Viernes, 02 de Enero 2026

Rosca de Reyes: el círculo que cierra la Navidad

Cada 6 de enero, este pan tradicional vuelve a la mesa mexicana como un ritual cargado de historia, simbolismo y afecto

Por: El Informador

La Rosca de Reyes es un símbolo de unión, fe y celebración. EL INFORMADOR

La Rosca de Reyes es un símbolo de unión, fe y celebración. EL INFORMADOR

En México, la Navidad no termina cuando se guardan los adornos ni cuando se apaga la última serie de luces. Hay un último gesto, redondo y aromático, que marca el cierre definitivo del largo periodo festivo conocido como Guadalupe-Reyes: partir la Rosca de Reyes. Cada 6 de enero, este pan dulce convoca a familias y amigos alrededor de la mesa, no solo para compartir comida, sino para renovar una tradición que mezcla religión, historia y convivencia cotidiana.

El Día de Reyes coincide con la festividad cristiana de la Epifanía, que conmemora la manifestación de Jesús ante los Reyes Magos. Según el Evangelio de Mateo, Melchor, Gaspar y Baltasar siguieron una estrella desde Oriente hasta Belén para rendir homenaje al niño con oro, incienso y mirra. Ese episodio bíblico es el corazón simbólico de la fecha y también el punto de partida de la rosca, un alimento que funciona como narración comestible de aquel viaje y de su significado espiritual.

El origen de la Rosca de Reyes se remonta a la Europa medieval, alrededor del siglo XIV, particularmente en Francia y España. Allí se popularizó un pan festivo asociado a celebraciones religiosas y cortesanas, que con el tiempo cruzó el Atlántico durante la Conquista y se integró al mosaico cultural del territorio que hoy es México. Como muchas tradiciones importadas, la rosca se transformó: adoptó sabores locales, se volvió más abundante y terminó por ocupar un lugar central en el calendario social y familiar.

Su forma circular no es un simple capricho estético. El círculo simboliza la eternidad, la continuidad y el amor infinito de Dios, sin principio ni fin. En términos religiosos, remite a la idea de un tiempo sagrado que se renueva, pero también, en un plano más cotidiano, al ciclo de reuniones, celebraciones y compromisos que atraviesan el inicio del año. Partir la rosca es, de alguna manera, cerrar un círculo emocional: despedir las fiestas y volver a la rutina con un último acto compartido.

Los frutos cristalizados que la decoran tampoco están ahí solo para dar color. Representan las joyas de las coronas de los Reyes Magos y, en una lectura más simbólica, la diversidad y abundancia. Cada rosca es distinta, como lo son las mesas en las que se parte: algunas modestas, otras exuberantes; unas con chocolate caliente, otras con café, ponche o atole; todas atravesadas por la expectativa de quién encontrará el famoso muñeco.

Porque si hay un elemento que concentra miradas, risas nerviosas y pactos silenciosos, es la pequeña figura escondida en el interior del pan. El muñequito -que simboliza al Niño Jesús- tiene varios significados superpuestos. El más conocido es el compromiso práctico: a quien le toca, le corresponde organizar o pagar los tamales del Día de la Candelaria, el 2 de febrero. Pero reducirlo a una “obligación culinaria” sería quedarse en la superficie.

En la tradición religiosa, el muñeco representa el momento en que María y José tuvieron que esconder al niño Jesús para protegerlo del rey Herodes, quien había ordenado la Matanza de los Inocentes. Encontrarlo en la rosca es, entonces, un acto de confianza: el Niño Dios “se deja hallar” por alguien considerado digno de cuidarlo. De ahí surge la idea de que quien lo encuentra se convierte simbólicamente en su padrino o madrina.

En el imaginario popular, además, que te salga el muñeco es augurio de buena suerte, bendiciones y protección divina durante el año. Por eso, aunque muchos fingen evitarlo para no cargar con los tamales, la reacción real suele ser una mezcla de sorpresa, risa y una pizca de orgullo. Es un pequeño momento de protagonismo dentro de un ritual colectivo.

La partida de la rosca también es una excusa perfecta para reunirse. Después de semanas marcadas por compromisos, cenas formales y agendas saturadas, el 6 de enero propone un encuentro más relajado, casi íntimo. No hay códigos de vestimenta ni discursos solemnes: basta un cuchillo, un pan al centro y la disposición a compartir. En ese gesto sencillo reside gran parte de su fuerza cultural.

Así, la Rosca de Reyes funciona como un puente entre lo sagrado y lo cotidiano. Conecta la historia bíblica con la vida doméstica, el pasado europeo con la identidad mexicana, la fe con el humor, la promesa espiritual con la realidad práctica de comprar kilos de tamales. Es un recordatorio de que las tradiciones no sobreviven solo por su origen, sino porque siguen teniendo sentido en el presente.

Cuando el último trozo se reparte y alguien levanta el muñeco entre aplausos y bromas, no solo se define quién será responsable de la Candelaria. Se reafirma, una vez más, que la cultura también se hereda en la mesa, que la memoria se amasa y que hay historias que, como la rosca, siempre regresan al mismo punto: el centro compartido.

Prepara una Rosca de Reyes 

Ingredientes para la masa

  • 500 g de harina de trigo.
  • 90 g de azúcar.
  • 7 g de levadura seca (o 20 g de levadura fresca).
  • 120 ml de leche tibia.
  • 3 huevos.
  • 100 g de mantequilla a temperatura ambiente.
  • 1 cucharadita de sal.
  • Ralladura de 1 naranja.
  • 1 cucharadita de esencia de vainilla.
  • 1 cucharadita de agua de azahar (opcional, pero tradicional).

Ingredientes para decorar

  • 100 g de ate (guayaba o membrillo) en tiras.
  • Fruta cristalizada al gusto.
  • 1 huevo batido (para barnizar).
  • Figuras de Niño Dios (resistentes al calor).
  • Para la pasta de azúcar (opcional).
  • 100 g de azúcar glass.
  • 100 g de manteca vegetal o mantequilla.
  • 100 g de harina.

Preparación

  • Activar la levadura: Mezcla la levadura con la leche tibia y una cucharadita de azúcar. Deja reposar 10 minutos hasta que espume.
  • Formar la masa: Coloca la harina en un bowl grande, agrega el azúcar, la sal, los huevos, la vainilla, el agua de azahar y la ralladura de naranja. Incorpora la levadura activada y amasa.
  • Agregar la mantequilla: Incorpora la mantequilla poco a poco y continúa amasando hasta obtener una masa lisa, elástica y ligeramente pegajosa (15-20 minutos).
  • Primer reposo: Coloca la masa en un recipiente engrasado, cúbrela y deja fermentar 1½ a 2 horas, hasta que doble su tamaño.
  • Formar el aro: Desgasifica la masa, forma un cilindro largo, une los extremos y colócala en una charola con papel encerado. Introduce los muñecos por la parte inferior.
  • Segundo reposo: Deja reposar 45 minutos más. Barniza con huevo batido.
  • Decoración: Coloca la pasta de azúcar en tiras y decora con fruta cristalizada y ate.
  • Horneado: Hornea a 180 °C durante 25-30 minutos, hasta que esté dorada.
  • Enfriar y servir: Deja enfriar antes de partir y acompañar con chocolate caliente o atole.

Tip gourmet: Puedes rellenarla con nata, crema pastelera o chocolate una vez horneada para una versión moderna.

CT

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