Lo global en el espejo local
En el argot de los criminales en México, el “jefe de plaza” es el líder de un grupo que controla un territorio específico, desde un barrio, una ciudad, y hasta un municipio (en el organigrama que delinea el argot de los delincuentes, el superior del jefe de plaza es el “capo”). La responsabilidad de tal cabecilla es administrar las operaciones ilícitas que en esa plaza tienen lugar. Pero cuidado con la noción “ilícitas”, hay “plazas”, por todo el país, en donde lo ilícito es atenerse a las leyes que ampara la Constitución, por efectos del derecho consuetudinario: las normas jurídicas que surgen de la costumbre social repetida en el tiempo y que adquieren el carácter de obligatorias. A diferencia de las leyes que consideramos vigentes, las normas que rigen en las “plazas” sí hay quienes las hagan valer. (Para constatar que esta afirmación no está guiada por animadversiones, véanse las crónicas de la balacera y asesinatos del 29 de diciembre en Guadalajara, México, veinte minutos de tiroteo con los criminales convertidos en policías de su plaza, agentes del ministerio público, jueces y verdugos, sin oposición de las que aún llamamos autoridades constituidas).
Resulta cómodo asumirnos, las mexicanas, los mexicanos, y cada gentilicio estatal, digamos, jaliscienses, únicos en el mundo: lo que nos sucede es secuela de taras nacionales, la corrupción, nuestra indolencia secular ante las reglas y el desinterés, salvo frente a desastres naturales, por los problemas comunitarios. Y desde esa comodidad, la auto conferida singularidad, no hacemos sino asumir la fatalidad de tener, decimos, los gobiernos que merecemos y la de estar en manos del crimen organizado.
Si miramos con cuidado lo que ocurre en el mundo notaremos que no somos únicos. El planeta entero es la plaza del presidente de Estados Unidos, con la variante de que es además el capo: controla las operaciones de todos los negocios y comanda su cártel. Ilegalmente ha mandado ejecutar personas que él decidió eran delincuentes; arbitrariamente retiene mercancías y sus transportes (petróleo y barcos); justifica el uso ilegítimo de la fuerza si se trata de intervenir en sitios de Estados Unidos en los que su partido no gobierna, la muestra: hace unos días el asesinato, en Minneapolis, de Renee Nicole Good, perpetrado por la autoridad federal; y claro, la extracción del dictador Nicolás Maduro (deleznable por donde se le considere) y la imposición de reglas a Venezuela a partir sólo de la capacidad legislativa del jefe de plaza planetario. Además, las amenazas a Colombia, a México y Groenlandia, basadas en el único argumento de un jefe de plaza que se respete: su capacidad bélica. En tanto, la ONU, la OEA, la OTAN y Europa en calidad de policías de Jalisco: oyen la balacera esperando a que termine para ir a contar los casquillos.
Si algo hemos aprendido los mexicanos en veinte años, con énfasis en las enseñanzas -de ésas que con sangre entran- de los últimos siete, es que a los capos y a los jefes de plaza no se les riñe el poder con discursos, creando leyes, elevando las penas o con abrazos de los que prodigó López Obrador. Se les contiene usando el poder legítimo de fuego, interviniendo sus cuentas de banco y persiguiendo a sus asociados en los gobiernos, en los partidos políticos y en ciertas empresas, de otro modo seguirán haciendo negocios jugosos y ensanchando la influencia de su derecho consuetudinario. Aunque asumir que lo hemos aprendido es desestimar la realidad; quizá la gente del común lo sabe y si las autoridades aprovecharon las lecciones lo ocultan bien, especialmente las federales.
Imaginemos a un jefe de plaza que escucha que la presidenta, o su secretario de Seguridad Pública, cualquier gobernadora, gobernador, o algún presidente municipal, abre carpetas de investigación, va a aplicar el peso de la ley, advierte que ahora sí, caiga quien caiga, no habrá impunidad, que no tolerará, etc. Declaraciones matizadas por la insinuación habitual: las víctimas merecían lo que les ocurrió. Pero sigamos en que el jefe de plaza se impone de lo declarado ¿tiembla de miedo? ¿Depone las armas? ¿Jura dejar de hacer el mal y se entrega? No. La realidad y la posibilidad de moldearla a su gusto es lo que ha aprendido.
Para frenar al jefe de plaza y capo planetario, Claudia Sheinbaum recurre a similar estrategia, esgrime discursos: soberanía, respeto al multilateralismo, diálogo, comunicación, colaboración. Imaginemos a Donald Trump enterándose de la reacción de la presidenta por la invasión a Venezuela o por la amenaza de que las tropas estadunidenses incursionarán en territorio nacional: qué torpe he sido, dirá, no calculé que México es un país soberano, qué bueno que me recuerda su mandataria que dialogar y apegarse al derecho internacional son las mejores opciones ¡que regresen los barcos a sus bases! Y ayudemos a México con sus problemas de gobernabilidad. Idéntico sarcasmo podemos usar con las imaginarias reacciones de Trump cuando representantes del Congreso de Estados Unidos o los medios y autoridades locales lo recriminan por sus acciones.
Es claro que contener al presidente de Estados Unidos no es cosa de amagarlo con el uso de las armas, ni las naciones potentes se atreven. Pero mientras el mundo se une para dar la batalla, metafórica y literalmente, Claudia Sheinbaum podría comenzar por arreglar el desastre interno: combatir eficazmente al crimen organizado y a la corrupción; cesar la impunidad de los políticos, los de su bando y los demás; dar certezas jurídicas, por justicia y por incentivar la inversión; reconocer los fracasos de su antecesor y el de Pemex, que le cuestan al país un dinero y un prestigio de los que tiene poco; reestableciendo el capital social. En donde lo anterior sucede, a los jefes de plaza les resulta difícil imponer sus reglas, y a escala geopolítica: el jefe de plaza no tendrá tantos pretextos para emplearse como prefiere; aunque, haga cada país lo que haga, el mundo está a merced de su furia. Al menos que por la presidenta no quede.