Guadalajara y los tapatíos formamos una extraña relación de amor odio, quienes la amamos y padecemos, de alguna manera no podemos evitarla; los gobernantes (de todos los partidos -incluidos un par que todavía no gozan del hueso-) creen o cuando menos presumen las grandes obras que según ellos convierten a la ciudad, en una metrópoli “de primer mundo” cuando los que aquí vivimos sabemos con certeza que esto es falso. Somos si, un pueblote bicicletero, cuya gracia es precisamente serlo, y sus gracias son por fortuna ajenas a la conducta de los tlatoanis a los que pacientemente padecemos.Dios, la naturaleza o el destino colocó a Guadalajara en un triangulo perfecto - al que las autoridades no han podido hasta ahora modificar, y cuyos vértices son: la laguna de Chapala, la barranca y la primavera, y probablemente la altura, sin ellas nuestro destino sería por estar el el mismo paralelo terrestre que el desierto del Sahara en ser un desierto y el otro drama es que el gobierno que contrariamente a lo que ellos dicen pensar es siempre más dañino que útil.A cambio de esto nos dio otras bondades, que por más empeño que han puesto las autoridades por evitarlas. Y así anualmente aparecen como regalos de la naturaleza las primaveras, un estallido de floración amarilla que ilumina, primero el follaje y luego cuando caen, una alfombra hermosísima. Digamos que con este fenómeno natural se inicia la temporada de floraciones, después seguirán las jacarandas, las rosamoradas, para seguir entre otras con la brillante aparición, entre otras especies, del fuego de los tabachines. Que yo sepa la aparición de estos elementos no ha causado mayores protestas ni agrede a ninguna persona o grupo y a la mayoría de habitantes nos gusta, a pesar de ser un fenómeno natural, ni haberse dialogado acerca de su floración, sólo la recibimos y gozamos.Por fortuna esto no es todo, la vida es vivible ya que por el mismo principio comienzan a aparecer, en cuanto se da el calorcito aparecen, a pesar de los ordenamientos, siempre irracionales y arbitrarios, y sí, la intervención de la autoridad puede por su sola acción ponerlas en peligro - recuerden el pescado blanco, un sabor que perdimos - pero todavía se muestran por el rumbo de las nueve esquinas y otros sitios; la sabrosa belleza de las pitayas, regalo del sur de Jalisco ya que a la vista son un gozo y en el gusto un recuerdo que se renueva anualmente. Que el Dios de los tragones nos proteja de la “protección” gubernamental.De la misma temporada, aunque no tan espectaculares como las pitayas, están los guamúchiles, frutos antes fáciles de conseguir tal solo con extender un brazo, pero hoy todavía pueden conseguirse y es otro sabor que no puede perderse. Quisiera seguir recordando sabores, pero no quiero que si por alguna extraña situación, muy difícil pero posible, alguna autoridad leyera esto y se le ocurriera proteger ese sabor, con lo que el daño sería terrible. @enrigue_zuloaga