Los tiempos de las brillantinas
Recuerdo un comercial de la televisión que nos presentaba a un personaje larguirucho, de cara afilada, con barba de chivo, impecablemente vestido, con traje de tres piezas y un monóculo sujetado de una brillante cadena unida a una de las bolsas del chaleco y muy formal se sentaba en un sillón a esperar que lo atendieran, en lo que al parecer era la antesala de una oficina o tal vez de un consultorio.
La voz en off del locutor decía: “¡Que no le digan el hombre de la mancha! Use Wildroot”, y a continuación el personaje se levantaba del sillón y dejaba marcada en la pared la mancha de su cabeza como huella de su paso, y enseguida venía la parte medular del comercial, recomendando el producto y tratando de desincentivar el uso de las brillantinas sólidas.
En fotografías del siglo pasado, prácticamente desde la década de los treinta y hasta entrados los sesenta, era signo de distinción que los caballeros, además de tener debidamente cortado su cabello, lo lucieran engominado y brillante. De lujo.
Para ello había muchos productos que se aplicaban a veces más que generosamente y el cabello quedaba tieso, tanto, que ni con la bañada se quitaba, pero finalmente era lo que se usaba.
De entre los que recuerdo, y seguramente ustedes también no solo habrán de recordar sino incluso llegaron a usar, estaba la Glostora, la Brillantina Palmolive o las brillantinas marca Jockey Club (Maderas, Lavanda y Vétiver), que además de darle brillo y firmeza al cabello lo dejaban deliciosamente perfumado; yo me acuerdo que cuando estaba en la primaria, mi mamá me peinaba con goma marca Polans, otra marca Vanart o la Ossart, que incluso venía acompañada de talco para los pies; cuando no había goma, mi mamá me ponía un chorrito de limón y quedaba bien peinado todo el día, aunque sentía el cabello tieso. Comentario aparte merecerán los fijadores en aerosol o las lacas que se empleaban más en los salones de belleza para los peinados de las señoras, sobre todo cuando se hacían la permanente.
Antes, el aseo era algo imprescindible. Por extraño que parezca, hoy ya no es así; el aseo como que se ve cosa de antes. Mucha gente anda desaliñada, con la ropa sucia, el calzado desgastado, sucio, raspado, el cabello para donde el aire mande, la camisa a medio abrochar, pantalones rotos o parchados, los caballeros de traje y sin calcetines, sin corbata, y usar gel para el cabello solo parece ser territorio exclusivo de ciertos jóvenes que usan peinados estrafalarios. Una cosa es la moda y otra muy diferente es la educación, la consideración a los demás, el buen vestir y el aseo, según mi modesta opinión, pero ya ve usted, en gustos se rompen géneros, las cosas cambian.
A propósito del aseo y la necesidad de andar siempre bien rasurado, claro, a excepción de los que usaban barba y bigote, y hablando de comerciales, seguramente recordarán aquel de las máquinas de afeitar marca Gillette. El comercial tenía un jingle muy pegajoso que decía: “Para ser bien aceptado, debe estar bien afeitado… con Gillette, con Gillette…”.
Se anunciaban los rastrillos mecánicos, donde había que girar la perilla inferior para abrir el compartimiento donde se ponía la hoja de afeitar, que era de acero inoxidable; había azules y rojas, siendo estas últimas las más económicas, pero también las que más irritaban, sobre todo si uno no se sabía rasurar.
Traer el cabello siempre bien recortado y en su lugar mediante el uso de las brillantinas era signo de distinción. A propósito de distinción, permítame, amable lector, hacer una digresión que no tiene nada que ver con las brillantinas, pero se me vino a la mente al hablar de distinción; este comercial mostraba a un caballero sentado, muy elegante, con la pierna cruzada, y en un primer plano se veía el pantalón, los calcetines y el zapato, escuchándose el comercial: “Entre el zapato y el pantalón, está el detalle de distinción: Donelli, Donelli, los calcetines de más duración”.
Bueno, pues regreso al tema de las brillantinas. En las antiguas peluquerías, a las que regularmente se asistía cada dos semanas, una vez realizado el corte de cabello y después de ponerse al día con el maestro peluquero de los chismes de la política, del deporte, los toros, la sociedad y el mundillo del cine, se notaba que había ido uno a “pelarse” o, como decían otros, “a hacerse el pelo”, porque al concluir siempre le ponían su buena dosis de brillantina Palmolive dorado, porque era lo que se acostumbraba, y salía de la peluquería reluciente, como para foto.
Los años fueron pasando y el uso de las brillantinas prácticamente se encuentra en franca extinción, aunque, como decía, las antiguas gomas, hoy geles, se siguen vendiendo, pero ahora se usan más para peinados, digamos, sofisticados, y los caballeros en general ya no usamos gel, salvo contadas ocasiones, pues preferimos un corte que no requiera del uso de un fijapelo y anda uno más o menos bien peinado; además, se sentía que con el uso de las brillantinas, a cambio de traer el cabello sedoso y brillante, el resultado era más bien traerlo grasoso; de ahí el comercial de “el hombre de la mancha”, para que la preferencia del público consumidor se inclinara hacia el producto anunciado. Buena idea publicitaria en la clara alusión con la inmortal obra del Manco de Lepanto, don Miguel de Cervantes Saavedra: El Quijote de la Mancha.
Bueno, por hoy aquí le dejamos. Los invito cordialmente a reencontrarnos de nuevo aquí, en EL INFORMADOR, la semana próxima, si Dios nos permite. Ahora, le cambio un poquito: mi cafecito y hotcakes con mantequilla y maple. Feliz domingo.