La psique colectiva ante la caída de Maduro
Hay sucesos que no se debaten primero: se asimilan en el estómago. La captura de un jefe de Estado por una potencia extranjera —con la narrativa de que se trata de un “impostor”, “narcoterrorista”, “dictador” y “amenaza”— no sólo mueve piezas geopolíticas: Les mueve el tapete mental a millones. Y, cuando el piso se mueve, la mente hace lo que siempre hace: busca un barandal para apoyarse.
El primer efecto es el shock. La comunidad vive una grieta súbita entre lo que creía “imposible” y lo que ahora se exhibe como “lo hicieron”. No es una idea: es una sensación. Se rompe una frontera invisible, no sólo territorial, sino psíquica: ese límite íntimo que nos permite dormir pensando que el mundo funciona con cierta gramática. Al borrarse ese límite, aparece una ansiedad primaria: si esto pudo ocurrir, ¿qué más puede suceder?
Luego llega la disonancia cognitiva: cuando la mente sostiene dos certezas que chocan —“existen leyes y soberanías” versus “la fuerza puede saltarse todo lo que estorba”— se produce incomodidad y urgencia por restaurar mayor coherencia. El psicólogo Leon Festinger describió esa presión interna a “cuadrar” lo contradictorio como un motor que empuja a reacomodar creencias y justificarlas.
En esa búsqueda de coherencia, el colectivo se divide por emociones primarias: para unos, el hecho se vive como catarsis (por fin alguien hizo lo que “nadie se atrevía”); para otros, como humillación y desamparo (si el “bunker” puede ser vulnerado, ¿quién protege a quién?). Ambas emociones son intensas, y por eso tienden a volver absolutas las interpretaciones.
Aquí entra una clave importante para entender la polarización: el psicólogo social Arie Kruglanski explica la “necesidad de cierre cognitivo” como el deseo de una respuesta firme y la aversión a la ambigüedad. Cuando la incertidumbre se dispara, esa necesidad se vuelve exigencia: la gente prefiere un relato crudo —aunque incompleto— antes que una duda honesta.
Y para que la acción se sienta “correcta”, la mente moral suele aplicar un maquillaje de justiciero. Albert Bandura describió cómo los grupos de poder pueden reencuadrar actos militares como actos “buenos” mediante justificación moral y lenguaje entendible, desplazando responsabilidades y deshumanizando al adversario.
Eso es, quizá, lo más psicoemocional del episodio: no sólo lo que pasó, sino lo que sembró en la mente colectiva. Cuando el mundo aprende que el poder puede ejercer su propia voluntad sin límite y actuar en consecuencia, muchos sienten alivio… y muchos otros sienten desamparo. Y ambos, sin notarlo, comienzan a vivir con el corazón un poco más alerta, buscando certezas como quien busca una lámpara en un pasillo oscuro ¿Qué sigue ahora?
Cualquier cosa puede suceder. Pueden ir por quien sea.