En el poema Ahí de Juan Gelman -que, dicho sea de paso, es el que dio título a mi primera novela- se lee: “…Brotan ahí/ las desesperaciones de/ un mundo murmurado, inquilino/ de abismos donde/ el más allá del sol es un/ piano que nadie toca.Ese mundo murmurado y ese piano que nadie toca es tristemente el de los desaparecidos. Dejando de lado las definiciones eufemísticas de la ley, que distingue por razones jurídicas a los desaparecidos de los no localizados (los primeros, dice son los que presumiblemente cometieron un delito; los segundos no, como si la diferencia moral de los sujetos modificara las obligaciones del Estado) en Jalisco desaparecieron 387 personas entre el momento en que se dio a conocer la estrategia del Gobierno del Estado frente a este problema, el 25 de marzo, y la fecha del último corte, el 31 de mayo. El dato es aterrador: cada día en Jalisco desaparecen en promedio seis personas. Algunas de ellas son localizadas con vida, la mayoría se sumará a los 10 homicidios diarios que hay en el Estado.Si en algo han empeñado su palabra el Presidente López Obrador y el gobernador Enrique Alfaro es en el compromiso de no escatimar recursos en la búsqueda de desaparecidos. Pero evidentemente la voluntad política no basta para acabar con un fenómeno que parece cada día más arraigado en nuestra sociedad.Son diversas las razones por las que alguien desaparece. Una parte importante tiene que ver con los llamados levantones del crimen organizado que se lleva a alguien, inocente o culpable, da igual, a quien consideran enemigo o que les ha fallado, para después tirarlo o enterrarlo clandestinamente. Otro grupo son las víctimas de levas que el crimen organizado realiza con engaños para llevarlos a campos de entrenamiento y engrosar las filas de su ejército. En Jalisco la prensa ha documentado al menos tres; las autoridades solo han intervenido en uno, en el de Tala hace más de dos años. Están los que, por la razón que sea, desaparecen por voluntad propia, que los gobiernos quisieran que fueran la mayoría pero que tristemente no es así, pero que muchos de ellos toman la decisión por razones de seguridad. Y finalmente los que desaparecen a manos de las fuerzas del Estado que los gobiernos siempre niegan pero que en el discurso los acaban justificando con la muletilla de “quién sabe en qué andarían metidos”.Si algo ha quedado claro en estos meses de compromiso sin resultados es que la voluntad política no basta. La batalla contra la desaparición forzada de personas requiere que se entienda el fenómeno y asuma la responsabilidad. Aceptar que el crimen organizado tiene sus formas de dirimir sus diferencias es renunciar a la esencia del Estado; no buscar a los desaparecidos que han sido llevados en leva a engrosar los ejércitos del crimen es dispararse en un pie; no aceptar que hay desapariciones forzadas desde las propias instituciones del Estado es una hipocresía.Hay que salirnos del mundo murmurado, llamarles a las cosas por su nombre, pero sobre todo asumir que no es con discursos y buena voluntad como se resuelve un problema tan complejo y doloroso como la desaparición forzada.(diego.petersen@informador.com.mx)