Domingo, 19 de Octubre 2025

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El Clásico

Por: Víctor Flores Cosío

El Clásico

El Clásico

Y la memoria me lleva  indudablemente a mi infancia, y a escenarios y espacios como: algún recreo de la escuela, sí, aquel patio con una pequeña cancha de la primaria en la que estudié, donde entre otros deportes jugábamos futbol y comenzaba a aprender el arte de defenderme ante una abrumadora mayoría que le iban al Deportivo Guadalajara, donde ellos me presumían a su Calderón y yo abogaba por mi Brambila.

Sí éramos lo que hoy llaman minorías, pero aquello no me desanimaba, ya que siempre fui bueno para sumar seguidores a la academia y contaba siempre con más de cuatro para defender en grupo o solo, mis Ideales rojinegros.

Y así transcurrirían los años y la falta de títulos, pero en ese entonces ellos estaban a la par, sin nada que presumir, más que su recurrente y trillado discurso de vivir de recuerdos y añoranzas de su respetado “Campeonísimo”.

Fue así como recuerdo mis primeros “Clásicos” y todo lo que para esta ciudad y entornos representaban aquellas dos fechas que por año nos enfrentaba.

Era una semana que comenzaba con las apuestas, que iban desde un Sidral, Kist o una limonada favorita y una torta o nieve de los carritos que se colocaban afuera de las escuelas y después a insistir con mi papá que me llevara al partido, era el Clásico Tapatío y yo tenía que estar ahí.

Era todo un ritual, primero conseguir boletos en aquella antigua casona de Av. Federalismo, lugar que era el único distribuidor de boletos en la ciudad y donde como siempre, las filas eran interminables y los boletos insuficientes; los mismos se agotaban a las pocas horas de estar a la venta y lamentablemente la reventa hacía de las suyas, controlando ésta la mayoría de las entradas.

Ya con los boletos en la mano y llegado el sábado, donde Atlas fungía de local, era imperdible la escala en “Don Tomasito” y disfrutar de unos ricos antojitos muy tapatíos como: las tortas estilo Santuario y su fiel tepache, o unas flautas o enchiladas que mi papá pedía acompañadas por una “chabela de barril”, seguramente de ahí, me viene el gusto por la cerveza.

De ahí al coloso de la Calzada, tomando Monte Casino, calle donde la fiesta comenzaba a teñirse de los colores de ambos equipos, era como sigue siendo hoy, un espectáculo que sólo los que lo hemos vivido lo comprendemos, un auténtico y añejo “Clásico Tapatío”.

Ya en la grada, lo que menos importaba era en qué posición estaba uno u otro, la rivalidad iba más allá de los puntos que se disputaban, estaba en juego el orgullo y pasión que es lo que aquel partido representaba.

Las porras eran familiares, pero igualmente había recuerdos maternales y una que otra vez tiros derechos que se resolvían a puño directo.

Como todo en la vida, me toco perder y ganar; sufrir y gozar, pero el recuerdo de los momentos vividos jamás olvidaré: mi rojinegro querido…

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