Los migrantes que desaparecieron del mapa
Hubo un tiempo en que la migración en México tenía una imagen precisa, casi brutal en su evidencia: hombres y mujeres sobre los techos de La Bestia, campamentos improvisados en las ciudades del norte, filas interminables para obtener una cita, albergues rebasados en Tapachula, Reynosa o Ciudad Juárez. Hoy esa postal se ha desdibujado, la frontera se endureció, los cruces cayeron, los campamentos se vaciaron, y en lugar del espectáculo visible de la crisis quedó una pregunta más honda, más incómoda y, por eso mismo, más difícil de responder: ¿a dónde fueron?
La respuesta, si se quiere ser honesto, no es una cifra sino un vacío; no lo sabemos con precisión, y no lo sabemos no porque falten discursos, sino porque falta algo mucho más serio: un sistema de registro capaz de seguir la ruta de quienes entraron al país, no fueron deportados, no lograron cruzar a Estados Unidos y tampoco quedaron claramente absorbidos por un régimen formal de refugio, de trabajo o de residencia. Lo que apareció no fue sólo una crisis humanitaria. Fue también un agujero estadístico.
Por eso conviene desconfiar de los números demasiado redondos. En enero de 2025, el excomisionado del INM, Francisco Garduño, afirmó que entre 2019 y 2025 “han caminado” por México 16 millones de personas y que 10.5 millones “lograron cruzar el muro”. La frase existe, la pronunció un funcionario de primer nivel y fue recogida por la prensa, pero justamente por eso importa decir lo que no dijo: no explicó qué estaba contando. No aclaró si hablaba de personas únicas, de eventos repetidos, de flujos regulares, irregulares o de una mezcla de categorías. Es un dato oficial, sí, pero opaco; una cifra con autoridad política y escasa transparencia metodológica.
Los datos verificables cuentan otra historia, menos espectacular y bastante más útil. La Unidad de Política Migratoria sí registra “eventos de personas en situación migratoria irregular”, y ahí lo que aparece es otra escala: 182,940 en 2019, 444,439 en 2022, 778,907 en 2023 y 925,085 en 2024, el mayor registro del que se tenga noticia. Es decir, el Estado sabe contar detenciones, presentaciones y procedimientos administrativos. Lo que no sabe decir con la misma claridad es qué ocurrió después con quienes dejaron de figurar en esos registros.
Ahí está el verdadero tema. Durante 2025, distintos reportes documentaron un viraje: más migrantes comenzaron a pensar en México no sólo como pasillo, sino como destino posible. Pero entre esa permanencia forzada, los retornos silenciosos, la absorción por economías informales y el riesgo criminal, hay una zona gris demasiado grande para un país que presume gobernar la movilidad humana. México no tiene campos de refugiados como otras regiones del mundo, tiene algo más difuso y quizá más perturbador: personas que primero desaparecen de la estadística y luego corren el riesgo de desaparecer de la conversación pública. Y en un país acostumbrado al extravío administrativo, esa falta de trazabilidad debería inquietarnos más que caravanas, porque anuncia abandono antes que respuestas.
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