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Porfirio Villalpando y la fachada como deseo

Uno puede atravesar el Centro de Guadalajara con prisa y no ver nada. O puede detenerse frente a una fachada saturada de relieves, mascarones y molduras, y preguntarse qué necesidad llevó a alguien a esculpir tanta ambición en yeso. En ese gesto -exuberante, deliberado, casi desafiante- comienza la historia del alarife Porfirio Villalpando. En la narrativa oficial de nuestra arquitectura solemos privilegiar a los nombres consagrados, los que dialogaron con la academia o con el Estado. Pero la ciudad no fue construida sólo por quienes escribieron manifiestos, sino también por quienes entendieron el pulso social de su tiempo. 

Villalpando trabajó sobre todo entre las décadas de 1920 y 1930, cuando una clase media urbana empezaba a consolidarse y necesitaba algo más que techo: necesitaba presencia. La palabra “alarife” no es menor. Designa a ese maestro de obra capaz de concebir y ejecutar, de diseñar sin pasar por la formalidad universitaria, pero con un conocimiento práctico profundo. Villalpando no buscaba pureza estilística; buscaba eficacia simbólica. Comprendió que la fachada era el lugar donde se jugaba la partida del reconocimiento social.

Frente a la finca de Ángela Peralta 27, antigua casa de la familia Torres, la estrategia es evidente. El volumen es relativamente sobrio, pero la piel del edificio está trabajada con intensidad: pilastras marcadas, relieves figurativos, molduras que se superponen como si cada una insistiera en ser vista. No es un error compositivo; es una declaración. La casa no se esconde: se anuncia. 

En Guillermo Prieto 123 ocurre algo semejante. La composición frontal adquiere un carácter casi escenográfico. Elementos de tradición clásica aparecen reinterpretados sin rigidez académica, amplificados hasta convertirse en signos visibles desde la acera opuesta. Una simulación de mansarda que parece más bien una piel escamosa de reptil es su característica más notable. La arquitectura aquí no aspira a la corrección histórica, sino a la contundencia urbana. 

Pero es en los antiguos Baños Venecia donde la ambición simbólica se vuelve todavía más elocuente. El propio nombre invoca una Europa imaginada, refinada, distante. En un edificio destinado a un uso popular, la ornamentación no es superflua: es aspiracional. El acceso al baño público, enmarcado por dos figuras femeninas en franco deterioro, se reviste de teatralidad, como si la higiene cotidiana pudiera elevarse mediante la arquitectura. Villalpando entendió que incluso un equipamiento de esta naturaleza podía ser escenario de dignidad. 

En la casa de Joaquín Angulo 631, por su parte, la fachada alcanza un grado de intensidad que obliga a desacelerar el paso. Mascarones y relieves dialogan con una voluntad casi narrativa. Cada elemento parece reclamar su lugar en la composición, como si la superficie fuera un lienzo donde se inscribe una historia de esfuerzo y afirmación. La planta puede ser convencional, los muros pueden responder a sistemas tradicionales, pero la fachada es otra cosa: es discurso. 

Incluso, el Maestro fue contratado para diseñar las torres de la iglesia de San José de Gracia, Jalisco, en la región Altos Sur del Estado. En dichas torres es posible ver la firma del alarife en el diseño de los querubines, guirnaldas y arcángeles que adornan profusamente los campanarios de dicho templo.

Desde la óptica minimalista contemporánea, acostumbrada a la depuración formal y al elogio de la neutralidad, estas obras podrían parecer excesivas. Pero reducirlas a un juicio estético es ignorar su dimensión social. 

En la Guadalajara de las primeras décadas del siglo XX, la ornamentación funcionaba como capital simbólico. Era una inversión visible, una forma de convertir el progreso económico en imagen urbana. Villalpando no dialogaba con las vanguardias europeas ni pretendía fundar escuela. Respondía a una pregunta más directa y más incómoda: ¿cómo se ve el ascenso? La respuesta fue el relieve, la acumulación ornamental, la fachada como escaparate de identidad. Su arquitectura tradujo en materia el deseo de pertenecer a una ciudad que cambiaba. 

Hoy, muchas de estas fincas sobreviven entre alteraciones y descuidos. Algunas están amenazadas por la indiferencia; otras pasan inadvertidas ante una ciudad que parece haber sustituido el símbolo por el rendimiento financiero. En un contexto donde la rentabilidad dicta la forma y la repetición tipológica produce fachadas intercambiables, la obra de Villalpando nos interpela. 

Porque la pregunta sigue vigente: ¿qué dicen nuestras construcciones actuales sobre nosotros? ¿Qué aspiraciones colectivas quedan inscritas en el concreto aparente, en el vidrio verde, en las torres que se multiplican por toda la ciudad, la mayoría sin sustancia ni relato? Tal vez la lección del alarife no esté en repetir su exuberancia, sino en recuperar su conciencia de que cada fachada debería comunicar algo. 

Villalpando no dejó un tratado. Dejó muros que hablan. Y quizá lo verdaderamente incómodo no sea su exceso ornamental, sino la posibilidad de que hoy estemos construyendo una ciudad mucho más silenciosa en sus ambiciones.

Aspecto de la fachada de la casa ubicada en la calle ángulo 631. CORTESÍA/ Xavier Iturbide
Fachada de Ángela Peralta 25. CORTESÍA/ Xavier Iturbide

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