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Vallarta-Juárez, entre el olvido y el ruido

Pocas avenidas en México concentran tanta historia urbana, arquitectónica y simbólica como el eje Vallarta-Juárez en Guadalajara. Desde su trazo inicial, esta arteria fue concebida no sólo como infraestructura de circulación, sino como escenario de una ciudad que buscaba articular civilidad, vida pública y representación cultural. A lo largo de más de un siglo, Vallarta-Juárez condensó proyectos de ciudad, aspiraciones de modernidad y momentos clave de la arquitectura tapatía. Hoy, sin embargo, ese patrimonio se encuentra en una lenta pero persistente erosión, acelerada por la velocidad del tránsito, la indiferencia institucional y una ciudadanía que la recorre sin leerla.

En sus primeras décadas, Vallarta-Juárez fue el territorio donde se ensayaron nuevas formas de urbanizar Guadalajara. Urbanizadores privados como Gas y Cía, la familia Martínez Negrete o el empresario Choistry delinearon un corredor de inspiración europea, burgués en su vocación y ambicioso en su escala. Pronto, la avenida se convirtió en una vitrina de las transformaciones arquitectónicas del siglo XX: desde las casonas afrancesadas de principios de siglo, pasando por los chalets de los años treinta, hasta los experimentos funcionalistas y los destellos art decó del antiguo Hotel del Parque.

En este eje convivieron obras de figuras centrales de la arquitectura tapatía -Luis Barragán, Pedro Castellanos, Alfredo Navarro Branca- con hitos urbanos como el Parque Revolución (conocido popularmente como Parque Rojo) y los Arcos de la Minerva. Vallarta-Juárez no fue una calle cualquiera: fue un catálogo vivo de estilos, ideas y momentos que explican buena parte de la historia moderna de Guadalajara. Sin embargo, esa riqueza hoy resulta casi invisible. La avenida se cruza, pero no se mira; se utiliza, pero no se comprende.

Durante décadas, Vallarta-Juárez funcionó como un eje de civilidad urbana: primero con tranvías, luego con trolebuses, hoy dominada por un tráfico que impone velocidades incompatibles con la contemplación del paisaje construido. Incluso la Vía RecreActiva dominical, celebrada como un éxito ciudadano, deja al descubierto una paradoja: miles de personas recorren la avenida a pie o en bicicleta, pero muy pocas reconocen el valor patrimonial de las fachadas que las acompañan. El patrimonio permanece, en términos prácticos, mudo. No existe una política pública sostenida de señalización, mediación cultural o rutas interpretativas que permitan leer el corredor como un relato urbano coherente.

Hubo, sin embargo, esfuerzos aislados. El proyecto La Ronda, impulsado por la arquitecta e historiadora Mónica del Arenal, colocó placas a nivel de piso frente a algunas de las casas más relevantes del eje Vallarta-Juárez, ofreciendo datos mínimos sobre su valor histórico y arquitectónico. Fue una labor loable, casi heroica desde la iniciativa ciudadana, pero claramente insuficiente frente a la escala del problema y frente a la ausencia de una política institucional que asumiera la divulgación del patrimonio como una responsabilidad pública permanente.

Mientras tanto, la destrucción de casas históricas continúa, muchas veces amparada en promesas vagas de “proyectos futuros”. La legislación patrimonial se aplica de manera laxa; los incentivos para conservar son inexistentes; la voluntad política es intermitente. Lo que sobrevive lo hace, en no pocos casos, bajo fórmulas de simulación: fachadas preservadas por obligación, interiores vaciados de sentido. En una ironía que retrata nuestra precariedad cultural, hoy el mejor destino para una casa patrimonial de Vallarta-Juárez parece ser su conversión en boutique de vestidos de novia. Al menos así no se demuele.

La pregunta de fondo es incómoda: ¿por qué Guadalajara no ha asumido este eje como un proyecto cultural de ciudad? ¿Por qué Vallarta-Juárez no ha sido pensada como un corredor patrimonial con rutas, señalización digna, incentivos fiscales para propietarios responsables y una política activa de restauración? Pensar una avenida legible, caminable y culturalmente activa no es nostalgia: es planeación urbana contemporánea.

Cada cornisa que cae, cada casa que se mutila, cada demolición discreta nos acerca a una Guadalajara más pobre en memoria y más frágil en identidad. No se trata sólo de conservar edificios; se trata de decidir qué tipo de ciudad queremos habitar. Una ciudad que reconoce su historia como activo cultural y económico, o una que la sacrifica en nombre de un “progreso” mal entendido. Vallarta-Juárez no está simplemente en riesgo: es el patrimonio que, como ciudad, estamos dejando morir.

Casas Robles Castillo, obra de Luis Barragán, de alrededor de 1928 -1929, en Guadalajara. CORTESÍA
Casa Navarro Branca, edificada en 1918, esta propiedad cuenta con una fachada con columnas neoclásicas, ornamentos como guirnaldas y cornisas. CORTESÍA
Casa Castiello, residencia histórica que refleja la evolución arquitectónica del siglo XX en Guadalajara. CORTESÍA

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