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La soberanía como herida: cuando la muralla se vuelve mazmorra

La soberanía no es un derecho a la crueldad. Sin embargo, desde los salones del poder hasta los tribunales internacionales, hemos permitido que esta membrana sagrada —diseñada para proteger la identidad de los pueblos— se convierta en un muro infranqueable donde el grito no sale y la mirada externa no entra.

Pensemos en la célula corporal: tiene membrana, no fortaleza. Permite el flujo de oxígeno, expulsa toxinas, mantiene su esencia mientras dialoga con el organismo. Cuando una célula se encierra completamente, muere de asfixia. Cuando pierde toda frontera, se desintegra. La salud no está en los extremos, sino en el equilibrio permeable y fluido.

¿Por qué entonces aceptamos que una nación pueda blindarse bajo el concepto de “asuntos internos” mientras dentro de sus fronteras se asfixian voces, se trituran dignidades, se fomenta la corrupción y el crimen, se niega el pan a los hambrientos y la justicia a los desposeídos?

Durante siglos toleramos que un padre violento invocara la “soberanía doméstica” —su castillo era inviolable, aunque dentro ardieran los gritos de sus hijos—. La evolución moral de la humanidad ha sido comprender que no existe soberanía legítima sobre la dignidad del otro. El patriarca brutal no gobierna, tiraniza. El Estado que aplasta a su pueblo no ejerce autoridad, ejecuta una opresión.

Un gobierno verdaderamente soberano no es aquel que defiende su libertad para hacer lo que le plazca con su población, sino el que honra su responsabilidad de garantizar la integridad, la salud, la seguridad y, en fin, la calidad de vida. La grandeza de una nación no se mide en el grosor de su muralla, sino en el bienestar de sus habitantes más frágiles: no dejar al niño sin escuela, el anciano sin medicina, a la mujer sin voz, al disidente con miedo.

El criterio es cristalino: el límite de la soberanía no lo determina la fuerza del capricho, sino la vulnerabilidad de quien está bajo su cuidado. Cuando el poder se usa como escudo para la crueldad, deja de ser derecho y se convierte en patología.

Pero cuidado: el vecino que interviene también debe examinarse. La historia está plagada de “salvadores” que en realidad eran conquistadores con un discurso humanitario. La intervención legítima no humilla, acompaña. No sustituye, empodera. No deja heridas narcisistas, sino siembra semillas de reconstrucción creativa.

La soberanía madura no es independencia aislacionista, sino interdependencia global consciente. Es membrana que protege sin asfixiar, una frontera que define sin amurallar, una identidad nacional que se reafirma sin negar la interconexión universal.

Las naciones, como las personas, necesitan límites sanos: flexibles según el contexto, firmes ante la amenaza real, permeables al aprendizaje. El muro rígido no es señal de fortaleza, sino de terror y rienda suelta al autoritarismo.

La verdadera pregunta para cualquier gobierno no es “¿puedo hacer lo que sea?”, sino “¿esto dignifica a mi pueblo?”. Porque la soberanía no es un permiso para el abuso. Es responsabilidad sagrada que se mide, siempre, en el rostro de los más vulnerables.

dellamary@gmail.com

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