitución para evitar que su poder se desborde. Es aquí donde los controles de constitucionalidad y la independencia del poder judicial desempeñan un papel indispensable.

En una democracia constitucional, los jueces, ministros y magistrados poseen —al menos en teoría— una excelente formación académica y una sólida trayectoria jurídica, y se deben, no a una mayoría —siempre cambiante— o al demos —sujeto a pasiones—, sino a la Constitución y la ley, que sirven por definición al pueblo.

La legitimidad electoral y el respaldo popular no bastan, pues, para ejercer democráticamente el poder. Lo crucial es el respeto a la Constitución, los derechos humanos y el pluralismo político. Los ciudadanos, por su parte, no deben depositar sus esperanzas en la virtud de individuos providenciales sino en un diseño institucional eficaz e inteligente, y en leyes moderadas y justas.

En suma, es preferible el gobierno de las leyes que rigen la voluntad personal —en términos modernos, una democracia constitucional— al gobierno de la voluntad de un solo hombre —una autocracia o una dictadura—. Sabia enseñanza de la Antigüedad clásica que el profesor Córdova hace bien en recordarnos.
 

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