En un futuro cercano, cuando las ciudades han abandonado toda esperanza en los jueces de carne y hueso, y han entregado así la balanza de la justicia a una Inteligencia Artificial (IA), comienza “Sin piedad” (“No Mercy”). No con una explosión ni con una persecución, sino con una cuenta regresiva. Noventa minutos. Ese es el tiempo que tiene un hombre para probar que no mató a la mujer que amaba antes de que una sentencia automática, fría e irreversible, se ejecute. Noventa minutos de ansiedad, una carrera contrarreloj, que llega a los cines de México el próximo 22 de enero. El hombre es “Chris Raven”, detective de la policía de Los Ángeles, interpretado por Chris Pratt en uno de los papeles más contenidos y oscuros de su carrera. “Raven” despierta atrapado en un sistema que él mismo ayudó a construir y que ahora es su ejecutor. Años atrás, defendió la creación de una jueza digital -una inteligencia artificial diseñada para erradicar la corrupción, los errores humanos y los juicios influenciados por emociones-. Ahora, esa misma entidad es quien lo declara culpable y lo coloca frente a un reloj que avanza sin compasión.La jueza, llamada “Maddox”, es interpretada por Rebecca Ferguson. No aparece como un robot metálico ni como un holograma estridente, sino como una presencia elegante, casi humana, cuya voz es serena, precisa, incapaz de temblar. Su mirada no juzga: calcula, su tono meticuloso no acusa, sino que procesa. Es la encarnación de una idea que inquieta cada vez más a nuestras sociedades: la de una justicia perfecta, sin errores, pero también sin misericordia. A “Raven” no le quedará más ayuda que la de su colega “Jacqueline ‘JAQ’ Diallo” -interpretada por Kali Reis- para descubrir la identidad del verdadero asesino, mientras la esperanza parece perderse en el reloj que avanza segundo a segundo. “Sin piedad” no ofrece respuestas fáciles. Su título es una advertencia: un sistema puede ser justo y, al mismo tiempo, carecer de piedad. Y una sociedad que renuncia a la duda, al error y a la compasión, quizá esté renunciando también a una parte esencial de su humanidad. No es una distopía lejana: el futuro que muestra no está a siglos de distancia, sino a unas cuantas decisiones tecnológicas de ocurrir. La película, dirigida por Timur Bekmambetov, construye su mundo con una estética limpia y opresiva. Los tribunales parecen más centros de datos que salas de audiencias. Las pruebas no se exhiben en carpetas, sino en pantallas que flotan en el aire. Los veredictos no se deliberan: el ajusticiamiento es inmediato. En este universo, la verdad no es una discusión, sino un resultado arrojado por un algoritmo. “Raven”, acusado del asesinato de su esposa, debe reconstruir las últimas horas de su vida mientras la ciudad sigue su rutina indiferente. Cámaras, drones, registros biométricos, conversaciones almacenadas, patrones de conducta: todo está en manos de la máquina. Lo que no está en su base de datos son las grietas del alma: la culpa, el amor, el miedo, la duda. Ahí se abre la fisura por donde la película se aferra a la poca humanidad que queda en un mundo dejado a la tecnología. Uno de los ejes más perturbadores de “Sin piedad” es que el sistema no es maligno. No hay conspiración ni villano clásico. La inteligencia artificial actúa conforme a su programación: analizar, comparar, decidir. Su lógica es impecable. Su error -si es que existe- está en creer que la vida puede reducirse a probabilidades. “La IA está aprendiendo de nosotros y tenemos que ser cuidadosos, como cuando entrenamos al perro”, compartió el actor Chris Pratt en entrevista con medios de comunicación durante la presentación de “Sin piedad” en Ciudad de México. “El perro no es feroz porque sí, es un comportamiento aprendido. Creo que de alguna manera la película plantea esa pregunta, es inevitable a dónde vamos, e intentamos ser conscientes de eso”.En paralelo al thriller judicial, la cinta traza un retrato de una sociedad que, cansada de la corrupción y de la impunidad, ha cedido su capacidad de juicio a una entidad supuestamente infalible. Las calles son más seguras, los crímenes se resuelven más rápido, pero la pregunta que flota en el aire es inquietante: ¿qué se pierde cuando la justicia deja de ser un acto humano y se vuelve un procedimiento técnico?El personaje de Rebecca Ferguson es clave en esta lectura. “Maddox” no es cruel, pero tampoco compasiva. No castiga: ejecuta una función. En una escena central de la película, su voz explica que la misericordia es una variable que distorsiona la ecuación de la verdad. La frase resuena como una advertencia: una sociedad que elimina la compasión en nombre de la eficiencia puede estar construyendo su propia condena. Timur Bekmambetov, director de la película, explicó que la idea del proyecto empezó a gestarse en un momento en el que la IA ni siquiera se percibía como una posibilidad cercana, ni estaba siquiera en el debate público. Hace apenas una década, todavía podía asociarse con la ciencia ficción. “Se siente más relevante ahora que estrenamos la película que cuando la filmamos, y es un testimonio de lo rápido que avanzan estas tecnologías a nuestro alrededor”, comentó el director. “Como hemos hablado de la película en todo el mundo, parece que hay mucha ansiedad en torno a la IA, y creo que nosotros también la sentimos. Así que es genial porque la película es relevante, es original y es algo que realmente sólo se podría contar”.El director es conocido por su manejo del suspenso y la acción estilizada, opta aquí por una tensión más contenida, casi claustrofóbica. El enemigo no persigue con armas, sino con segundos. Cada plano parece medir el tiempo. Cada corte recuerda que la sentencia se acerca. Hay también una dimensión íntima. A través de recuerdos fragmentados, “Raven” reconstruye su relación con su esposa: discusiones pequeñas, silencios, rutinas, gestos de amor que no dejaron rastro digital. La película sugiere que lo verdaderamente decisivo en una vida casi nunca queda registrado en los sistemas que pretenden juzgarla. La lucha claustrofóbica de “Raven”, entonces, no es tanto contra la máquina, sino contra los humanos mismos que han dejado de lado lo que significa la humanidad. “Sin piedad” está protagonizada por Chris Pratt, Rebecca Ferguson, Judge Maddox, Kali Reis, Annabelle Wallis, Chris Sullivan y Kylie Rogers, cada uno representando una postura frente al nuevo orden: quienes lo defienden por su eficacia, quienes lo temen por su inhumanidad, quienes lo aceptan por cansancio. Nadie es completamente inocente de haber deseado un sistema así. “Sin piedad” se estrena el 22 de enero en cines de México en un contexto donde la discusión sobre la automatización, la vigilancia, el uso de Inteligencia Artificial y la crisis de confianza en las instituciones son conversaciones de todos los días. La película dialoga de manera directa con una pregunta que atraviesa nuestro presente: ¿qué tanto estamos dispuestos a delegar en las máquinas a cambio de orden y seguridad? CT