Ideas

Que coman mañaneras

No es verdad, pero le viene bien a la historia, podría ser el lema de la cuarta transformación. Por supuesto, a su historia, la que a fuerza de ser consumida acríticamente tiene visos de convertirse en la Historia. No haremos un recuento de las mentiras (lo que no es verdad necesariamente es una mentira) que desde que López Obrador se impuso la tarea de ser presidente de la República ha prodigado, seguido por Claudia Sheinbaum, que ostenta buenas capacidades para valerse de embustes, pero podríamos exponer muestras: mienten cuando afirman que no son corruptos; no es verdad que el huachicol se acabó; no es verdad que la democracia y las libertades y los derechos y las leyes y la justicia les importan. No fue verdad que hacer crecer el PIB del país seis por ciento cada año era sencillo para López Obrador.

Para mucha gente que engañen es intrascendente, y peor: la pila de mentiras sobre la que han erigido sus regímenes le vino bien a la otra historia, la conocida: que antes del morenismo padecimos una ristra de malos gobiernos, corruptos y autoritarios. Bastó un demagogo que contara bonito el cuento del futuro de bonanza que montaría sobre las cenizas del incipiente orden democrático que él incendiaría, para que se olvidara que, al margen de los gobernantes fallidos, hubo la creación de instituciones impulsadas por la sociedad que dieron instrumentos a la democracia para que navegáramos de ceñida, contra el viento antidemocrático que soplaba desde la clase política. Instrumentos algunos precarios, mal gestionados a veces, unos más que otros, pero fueron referencia política, jurídica, social, mediática; presumíamos un Estado de derecho. Instancias electorales, de derechos humanos, de acceso a la información pública, para la protección de datos personales, para regular la competencia, la energía, las telecomunicaciones. Fueron segados con la amolada hoz de las patrañas y puestos en una pira: son instituciones muy caras, dijeron, y la falsedad suprema: con nosotros en el poder, no son necesarios los controles democráticos, somos buenos y honestos porque el pueblo votó por nosotros. Esto le vino bien a la historia que la mayoría conocía.

Si la democracia deja de ser el sustrato que modula las relaciones entre gobernantes y gobernados, sobre la que se finca el estado de derechos, en ella la pluralidad y las libertades tienen un cauce y la desigualdad, de todas índoles, puede dejar de ser combustible de injusticias incesantes; si la democracia no es un valor compartido, la irracionalidad basada en el poder presidencial anula el diálogo, el debate; anula a quienes no se pliegan a las falsedades que le vienen bien a la historia que el morenismo cuenta, que goza de una audiencia grande. Y más: pretende anular la realidad.

Durante la Revolución Francesa, a lo mejor después de ella, algunos antimonárquicos hicieron correr la siguiente anécdota: la reina María Antonieta preguntó a sus damas de compañía qué era lo que el pueblo reclamaba a las afueras de Versalles; le respondieron que no tenían pan para comer, a lo que supuestamente repuso: que coman pasteles. La frase le venía tan bien a la historia, que nadie, salvo las y los especialistas, dudó que la monarca lo hubiera dicho, con lo que de paso justificaban que la guillotinaran. Podríamos hacer una analogía con lo que ocurre en México hoy, con una ficción de las que el morenismo ha puesto tan de moda que podríamos considerarlas política pública.

Imaginemos a la presidenta Sheinbaum en uno de los salones de Palacio Nacional, rodeada no de damas de compañía, por supuesto, de personas asesoras que no temen decirle las cosas (para incrementar la ficción). En un arranque inusitado, luego de unos minutos de reflexión introspectiva, pregunta, a nadie en particular, de qué se queja la gente, por qué las y los críticos no aprueban nada de lo que hace o dice. Sus cercanas responden de una en una: su excelencia, no, perdón, no le dijeron excelencia, su majestad: la economía del país no crece, se están perdiendo empleos, la informalidad avanza; la inflación en los productos básicos para la subsistencia es alta; la inseguridad azuela a los mexicanos, mucha gente desaparece, los criminales organizados conculcan libertades y extorsionan y matan y secuestran; es clamor que los jueces y los ministros y los policías y los diputados y senadores y los gobernadores y los burócratas son corruptos. Las víctimas no tienen a quién recurrir, su eminencia. Una se envalentona y va a fondo: dicen que la deuda y los malos negocios que hace el gobierno ahogan las finanzas públicas, y que los inversionistas, nacionales y extranjeros, desconfían del país; y no faltan los que aseguran que sobre nosotros penden las veleidades filosas del presidente de Estados Unidos, que tiene ganas de invadir México y busca pretextos para hacerlo. La presidenta se levanta, va al balcón central del Palacio Nacional, mira su Zócalo y suspira. Está incómoda. Regresa con sus asesoras y exclama, repentinamente feliz: ¡hay que hacer una reforma electoral!

No es necesario enfatizar que la escena con sus asesoras es inventada. Reales son las condiciones sociales, económicas y políticas enunciadas y, en medio de ellas, real es su empeño en reformar las leyes y las instituciones electorales. Inoportuna, revela que no se hace cargo de las tribulaciones nacionales, tampoco de las amenazas de la geopolítica: la reforma electoral que está cocinando no tiene que ver con la democracia, ni con el bienestar, sino con allanar el camino a su movimiento para que detente un poder más amplio y con prolongarlo en el tiempo. Y si el pueblo no tiene para el metafórico pan, que coma reformas legales. Claro, la sentencia no es de la presidenta, pero le viene bien a la otra historia, la que discurre al margen de la oficial, es decir: al margen de la irracionalidad autoritaria.

agustino20@gmail.com

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