Mujeres en los márgenes
Hablar de desigualdad de género en México suele remitir a brechas salariales, participación política o violencia de género. Sin embargo, hay un universo de desigualdades mucho más profundo que permanece, en gran medida, fuera del foco público: el de las mujeres que viven en los márgenes sociales. Se trata de mujeres que, además de enfrentar la discriminación estructural, cargan con otras formas de exclusión que se entrelazan y se potencian entre sí. En estos territorios de la desigualdad se encuentran, de manera emblemática, las mujeres indígenas, las mujeres con discapacidad y las mujeres en situación de calle. La perspectiva de género contemporánea ha mostrado que la desigualdad no es una experiencia homogénea.
El concepto de interseccionalidad, desarrollado en los estudios feministas críticos, permite comprender cómo múltiples sistemas de opresión -género, clase social, origen étnico, edad o condición de discapacidad- se superponen y producen formas específicas de vulnerabilidad. En México, estas intersecciones se expresan con especial crudeza en la vida cotidiana de millones de mujeres que habitan espacios de marginación económica, social y simbólica.
Las mujeres indígenas constituyen uno de los ejemplos más claros de esta desigualdad estructural. A las condiciones de pobreza histórica que afectan a gran parte de los pueblos originarios, se suma la discriminación étnica, lingüística y cultural. Muchas de ellas enfrentan enormes obstáculos para acceder a servicios básicos de salud, educación o justicia. La exclusión se agrava cuando el Estado no logra garantizar servicios culturalmente pertinentes ni políticas públicas que reconozcan la diversidad lingüística y cultural del país, lo que lleva a que sea precisamente en esos espacios donde la mortalidad materna y la mortalidad infantil tienen sus más altos niveles en el país.
Otro grupo invisibilizado es el de las mujeres con discapacidad, quienes enfrentan múltiples discriminaciones. Por un lado, el machismo estructural que limita las oportunidades de las mujeres; por otro, los estigmas y barreras sociales asociados a la discapacidad. Diversos estudios han documentado que las mujeres con discapacidad enfrentan mayores riesgos de violencia física, psicológica y sexual, muchas veces en contextos familiares o institucionales donde su capacidad de denuncia se encuentra severamente limitada.
Por su parte, las mujeres en situación de calle representan quizá una de las expresiones más extremas de la exclusión social. Su vida cotidiana está marcada por la precariedad absoluta, la violencia constante y la ausencia casi total de protección institucional. Muchas de ellas han llegado a esta condición tras trayectorias de violencia familiar, pobreza extrema, adicciones o procesos de migración forzada o trata de personas. En el espacio público, su cuerpo se convierte en territorio de múltiples violencias: agresiones sexuales, explotación, criminalización y estigmatización social.
En este escenario, las niñas que viven en contextos de marginación enfrentan una vulnerabilidad aún mayor. A la discriminación de género, la pobreza y la exclusión se suma una cultura profundamente adultocéntrica, en la que la voz y las necesidades son invisibilizadas. Estas niñas se encuentran en el cruce de múltiples desigualdades que limitan radicalmente sus oportunidades de desarrollo. En muchos casos, estas niñas enfrentan desde edades tempranas riesgos de explotación laboral, matrimonio infantil, violencia sexual o abandono institucional.
El problema de fondo es que estas realidades suelen permanecer fuera de la agenda pública. La invisibilidad de estas mujeres no es accidental: es el resultado de estructuras sociales que normalizan la desigualdad y que jerarquizan el valor de las vidas. En sociedades profundamente desiguales como la mexicana, hay vidas que se consideran más dignas de protección que otras.
Todo lo anterior constituye una forma de negación simbólica que coloca a las mujeres fuera del campo pleno de la ciudadanía, lo que muestra que la dignidad humana no opera aún como un principio universal efectivo. Pensar a las mujeres en los márgenes obliga entonces a confrontar una pregunta incómoda pero ineludible: qué tipo de orden social hemos construido cuando hay vidas que, aun estando entre nosotros, permanecen estructuralmente relegadas a la penumbra de lo visible.