Circulan aún entre nuestras manos vestigios de un poema que muchos mexicanos leímos alguna vez. “Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces”, impreso en el antiguo billete de cien pesos y atribuido a Nezahualcóyotl, nos acompañó durante años sin pedir permiso, pasando de mano en mano como una confidencia antigua. Quizá por eso, cuando salimos a contar aves en Navidad, esa línea hoy ausente vuelve a cantar y nos recuerda que escuchar, de verdad escuchar, es un acto cultural, científico y profundamente humano.El Conteo Navideño de Aves es una de las experiencias de ciencia ciudadana más antiguas del mundo. Con más de 125 años de observaciones continuas, se sostiene gracias a una red de personas que cada invierno afinan oído y mirada para registrar la vida que, con plumas, cantos y colores, comparte nuestros territorios cotidianos. En Guadalajara, esta tradición cumple 22 años: dos décadas largas de madrugadas, libretas, binoculares, charlas y café; de encuentros donde la curiosidad vence al cansancio, a las desveladas y a las fiestas decembrinas.Al cierre del año pasado, más de 40 personas se sumaron al esfuerzo colectivo. Caminamos barrancas y parques, siguiendo senderos conocidos desde hace más de dos décadas, atentos a cada sombra, cada movimiento y cada sílaba en el aire. El resultado: más de 100 especies registradas. Un cenzontle multiplicado por cientos de voces: colibríes que chisporrotean, rapaces que trazan círculos lentos en el cielo, guacamayas que gritan, calandrias que cantan.Contar aves es aprender a mirar el tiempo. Cada especie anotada es un dato que resuena desde décadas pasadas y hacia futuros posibles. La ciencia ciudadana nos enseña que el conocimiento no nace únicamente en laboratorios; también brota del asombro compartido, de la constancia y de la comunidad. No es necesario tener un antecedente científico o años de experiencia para participar, sólo curiosidad por aprender y por observar nuestro alrededor con diferentes ojos. En un mundo de noticias rápidas, el conteo propone lo contrario: paciencia, método y colaboración.Además, registrar aves en una ciudad como Guadalajara es reconocer que la naturaleza no está afuera, sino entre nosotros. La Barranca de Huentitán, tan majestuosa e invisible a la vez, ofrece no solo caminos para corredores, sino también refugio a diferentes especies de animales. Lo que ahí ocurre importa. Importa para la biodiversidad, para la salud urbana, para la memoria colectiva.Quizá por eso la frase de Netzahualcóyotl resuena con tanta fuerza. Amar el canto del cenzontle es amar la diversidad de voces; es aceptar que el mundo se comprende mejor cuando escuchamos muchas perspectivas. El conteo navideño de aves es, en esencia, ese ejercicio: una celebración de la pluralidad, un acuerdo silencioso para conocer y cuidar lo que aún canta.Al final del día, cuando cerramos listas y guardamos binoculares, queda algo más que datos. Queda la certeza de haber participado en una tradición que enlaza generaciones. Queda la esperanza de que, mientras sigamos escuchando y contando, el coro continúe. Porque amar el canto del cenzontle también es comprometernos a que sus cuatrocientas voces sigan teniendo dónde cantar, porque no se puede conservar aquello que no se conoce.Alejandra Galindo Cruz es bióloga y maestra en biosistemática y manejo de recursos naturales y agrícolas por la Universidad de Guadalajara, además de doctora en Ciencias por el Instituto de Ecología A.C. Su trabajo se enfoca en entender cómo el paisaje y el cambio climático afectan la distribución de las aves.Kirey Barragán. Licenciada en biología y maestra en ciencias por la UdeG. Ha trabajado en proyectos de fauna silvestre en Jalisco, principalmente con aves. Su proyecto de maestría trató de aves urbanas en los parques de Guadalajara.PARA SABERCrónicas del Antropoceno es un espacio para la reflexión sobre la época humana y sus consecuencias producido por el Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara que incluye una columna y un podcast disponible en todas las plataformas digitales.